José Manuel Díaz, Presidente de la Central Unitaria de Trabajadores – CUT.
Cuando llega el fin de mes, millones de familias en Chile hacen el mismo cálculo de siempre, qué se paga primero, qué se deja para después y para qué simplemente no nos alcanza. El alza en los precios del combustible, que hoy se siente como un golpe en el bolsillo, irá creciendo durante abril y los meses que vienen, porque hoy es más cara la bencina, más caro el transporte, más cara la marraqueta, más cara la lechuga. Así funciona la inflación en cadena. Y el que paga siempre es el mismo, el que trabaja y la familia que vive del sueldo del mes.
Hoy, la mitad de los trabajadores y trabajadoras de este país gana 611 mil pesos (INE). Para una familia de cuatro personas, la línea de la pobreza está sobre los 650 mil pesos. Eso significa que la mitad de quienes trabajan en Chile son, en los hechos, pobres. Se levantan temprano, toman la micro, cumplen su turno y aun así no llegan al fin de mes. Trabajar ya no garantiza salir de la pobreza. Eso no es un dato económico más, es una vergüenza.
Y la situación es todavía más grave de lo que parece. El monto que hoy se usa para calcular cuánto necesita una persona para comer, que es uno de los componentes de la línea de la pobreza, no refleja la realidad. La canasta básica de alimentos, representa las 2000 calorías que requiere una persona de alimentación y hoy alcanza los 91 mil pesos. Ese número refleja lo que come una persona en pobreza extrema, no en situación de pobreza. Cuando la regla de medida está chueca, todo lo que se mide con ella queda torcido.
Chile lleva años calculando el problema con una vara que lo subestima. Porque los aproximadamente tres mil pesos diarios para alimentación bien podría ser una empanada, un par de completos, pero nunca un trozo de carne con ensaladas, porque para eso tres mil pesos no alcanzan.
Desde la CUT hemos planteado algo que debería ser de sentido común, que ningún trabajador ni trabajadora con contrato vigente y jornada completa debería estar bajo la línea de la pobreza. Eso no es ideología. Es la cuenta más básica de lo que significa vivir con dignidad. Para que eso sea posible, el salario mínimo tiene que estar siempre sobre esa línea y necesitamos mecanismos concretos que protejan el sueldo de las y los trabajadores cuando el IPC sube. Porque cuando los precios se disparan, llegan las crisis. Las y los trabajadores no pueden seguir siendo quienes absorben en silencio cada golpe de la economía.
Nuestra aspiración más profunda es el Salario Vital. No como slogan, sino como política real del Estado chileno. La idea es concreta, que el sueldo alcance para que una familia de cuatro personas pueda alimentarse bien, pagar el arriendo, trasladarse, ir al médico, mandar a los hijos al colegio, y tener algo de vida más allá del trabajo. La OIT lleva años promoviendo este estándar en el mundo, porque hay países que decidieron que el trabajo debía pagar lo suficiente para vivir, no solo para sobrevivir. Chile tiene que tomar esa decisión.
