

A Juan González, quien en su libro: “La Cosecha del Imperio” (2022) nos abrió a la verdad sobre el temprano genocidio del mundo latino por el imperio del norte.
El origen de la mentalidad imperialista
Cuando los españoles llegaron a América en 1492 en ella vivían cerca de 120 millones de personas. Unos 25 millones lo hacían en México, unos 6 millones en los Andes centrales, y al norte de Río Grande en lo que ahora es Norteamérica había unos 10 millones de personas nativas. Tenochtitlan, la capital del imperio Azteca, cobijaba 250 mil habitantes permanentes. En contraste, a esa fecha Londres solo tenía 50 mil y Sevilla, la ciudad española más grande de ese país, unos 40 mil habitantes. El mundo americano era un continente muy rico, agroalimentariamente fabuloso, de muchas valiosas culturas, de poderosas y extensas civilizaciones e imperios. Muy por el contrario, Europa central sobrevivía a duras penas, con violentas guerras, pestes y hambrunas que diezmaban a sus habitantes por décadas.
Juan Caboto, un mercenario navegante genovés, contratado por el rey inglés Enrique VII, llegó en 1497 a Terranova, en el actual Canadá y sin ningún pudor reclamó todo el continente para los ingleses, ignorando absolutamente a la etnia algonquina, legítimos residentes y poseedores de esos territorios. Antes, los españoles en 1492, ya habían reclamado como propia toda América, a partir del primer viaje de Cristóbal Colón. Eso lo sabía toda Europa y por supuesto los distintos exploradores. Mientras el imperio español se dedicaba a tomar posesión efectiva de la América descubierta, los ingleses hasta la instalación un siglo después de la primera colonia propia en él, no hicieron inversiones ni progresos sino solo se dedicaron a piratear intensamente a los barcos españoles que retornaban a España, llenos de tesoros rapiñados en el nuevo mundo.
En el ahora Norteamérica, al norte del Río Grande, había decenas de sociedades nativas. En la historia de ese territorio la Confederación Iroquesa formada en 1570 por cinco naciones al mando del jefe Mohawk Hiawatha, fue la alianza más grande y duradera que gobernó ese subcontinente. Ella gobernaba su inmenso y rico territorio y el gran comercio de pieles de animales nativos, del que más tarde se apropiarían ingleses y franceses, hasta casi extinguir esas especies. Gran parte de la brutal pérdida de biodiversidad animal de ese continente tanto en el mar como en la tierra fue causada por esos sangrientos colonizadores.
España en el 1500 venía de expulsar a sangre y fuegos a judíos y musulmanes de la península ibérica, periodo en que el conocido capitán español Hernán Cortez organizó por orden de los llamados Reyes católicos, un poderoso ejército con el cual ejecutó el genocidio de los musulmanes que estaban asentados en ella hacía ya diez siglos. Luego con base a lo aprendido en tan brutal faena, enviado por esos mismos reyes haría el genocidio y destrucción del gran imperio azteca en México.
Cómo muestra la historia, los españoles fueron tempranamente los colonos de casi toda América incluyendo la actual Norteamérica. Así, en 1518 el español Juan Ponce de León ya había recorrido y tomado posesión de La Florida, siendo el primer europeo en tocar los que hoy es suelo estadounidense, luego vino Francisco Vásquez de Coronado quien puso bandera española en lo que ahora son Arizona, Nuevo México, Texas, Oklahoma y Kansas. De Soto en 1539 en una misión desde Cuba exploro para España Georgia, Carolina del Sur, Alabama, Misisipi, Arkansas y Luisiana.
Los ingleses venían de esa época de cruentas guerras intestinas en Britania, además de su quiebre con la iglesia católica romana, fisión que produciría la secta de los Puritanos, de terrorífica influencia posterior en la historia norteamericana. A partir de la brutal invasión y guerras con Irlanda en 1169, con Felipe II a la cabeza, país al que consideraban bárbaro, autodesignándose el valor de civilizados, se originó la malhadada ideología de superioridad racial inglesa, que a la postre sería fatal para los pueblos americanos nativos. Su posterior aposentamiento en América vino provisto de el gen filibustero e invasor guerreando para colonizar, tanto contra el colonizador hispano y francés, como contra los indígenas americanos considerados bárbaros a su entender. Así, para finales de la conquista europea en el siglo XVI en toda América, no quedaban más de dos millones de nativos en todo el continente. Ello fue el mayor genocidio conocido de la historia humana. Medio siglo después de su llegada en las tierras colonizadas por los ingleses había desaparecido el 90% de la población nativa.
La rapiña de las tierras fronterizas españolas y el inicio de la creación del Imperio Norteamericano
La rapiña tuvo su gran legitimación cuando Thomás Jefferson, presidente norteamericano en 1801, dijo: “No importa cuanto nos mantengan dentro de nuestros límites nuestros intereses presentes, es imposible no dirigir la vista hacia tiempos distantes, cuando nuestra rápida multiplicación los supere y cubra todo el continente norte, sino es que el sur”. A partir de ese discurso la anexión forzada y violenta de las tierras fronterizas hispanohablantes evolucionó rápidamente: Florida y el Sureste lo fueron en 1820; Texas, California en 1855, y finalmente Centroamérica y El Caribe poco más allá de la mitad del siglo, anexiones que culminaron con la guerra Hispano-estadounidense de 1898, donde se engulleron Cuba. En esta rapiña, a México le fue robada la mitad de su territorio y tres cuartas partes de sus recursos naturales, la cuenca del Caribe y sus islas quedó reducida a una explotación casi esclavista norteamericana, y el resto de los países latinoamericanos del centro u sur, en una abundante y barata tierra y mano de obra para enriquecer las corporaciones yanquis. El imperialismo norteamericano en su fase americana estaba ya instalado. Desde allí en adelante, la mayoría de sus presidentes apoyaron sin tapujos el despojo de las tierras y recursos latinoamericanos. Así Jefferson, Jackson y Teddy Roosevelt creían que el dominio de Norteamérica sobre el resto de América seguía un orden natural. Durante sus mandatos hicieron caso omiso a los latrocinios cometidos por especuladores, dueños de plantaciones, banqueros y los mercaderes que instalaron en Latinoamérica la genocida y odiosa “Vía americana al desarrollo”. En ese periodo estos ofrecían miles de hectáreas de tierras a ávidos inmigrantes anglosajones ansiosos de riqueza, tierras obtenidas después de financiar rebeliones en tierras de hispanohablantes, los que despojados quedaron relegados a la condición de clase inferior por la superioridad anglosajona. Esta fue la consecuencia natural y directa de la política del “Destino Manifiesto” de John O´Sullivan (1845) y de la más adelante “América para los americanos”, más conocida esta última como Doctrina Monroe, con las cuales estos le dieron su propia legitimidad a la rapiña de América, secundada con su enorme fuerza militar y financiera.
A esas alturas, el dominio español de américa era combatido en distintos países por los criollos latinoamericanos, que ya no soportaban la explotación colonial del continente. Francisco de Miranda, gran militar y libertador venezolano, tempranamente se dio cuenta que la idea de democracia e independencia para los países latinoamericanos, no era de agrado para los norteamericanos. Ya a lo había dicho John Q. Adams quien decía que la democracia no le venía a la América Española “más que a los pájaros, las bestias o los peces”. Para ellos, desde su visión imperial lo más importante era la domesticación de ese traspatio y la explotación de sus habitantes latinos. Y eso fue exactamente lo que hicieron. Debido a este pensamiento es que rechazaron a Miranda y luego a Bolívar en sus solicitudes de apoyo independentistas, pues no estaban interesados en ella sino solo en sus recursos y territorios. Como se sabe, en ningún lugar del planeta tierra más que en América Latina los norteamericanos extrajeron la riqueza que les permitió constituirse como el imperio que fueron.
La dominación final del traspatio del Imperio
El presidente norteamericano Monroe que se había opuesto tenazmente a la independencia de Latinoamérica se vuelve curiosamente partidario de ella. Es la época en que George Cadwell, médico supremacista escribía: “Durante la historia del mundo, siempre que las razas inferiores han sido conquistadas y se han mezclado con la caucásica, esta última se ha hundido en la barbarie” (1844). Los esfuerzos americanos por aumentar el dominio imperial, premunidos de esa ideología supremacista eran antiguos y numerosos. Comenzaron en 1801 cuando Phillips Nolan entra a la Texas española con una banda de hombres armados; soldados españoles lo capturan y matan. Le sucederán otras 18 grandes incursiones filibusteras más hasta 1860, cuando William Walker después de haber intentado invadir México, Nicaragua y Honduras es finalmente ejecutado por los locales. La ambición de los Plantacionistas y Esclavistas gringos, entre otros capitalistas, a deseaba expandirse hacia el sur, donde las tierras y la mano de obra eran muy baratas. De allí en adelante, ya sea mediante invasiones, guerras o tratados, la dominación norteamericana se fue expandiendo hacia el sur, al igual que sus inversiones. Por supuesto, el capital gringo se aliaba con las oligarquías criollas para conseguir sus objetivos. El poeta chileno Neruda los llamaría “los amigos del dólar”.
Así, cuando se aprobó la ley Foraker que legalizó la usurpación de Puerto Rico por USA en 1898, los cultivadores de azúcar gringos llegaron en masa, a la par comenzó el más brutal éxodo de los habitantes Ticos. De igual forma ocurrió en Cuba, República Dominicana, Panamá, Nicaragua donde a petición de banqueros, latifundistas e industriales cuando los pueblos locales reclamaban por la enorme explotación, la respuesta generalmente mediada por sus socios locales, era la muerte, el exilio y el golpe de Estado. Esta impronta delincuencial nunca abandonará a la potencia imperial en Latinoamérica, la cual invadirá militarmente, dirigirá golpes de Estado, extraerá fabulosas rentas en los sectores económico productivos más inimaginables, y más tarde diseñará una infernal trama de aranceles de comercio para oprimir a los países pobres y así continuar extrayéndoles la renta. En ello las agencias de inteligencias gringas serán uno de los instrumentos con los cuales cooptará a los demás países. Con la caída de la URSS en los años 90 se arrogará un malhadado liderazgo del mundo, que les durará poco. Otras racionalidades, otros esfuerzos civilizatorios habían comenzado a crecer y fructificar en el mundo creando nuevas y valiosas opciones de alineamiento y desarrollo humano como es el caso de Rusia, China y otros. En este tiempo de esperanza, de decadencia del Imperio Norteamericano este comienza ya a vislumbrarse como un doloroso resto arqueológico de un pasado deleznable.


