El miedo mato la esperanza

Foto de Megan Watson en Unsplash

Foto de Megan Watson en Unsplash

La elección del pasado domingo 16 de noviembre deja en la encrucijada a nuestro país en continuar por el camino del progresismo y todos los cambios y avances realizados, por cierto, con algunas críticas o fallidas acciones de este, pero avances al fin y al cabo para nuestra sociedad en su conjunto, especialmente, para los niveles sociales quienes han sido golpeados por tantos años con el mazo de los sectores empresariales y financieros de la sociedad civil y la majadera posición y negacionismo que hoy abrazan los ideales ultra derechista que nos amenazan con gobernar y borrar los logros societales.

Quizás es tarde en pensar que pudo ser de otra forma este cambio de gobierno que nos da cuenta de que vivimos este transe histórico obviando la incubación de la mentira, alimentamos la creatura de la ultraderecha para que sacará sus garras y nos diera el zarpazo. Cuando alguien nos miente, esa persona está siendo consciente de que está mintiendo porque intenta manipular una situación, esa es la diferencia entre el error y la mentira, expresan Ximena Vidal y Humberto Maturana en La Revolución Reflexiva, respuesta que debemos que resolver en el 14 de diciembre próximo.

Toma sentido lo señalado por el analista político Antonio Cortés Terzi en el 2003: es posible que el progresismo en Chile haya descuidado la dimensión cultural de la política y que ello le ha significado un gran costo, mensurable en dos hechos: un acrecimiento de los espacios ocupados por una hegemonía cultural conservadora, y una gran disgregación, inorganicidad y fragilidad de las culturas progresistas, como también, no observar la transformación de los estilos de vida unida a la revolución del consumo lo que ha permitido ese desarrollo de los derechos y deseos del individuo, esa mutación en el orden de los valores individualistas como indica Gilles Lipovetsky en la Era del Vacío.

Que la desesperanza no nos embriague y adormezca ya que tenemos que ser parte de este proceso, no fácil, para convencer a quienes la niebla no los deja ver el Chile actual y sus mejoras sociales y de derechos. Nuestra realidad y confianza esta en juego, es una ruleta y no queremos que el premio mayor se lo lleven los “verdaderos chilenos” que nos mataron el proceso esperanzador del cambio constitucional. Algo positivo de esta elección reciente es que no lograron la supremacía en el Congreso que anhelaban, pero igual se percibe un tufillo de debilidad e intranquilidad para  nuestra democracia.

Son cambios epocales a los cuales no atendimos y que nos tienen en la contienda delirante del cambio con un escenario extremo con sus propuestas del miedo y en la cuerda floja a un tris de caer al abismo sin sospechar el golpe. El hundimiento de los ideales nos ha llevado, como cabía esperar, a más angustia, más absurdo, más pesimismo acota Gilles Lipovetsky. Levantarnos será complejo para recomponer confianzas sin dejar de identificar al o los culpables del corte del puente entre lo político y social, entre los ciudadanos y el poder. La historia es cíclica pero las vueltas son dolorosas socialmente hablando.

Bien decía Aristóteles: asegurar el bien de una persona es mejor que nada; pero asegurar el bien de una nación o de un Estado es algo mucho más noble y divino. Esa debe ser nuestra convicción al final del día.