Inicio Destacado Eugenio González y el Programa del ’47: La Brújula del Socialismo Chileno

Eugenio González y el Programa del ’47: La Brújula del Socialismo Chileno

En este 2026, el Partido Socialista se encamina hacia su Conferencia Nacional de Programa, un proceso diseñado para actualizar sus fundamentos y doctrinas frente a los desafíos de un nuevo siglo. Sin embargo, para proyectar el futuro, la mirada se vuelve inevitablemente hacia el cimiento original: el Programa de 1947.

Aquel documento es la matriz genética del socialismo chileno. Lo que sigue es la crónica figurada y recreada de aquel momento fundacional. Es un relato de cómo Eugenio González Rojas fue capaz de articular una voz propia en medio de un mundo dividido, y que luego Salvador Allende transformaría en acción histórica. Entender este proceso es comprender por qué, casi ocho décadas después, ambos siguen siendo la base sobre la cual, los socialistas, intentan pensar el Chile del mañana.

Santiago, julio de 1947.  Llueve en Santiago. El frío entume los cuerpos, pero el aire en los pasillos del XI Congreso del Partido Socialista está al rojo vivo. No son solo los 10 grados lo que hace abrigar a los delegados; es la vorágine de un mundo que se divide en dos. Y el mismo partido corre el riesgo de multiplicarse en varios. Afuera, la Guerra Fría deja de ser una metáfora para convertirse en una cortina de hierro. Adentro, el humo de los cigarrillos acompaña el fragor de una disputa por discernir el alma del socialismo chileno

En un escritorio, con el eco estruendo de los discursos incendiarios, Eugenio González Rojas observa el papel en blanco de su máquina de escribir. Sabe que no está redactando un reglamento, sino un mapa de navegación para un barco que quiere esquivar el choque con los icebergs de Washington y Moscú. Había aceptado el encargo, entre otros de Raúl Ampuero. Recibió los borradores que circulaban en las comisiones del partido para poder darles coherencia filosófica. González sabía que tomaba las aspiraciones de los trabajadores chilenos para poder leerlas bajo su filtro de su formación humanista.

González comienza a teclear. El rítmico golpe de las letras sobre el rodillo suena como un mensaje que al mismo tiempo se descifra. Mientras otros esgrimen consignas memorizadas de manuales soviéticos, él busca algo más propio, algo que respire. Sus dedos remarcan la primera gran verdad:

«El Socialismo es, en su esencia, humanismo: una aspiración a la libertad plena del hombre.»

En su mente, González vislumbra las fábricas de acero de la URSS y los rascacielos de Nueva York. Ambos le parecen asfixiantes, deshumanizantes, aunque de distintas maneras. Él busca que el trabajador chileno no sea una cifra, ni para el mercado ni para el Comisario. Para él, la revolución no tiene sentido si el individuo se disuelve en la masa. Pero aquella tinta no brotaba del vacío, ni era el hallazgo solitario de un hombre encerrado en su escritorio. Fue el sedimento de décadas de luchas y debates en sindicatos donde ya se exigía autonomía. González tomó ese pulso y lo convirtió en doctrina.

“Por lo tanto, todo régimen político que implique el propósito de reglamentar las conciencias conforme a cánones oficiales, siendo contrario a la dignidad del hombre, es también incompatible con el espíritu del socialismo.”

Mientras, el Congreso se diluía en discusiones. Los «Ibañistas» quieren pactar con el gobierno de González Videla para salvar sus puestos; otros, miran al Kremlin con ojos de respuestas. González, con la calma un profesor que ha visto caer imperios, escribe la cláusula de la autonomía, esa que defiende que Chile no debe ser la copia feliz de ningún edén terrenal.

«El Partido Socialista no reconoce otra disciplina que la que emana de sus propios organismos, ni otro interés que el de los trabajadores chilenos.»

Es un desafío abierto. Es decirle a la poderosa URSS de 1947 que aquí, en el fin del mundo, el socialismo tiene apellido propio. Es el nacimiento de una «tercera vía”, propia, nacional e inédita, antes de que el término siquiera existiera.

Eugenio González sabe que el miedo al caos suele engendrar autoritarismos. Por eso, su pluma se vuelve un cincel cuando trata sobre el papel del Estado. No piensa en un Estado omnipresente que todo lo controle, como el que Stalin está perfeccionando en esos mismos años de purgas y reconstrucción forzada. Escribe con firmeza:

«El Socialismo no es la estatización mecánica de la vida. El Estado debe ser un instrumento de liberación, no de opresión.»

De nada sirve que las minas sean del Estado si el minero sigue siendo un trabajador sin voz ni paga digna. El socialismo que imagina es una conversación permanente, no un monólogo desde un balcón oficial.

Afuera, la lluvia de Santiago sigue cayendo. González piensa en el norte, en el desierto ardiente donde el cobre se extrae para enriquecer a otros. Ese es el corazón herido de Chile. El programa debe ser el escudo de la patria frente al saqueo. La frase sale definitiva, casi como un parto demorado:

«La nacionalización de las riquezas básicas es el paso indispensable para asegurar la soberanía nacional y el bienestar del pueblo.»

Cuando termina de escribir, Eugenio González Rojas intuye que ha creado algo que lo sobrevivirá. El documento se aprueba entre algunos aplausos y recelos. Lo que no sabe es que, décadas más tarde, un hombre llamado Salvador Allende usará esa misma inspiración para desafiar lo posible.

Aquel programa de 1947 no fue solo un texto programático; fue una declaración de soberanía: intelectual y política. En un mundo de bloques de cemento y telones de hierro, González Rojas escribió una carta de autonomía que nunca se volverá amarilla.

El hallazgo de un destino

A sus 39 años, Salvador Allende ya había visto lo suficiente como para saber cuándo una alianza política estaba muerta. Ese invierno de 1947, con la persecución de Gabriel González Videla respirándole en la nuca a la izquierda chilena, el joven senador sostenía entre sus manos un cuadernillo recién impreso: el texto redactado por Eugenio González

Allende no era un hombre de silencios largos, pero esta vez lo lee absorto. Sus ojos recorren las frases con la precisión de un cirujano. No como quien revisa el acta burocrática de un congreso partidario, sino como quien busca una salida del laberinto

Pasa la página y se detiene constantemente. Susurra para sí mismo, como si probara el sabor de las palabras o reconociera algo suyo: «…aspiración a la libertad plena del hombre».

Allende sonríe como ante el retorno de un recuerdo olvidado. Sabe que, en la calle, sus «camaradas» comunistas están siendo perseguidos por el mismo presidente al que ayudaron a elegir. Ve la traición de González Videla asomarse por las esquinas y siente que la izquierda chilena se está desmoronando. Pero este texto… este texto es distinto. No es una arenga más.

«Aquí está», piensa Allende, ajustándose los lentes de marco grueso. “Esto es Chile.»

Mientras lee la parte sobre la nacionalización de las riquezas básicas, Allende levanta la mirada hacia la ventana, imaginando ese norte de las minas de cobre, donde miles de hombres dejan sus vidas por salarios de miseria.

En ese momento, el programa de 1947 deja de ser un documento de un congreso partidario y se convierte en su obsesión personal. Comprende que Eugenio González le ha dado el permiso intelectual para ser revolucionario y un político demócrata. Le ha dado la llave para entrar en la historia sin tener que tensionar sus convicciones.

«El socialismo es humanismo», susurra Allende varias veces.

La frase suena a algo que ya se ha escuchado íntimamente. Es como antídoto contra el autoritarismo que ve en otras latitudes y contra la explotación que ve en las calles y hospitales del país.

Cuando Allende guardó el documento, sabía que ese texto había dejado de ser una simple declaración de principios. Eugenio González acababa de entregarle la brújula que guiaría el resto de su vida política.

Cuando Salvador Allende se asomó al balcón de la Federación de Estudiantes para dar su primer discurso como presidente electo, Eugenio González estaba allí, no en la primera fila de los flashes, sino en la fila de los cimientos.

Para González, ver a Allende triunfante no era solo un éxito electoral. Era la prueba de que su tesis de 1947 era cierta: que el socialismo chileno valía solo si era capaz de respetar la libertad y la democracia que el mismo pueblo había conseguido y ensanchado.

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