jueves, junio 4, 2026
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Julieta Kirkwood y la militancia socialista: El hilo lila que tejió nuestra democracia

Foto de Rubí Salgado en Unsplash

Foto de Rubí Salgado en Unsplash

La historia de la rebeldía feminista en Chile tiene muchos nombres que resuenan con la fuerza de un descubrimiento: uno de ellos es Julieta Kirkwood Bañados. Al conmemorarse noventa años de su nacimiento, su figura no solo emerge como un ejercicio de memoria, sino como una brújula indispensable. Sin embargo, el pensamiento de Julieta no germinó solo en el ámbito académico, sino también en el calor de la militancia del Partido Socialista, especialmente junto a las mujeres socialistas que, en los años más oscuros, decidieron que la lucha contra la tiranía debía ser, también, una lucha contra el patriarcado.

Para el socialismo feminista, Kirkwood fue la arquitecta de una ruptura necesaria. En un tiempo donde la izquierda tradicional postergaba las demandas de las mujeres bajo la promesa de que «la revolución lo resolvería todo», Julieta sintetizó una voz colectiva. Las socialistas feministas advirtieron que el autoritarismo no solo residía en las instituciones públicas, sino que se alimentaba diariamente en el espacio privado. La consigna «Democracia en el país, en la casa y en la cama» nació precisamente allí: en las reflexiones de las militantes en los núcleos del partido, en las ollas comunes y en las reuniones clandestinas donde las mujeres se reconocieron como sujetos políticos plenos.

La militancia partidaria como espacio de transformación

El mayor aporte de este encuentro entre Kirkwood y la militancia en el Partido Socialista fue la politización de lo cotidiano. Las mujeres socialistas de los años 80 no solo resistieron a la dictadura en las calles; también dieron una batalla interna contra la «ceguera de género» de sus propios compañeros. Julieta hilando rebeldías, entregó las herramientas teóricas para entender que su exclusión del saber y del poder no era un accidente, sino una herramienta de control y subordinación.

Al rescatar las luchas de las sufragistas y las obreras de los Centros Belén de Sárraga, Kirkwood otorgó una genealogía socialista feminista. Nos enseñó que el socialismo chileno tiene un rostro de mujeres y que camina sobre los hombros de mujeres militantes gigantes que la historia oficial —y a veces nuestra propia estructura partidaria— intentó invisibilizar. Su obra cumbre, Ser política en Chile, es en realidad el testimonio de esa lucha por ser reconocidas como pares dentro de un proyecto emancipador.

Un legado que nos exige coherencia

Hoy, el legado de Julieta vive en cada militante que disputa espacios de poder y que exige que la igualdad de género no sea un concepto abstracto, sino una realidad palpable. Para el socialismo que construimos hoy, su pensamiento es una exigencia de coherencia: no existe proyecto de justicia social si persiste la brecha de cuidados, la violencia de género o la subrepresentación.

Ser socialista y feminista en pleno 2026 implica recoger esa posta histórica. Significa entender que la militancia de las mujeres no es un «frente» secundario, sino el corazón mismo de la profundización democrática. A 90 años de su nacimiento, el mejor homenaje a Julieta Kirkwood es habitar la política con la misma irreverencia y rigor con que ella y nuestras compañeras lo hicieron. Su invitación sigue abierta: seguir tejiendo rebeldías hasta que la dignidad se haga costumbre, en la casa y en la calle, pero también en toda institución partidaria.