
Periodista y Psicóloga.
Aunque el matrimonio de Kast con la Presidencia de la República fue muy rimbombante, con sus partidarios bailando hasta la madrugada y los medios de prensa gozando la fiesta, pareciera que la “luna de miel” será más corta que lo que el nuevo mandatario y su grupo suponen.
En términos políticos, la “luna de miel presidencial” es el período en que un presidente recién electo recibe tolerancia, expectativas positivas y apoyo político antes de que empiece el desgaste del poder. El período crítico para medir la verdadera fuerza de un gobierno suele ser entre septiembre y diciembre del primer año. Los expertos señalan otra regla empírica: cuando la economía preocupa a más del 50% de la población, la luna de miel rara vez dura más de 6 meses. Y se da por finalizada cuando la desaprobación supera o iguala la aprobación.
En Chile este periodo dorado ha ido disminuyendo sin pausa. Hay razones objetivas. Hoy Chile es un país mucho más dividido que en los años 90 o 2000 y las expectativas de la ciudadanía son muy concretas respecto de seguridad, migración y economía. La gente quiere ver cambios drásticos y visibles desde los primeros días del nuevo gobierno.
Desde la vuelta a la democracia, el presidente Aylwin fue quien disfrutó la más larga “luna de miel” (12-18 meses) gracias al alto consenso respecto del retorno a la democracia. Con Eduardo Frei, el periodo dulce duró 10 a 12 meses gracias a que el crecimiento económico sostuvo el apoyo. Ricardo Lagos tuvo una luna de miel de entre 8 a 10 meses.
Para Michelle Bachelet 1 la fiesta duró 3 a 4 meses debido a la crisis de Transantiago y las protestas estudiantiles. Con Sebastián Piñera 1, siguió acortándose la alegría -duro 7 a 8 meses-, aunque contó con un apoyo inicial fuerte debido al rescate de los 33 mineros. En su segundo período, Bachelet vivió una luna de miel de 8 meses debido principalmente al caso Caval. Por su parte, Piñera en su segundo periodo tuvo una luna de miel de solo 5 meses.
La caída en picada se produjo en el Gobierno del presidente Gabriel Boric, a quien prácticamente le dieron solo un mes de miel y 47 meses de hiel.
La tendencia histórica es clara por ello se puede suponer que la “luna de miel” no será larga para Kast. Más aún, si se consideran datos de encuestas de marzo de 2026 donde -a pesar de que no hay todavía una caída fuerte- sí aparecen señales de cautela y algo de desgaste inicial. Según Cadem, Kast parte su mandato con 56% de imagen positiva y 39 % negativa, un nivel parecido al que empezó Boric en 2022 pero con más rechazo desde el inicio, lo que muestra que Chile está aún más polarizado. La encuesta de Criteria le da a Kast un 44 % aprobación al iniciar su gobierno y un 37% de desaprobación. Estas cifras indican un apoyo no entusiasta, según los analistas. Algunos indicadores sí han mostrado una baja del 4%, al igual que para su gabinete, que generó un apoyo de alrededor de 42 %.
Por otro lado, también se observa que el país tiene expectativas moderadas, que no hay euforia. El sentimiento dominante sería de “veamos si resulta”, por sobre “todo va a mejorar y cambiar”.
Lo que incide mayoritariamente en el éxito o fracaso de Kast es la extrema polarización del país, a diferencia de lo que pasaba en los primeros gobiernos después del fin de la Dictadura. Los analistas consideran que hoy sectores importantes desconfían profundamente de Kast y otro sector cree que es la única forma de ordenar el país. En psicología política esto se llama “presidencias identitarias”, es decir el líder representa a un grupo fuerte, pero no al país completo.
Patricio Aylwin partió con legitimidad transversal. Lagos y Bachelet tenían oposición, pero no rechazo estructural en tanto Boric y Kast parten con sociedades mucho más fragmentadas.
Otro factor que puede perjudicar a Kast son las inmensas expectativas que generó en la población al basar su campaña en tres promesas específicas: más seguridad, control de la migración, mejoras en la economía. El problema es que estas promesas tienen plazos muy cortos en la percepción ciudadana. Es decir, si en los primeros meses la delincuencia no baja, la migración no cambia visiblemente, o el bolsillo sigue apretado, la aprobación caerá probablemente muy rápido.
Este fenómeno lo vivieron gobiernos anteriores. En 2018, el apoyo a Piñera cayó significativamente tras expectativas económicas no cumplidas. Y el de Boric por la sensación de seguridad y la inflación que había subido al 14% tras la pandemia. Aunque su gobierno logró bajarla en 10 puntos en dos años, la ciudadanía dudó del cambio porque las cifras macroeconómicas se sienten más lento en los bolsillos del pueblo.
Variables psicológicas
Hay que tener en cuenta también variables psicológicas. O sea, entender que las “lunas de miel” dependen de una emoción colectiva: la esperanza. El problema es que, hoy en Chile, esa emoción está mezclada con otra muy fuerte: la fatiga social. Una gran mayoría no está entusiasmada con la política. Más bien, la gente está cansada y expectante. Eso lleva a actitudes como “Lo apoyamos… pero veamos si realmente funciona”. O sea, es un apoyo condicional. Además Kast se condenó a una presión ciudadana inmediata al hablar de un “gobierno de emergencia”.
Asimismo, su gobierno dependerá mucho de emociones sociales específicas, como el miedo, el cansancio o el deseo de orden. Desde la psicología política, el triunfo de Kast no se explica solo por ideología. También lo hace por emociones colectivas acumuladas en la sociedad chilena. Paradójicamente, las tres emociones básicas que empujaron su llegada al poder serán también las que determinarán cuánto dura su capital político.
La apelación al miedo fue probablemente la emoción política más poderosa que utilizó Kast en su campaña, apuntando al aumento de delitos violentos, al crimen organizado, al riesgo en las poblaciones o la crisis migratoria en el norte.
El problema es que el miedo es una emoción extremadamente impaciente. Si las personas no perciben mejoras muy rápidas -especialmente en seguridad- el apoyo puede evaporarse con la misma rapidez con que apareció.
Otra emoción profunda a la que se apeló fue el cansancio social. Después del estallido de 2019, la pandemia, la crisis económica, el proceso constitucional fallido, los ciudadanos sienten algo que la psicología social llama fatiga política colectiva. Es la sensación de “quiero que alguien ordene esto”, “estamos agotados de conflictos”, “basta de experimentos”.
Sin embargo, el cansancio tiene una característica que puede jugar en contra. Si la política vuelve a generar ruido, peleas o frustración, el electorado se vuelve muy volátil. Y puede bajar su adhesión.
La otra emoción a la que se apeló fue la sensación de abuso, que es menos visible pero muy poderosa. Muchos chilenos sienten desde hace años una sensación de abuso económico, de desigualdad persistente, con élites desconectadas e instituciones que no responden. Se instala entonces algo muy estudiado por la psicología política: la percepción de injusticia (fue detonante del estallido de 2018). Y en ese caso, la gente busca líderes que prometan defender a “la gente común”. Kast logró conectar con esa emoción en sectores que sienten que el Estado y las élites los abandonaron.
Pero este factor también es de doble filo para un gobierno de ultraderecha como el de Kast. Porque si el gobierno que prometía defender a la gente termina percibiéndose cercano al poder económico o incapaz de mejorar la vida cotidiana, esa emoción puede transformarse rápidamente en rabia política.
Y hasta ahí llegó la luna de miel…





