Profesor de Filosofía y Máster en Estudios Políticos Aplicados.
Presentamos una serie de columnas cuyo propósito es contribuir a la reflexión del Partido Socialista de cara a la Conferencia nacional programática. Los aportes que se han realizado en el pasado y también en el marco de este proceso de reflexión general, han dado cuenta del acervo teórico-ideológico -en relación con la administración del conjunto de ideas socialistas y lo que las sustenta-, por un lado, y también sobre las medidas, políticas y transformaciones que -en el terreno programático- el PS promueve. Pero de los campos que se abren a la reflexión, el punto sobre que es el socialismo chileno, desde un punto de vista filosófico, es, seguramente, el menos explorado.
Y si cabe una filosofía para las grandes experiencias humanas, con mayor razón aplica una para el socialismo chileno. No es tanto porque represente una necesidad práctica -ni por lejos-, ni porque sea un anhelo demasiado sentido para quienes componemos sus filas -menos aún, quizás-, sino porque la propia organización requiere explicarse a sí misma en medio de su devenir histórico. Estos apuntes, que pretenden ser de carácter filosófico, están, en todo caso, un paso atrás de los ejercicios teóricos, ideológicos y programáticos que se han realizado sobre el socialismo chileno, como indicaremos más adelante.
Sabemos que pudieran ser incomprensibles en el tiempo que nos toca vivir. No porque sean demasiado complejos o sofisticados, sino porque aparecen desacoplados de las necesidades y tareas prácticas de una fuerza política -la principal del socialismo chileno- que está abocada a luchar por su sobrevivencia dentro de una democracia liberal. La principal contribución a la que aspira este esfuerzo es servir de impedimento para que las acciones colectivas de la organización sigan operando sobre lo que pareciera ser un extenso vacío.
La herencia histórica frente al nuevo escenario político
Aunque esto pudiera ser demasiado cierto en el tiempo presente, no lo fue tanto en el pasado. La fundamentación teórica del programa del Partido Socialista de Chile, de Eugenio González Rojas, en 1947, caló en una generación completa que estaba desprovista de horizonte normativo por las crisis del momento, pero sobre todo en Salvador Allende que terminó siendo el vehículo de transmisión de las principales ideas que González pone de manifiesto como matriz genética del socialismo chileno: marxista en el método, antiimperialista, latinoamericanista, democrático y profundamente humanista. Esto es lo que Hegel habría llamado la astucia de la razón operando a través del espíritu de la historia.
González, y el socialismo chileno en general, no tienen en su época la necesidad histórica de explicarse a sí mismos, en tanto socialistas, como la tiene la generación presente. Les bastó con el ejercicio de negatividad en relación con el PC: responde, de forma excepcional, que somos socialistas porque no somos comunistas. Lo hace, explicando la matriz histórica del socialismo, su flexibilidad, su heterogeneidad, su lejanía dicha en voz baja con el bloque soviético y su perspectiva y actitud sobre la democracia. No tuvieron los socialistas de la década del cuarenta otro partido socialista que tuviera el explícito o velado interés en reemplazarlos, como ocurre hoy día con el Frente Amplio, que ya se ha autodeclarado como socialista.
Para el ejercicio teórico, habría que abrir las diferencias, entonces, con el Frente Amplio, cuestión más compleja si se tiene a la vista que adscriben, teóricamente, a los mismos principios y valores que los socialistas. ¿Porque adscribir al Partido Socialista y no al Frente Amplio si, en rigor, serían lo mismo? ¿Son lo mismo? Si y no. Son lo mismo en cuanto a la aspiración y al horizonte ideológico, pero no en cuanto a la cultura política, al método y a la aproximación teórica de los problemas principales de la sociedad. La cultura es diferente porque no tienen el peso histórico de Allende -que miraremos en una próxima entrega- y de la Dictadura. Y en lo teórico, porque desde su origen se ubicaron en el postmarxismo, orientados, diríamos, por Laclau y Mouffe.
Pero tampoco este ejercicio -de establecimiento, esclarecimiento o afirmación de las diferencias- es útil para los efectos de una filosofía del socialismo, que busca su esencia, sean sus adscriptores del PS o del FA. Se entiende que, la diferencia, nuevamente como con el PC, no explica por sí misma lo que algo es o no es. Lo que es, debe poder explicarse por sí mismo y no por negatividad. Salvo, claro está, cuando la definición de algo depende necesariamente de otra cosa, como por ejemplo la definición de “padre”, que depende de la condición de “hijo”. Pareciera no ser este el caso, porque la esencia del socialismo chileno no está relacionada con un otro que a su vez también únicamente pueda definirse en relación al socialismo. Buscamos, entonces, una identidad sustantiva o esencial del socialismo.
Buscando la esencia: un ejercicio fenomenológico
Estas preguntas de carácter esencial, deben ser las más difíciles y complejas de responder desde la filosofía, porque pretenden determinar aquello que es en cuanto tal. Siguiendo lo que Husserl llamaba la variación eidética, debiéramos preguntarnos qué atributos tendríamos que eliminar del socialismo chileno y que, aún así, este siga siendo lo que es. Pensemos en el instrumento principal del socialismo como es el caso del Partido Socialista de Chile. Si eliminamos la bandera, ¿el Partido sigue siendo lo que es? Si la respuesta es afirmativa, entonces asumimos que la bandera no es la esencia del Partido. Si eliminamos los estatutos del partido ¿el Partido sigue siendo lo que es? Si la respuesta es afirmativa, entonces los estatutos no serían, tampoco, la esencia del Partido. Si eliminamos la vocación latinoamericanista, ¿el Partido sigue siendo lo que es? Si la respuesta fuera negativa, entonces arribamos a un límite infranqueable: aquello que, al ser retirado, hace que el objeto -en este caso el Partido Socialista- deje de ser lo que es. Allí, es donde llegamos a la esencia.
Este es el propósito que nos anima en esta serie que, de cara a la Conferencia nacional programática del PS, estamos presentando. Este proceso es una especie de “puesta entre paréntesis” -la llamada epojé de Husserl- que permite abstraerse, temporalmente, de la realidad de la organización y de su vida cotidiana. Es un hecho bien establecido que la actitud natural del PS es la dinámica electoral inmediata, la negociación de cuotas, la reacción al titular de la prensa de la mañana -o el impacto de las redes sociales a cualquier hora- y la contingencia parlamentaria. Esta inercia consume la energía teórica y obliga al partido a actuar por pura supervivencia o táctica de corto plazo. Este ejercicio no significa, en todo caso, ni destruir esa realidad, ni negarla, sino suspender el juicio o la fe, frente a esta actitud natural para poder buscar y examinar la estructura misma de la esencia del socialismo chileno, sin prejuicios ni distorsiones externas.
Estructurando el debate: cuatro niveles de profundidad
En este sentido, y al no tener la exigencia de construir una candidatura ni un eslógan electoral inmediato, la Conferencia es un ejercicio anti-natural, y a su vez, un antídoto para la proyección del futuro. Se transforma en un dispositivo metodológico de la epojé, muy valioso que no hay que desaprovechar. El debate ya ha comenzado, y las primeras escaramuzas vinieron desde su propia definición de “programática” y que esta definición reducía el campo de la reflexión que esta oportunidad otorga.
Esto es así y para que la Conferencia no se reduzca a una mera compilación de medidas de coyuntura ni a una «lista de supermercado» de políticas públicas, resulta indispensable ordenar el debate orgánico en cuatro niveles de profundidad conceptual. La tragedia habitual de la política pragmática radica en operar exclusivamente en la superficie del debate programático o en la reacción visceral de la disputa política de corto plazo. Sin embargo, un proyecto político sólido requiere entender que las propuestas concretas de gobierno son solo la punta del iceberg de una estructura mucho más profunda.
El primer nivel -que es al cual esta serie tributa- es el nivel filosófico. En este espacio no se discuten leyes, impuestos ni alianzas electorales; lo que se busca aquí es responder por la esencia del socialismo chileno. Aquí es donde opera la epojé husserliana, permitiendo poner entre paréntesis las urgencias de la contingencia para despejar el ruido externo y descubrir aquello que constituye el núcleo último de nuestra identidad. La esencia del socialismo no se encuentra en la comparación especular con comunistas o con el Frente Amplio, sino en el ejercicio de reducción eidética que se va a realizar.
Inmediatamente sobre esta base se despliega el nivel teórico, que proporciona la caja de herramientas conceptuales para interpretar lo que pudiéramos considerar la realidad objetiva. Si el nivel filosófico busca la esencia, el nivel teórico nos entrega el diagnóstico crítico sobre el funcionamiento del capitalismo contemporáneo en Chile, las dinámicas de la acumulación, la estructura de clases, la desigualdad, las transformaciones del trabajo, la crisis del cambio climático y la revolución de la inteligencia artificial. Sin esta mediación analítica, el socialismo corre el riesgo de abordar los problemas del siglo XXI con esquemas o dogmas del siglo XX.
Sobre la filosofía y la teoría se articula el nivel ideológico, que traduce la esencia descubierta y el diagnóstico del mundo en un proyecto de sociedad y en una propuesta identitaria para el largo plazo. Aquí se define el modelo de país a 20 o 30 años plazo, precisando el rol del Estado, la democratización de la economía, el modelo de desarrollo y la caracterización del sujeto político e histórico al que se apela. Este nivel es el que impide que la identidad socialista se reduzca a una mera estrategia de posicionamiento electoral, dotando al partido de una proyección histórica.
Finalmente, en la superficie de esta estructura se sitúa el nivel programático. Este nivel, aunque es el más contingente y de más rápida mutación, sólo adquiere coherencia, viabilidad y fuerza transformadora cuando deriva lógicamente de las capas que lo preceden. Las propuestas concretas en salud, seguridad, pensiones, educación o sistema fiscal dejan de ser soluciones parche o concesiones al sentido común dominante cuando están respaldadas por un proyecto ideológico claro, un diagnóstico teórico riguroso y una fundamentación filosófica que da cuenta de la esencia de lo que somos.
