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Kast, ¿el “cariño malo” de los chilenos y chilenas?

Foto de Daniel M. en Unsplash

Foto de Daniel M. en Unsplash

“Se ve por tu reír, que aún no sabes cuánto he llorado” … “soy sincera al confesar, que aún te quiero, cariño malo…” (Palmenia Pizarro, cantando “Cariño malo”).

Ateniéndonos a lo que caracteriza una relación tóxica, podríamos decir que, con el nuevo gobierno, los chilenos están sufriendo los vaivenes de un “cariño malo”. Creían que votar por José Antonio Kast era lo que más querían, lo que los llevaría a un paraíso de cambios. Un 58% de nuestros compatriotas se dejó seducir por el cuento de hadas de un príncipe rubio, de ojos azules, creyendo que los cuidaría, los acompañaría, que sería el paraguas en una lluvia que creían torrencial.

A menos de dos meses, el mismo porcentaje de ciudadanos se está dando cuenta que esa relación no era amor “del bueno”. Igual como en un vínculo amoroso, el lazo ya no tiene nada de romántico y, más bien se está sintiendo en toda su enferma y peligrosa magnitud. El problema es que habrá que aguantar y sobrevivir, sin anestesia, a este amor del malo por largos cuatro años. A no ser que se empiece a ver que el Principe era de verdad un sapo…

Chile era la víctima propicia para un “cariño malo” como el de Kast y sus boys porque había una sensación de desprotección, de abandono, caldo de cultivo para aferrarse al primero que te ofrece afecto y promesas de salvación. Se trata de un tipo de relación donde “adorarte es religión”, como dice otro clásico bolero.

El problema es que este tipo de relación no es afecto en el sentido real. Es un vínculo que parece amor, pero daña. Y lo complejo, psicológicamente, es que muchas veces se vive como normal, especialmente si viene de personas importantes, como la pareja, la familia o las figuras de autoridad.

 En los “cariños malos” hay afecto mezclado con control, daño, humillación o manipulación. No son relaciones abiertamente violentas todo el tiempo, sino ambiguas. El Principe Kast te dice que quiere lo mejor para ti, pero te liquida con violentas alzas de precios, te amenaza con inminentes decisiones que te empiezan a invadir de miedo, te manda mensajes solapados que te hacen dudar seriamente del amor que dice profesarte. “Te subo precio de la bencina para resguardarte de un mal mayor” es como el símil del “soy celoso porque me importas” o el “si no fuera por mí, no serías nada”. Y eso no es amor, es control y dominación disfrazado de cariño. A través de una supuesta preocupación, te dice como pensar, qué es bueno hacer, con quién es mejor juntarse. Y en realidad, te está reduciendo a tu mínima expresión. Te empiezas a sentir como una persona más abatida de la que creías ser cuando odiabas el gobierno de Boric…

Para abundar en la metáfora, se debe señalar que el cariño malo es también un cariño intermitente, te da y te quita. Te promete algo y después no lo cumple. Te cambia las reglas del juego. Y ello es lo que provoca enganche emocional. A ratos se porta cariñoso, a ratos frío, distante e, incluso, cruel. Nunca sabes con qué versión aparecerá y ello genera la adicción emocional.

Psicológicamente, el refuerzo intermitente es el más efectivo y engancha más que el cariño constante. Por ejemplo, es el mismo que opera en la lógica del juego en los adictos. Siempre estás esperando que, de verdad, van a expulsar a los inmigrantes, se acabará delincuencia y crecerá la economía. Pero la ruleta gira y gira, y son casi nulas las veces que te da premio. Más bien, te quita la plata ganada.

Cuando Kast estaba en campaña, habló como si su triunfo fuera para los chilenos ganarse la lotería.  Hizo correr la bolita y gritó “¡apuesten!”. Y la mayoría (+ 8) lo hizo. ¿Por qué? Porque los cariños malos se caracterizan por ser vínculos manipuladores. “Si no apuestas por mí, te vas a perder lo que te ofrezco, que es nada menos que tu salvación”.

Desde luego, también buscan gatillar la culpa, uno de los sentimientos más destructivos en el ser humano. “Me haces daño si no haces esto, si no respondes a mi amor, si no votas por mí”, “yo soy el que sufre si tú no sigues creyendo en mí”. Y desde luego, te hacen dudar de tu realidad, lo que rompe algo clave: la confianza en ti mismo. ¿Cuántos chilenos sin tendencia derechista no dudaron de dar su voto a un candidato de ultraderecha? Era optar por algo extremo. Pero dieron el voto.

Los vínculos poco sanos también generan dependencia. Sientes que el otro te ayuda, pero luego te lo cobra emocionalmente. Te hace sentir incapaz sin su ayuda. Es decir, no busca realmente que crezcas, sino que lo necesites.

¿Por qué enganchamos?

¿Por qué los seres humanos se enganchan tanto en este tipo de vínculos? Porque el cerebro no distingue bien entre amor y sufrimiento si ambos vienen juntos. Es fácil que opere si en la infancia el amor fue inestable. Alguien que te ofrece un mundo idílico te hace sentir cercano, como un “familiar”. Asimismo, mientras más has aguantado, más cuesta salir. También opera la esperanza emocional. “Algún día vamos a estar mejor, vamos a ser un país feliz” …

La trampa más peligrosa es que los “cariños malos” no se presentan con todos sus defectos desde el inicio. Empiezan bien, y eso es lo que confunde: “Pero si este Presidente es tan bueno, promete tantas cosas…”. Después aparecen los golpes, “¿por qué me ahora me hace sufrir tanto con sus decisiones…?”.

Una señal clave para detectar una relación insana es hacerse preguntas de la forma más honesta posible. Como ¿quién soy yo en esta relación?, ¿más libre o pequeño?, ¿más seguro o ansioso?, ¿más yo o menos yo? Hay que recordar que el amor sano expande y que el cariño malo encoge. Y hoy todos están más encogidos por nuevas deudas, más temerosos por una delincuencia que crece por días, más angustiados por un futuro que nadie logra vislumbrar o imaginar…

Es importante tener claro que no todo lo que abraza cuida ni todo el que dice “te quiero” ama. A veces, lo que llamamos amor es solo miedo a estar nuevamente desamparado, especialmente frente a alguien que te necesita débil. El bueno tener claro que el amor sano no te vigila, no te humilla, no te administra, no te cobra obediencia. Y que cuando el cariño exige miedo para existir, ya no es cariño sano: es poder disfrazado de afecto.

Hombres y mujeres

Aterrizándolo a una relación amorosa, ¿quién es más propenso a un “cariño malo”?

Hombres y mujeres corren el mismo riesgo de caer en sus redes. En promedio, los hombres tienden a ejercer más formas de control, dominación, celos coercitivos, agresión (especialmente física o intimidatoria). Las mujeres tienden a ejercer más manipulación emocional, culpa, victimización, control afectivo como retirar cariño o castigar emocionalmente. No son más o menos según el sexo. Son distintos en su forma.

Psicólogos, entre otros John Gottman, han demostrado que las dinámicas destructivas (crítica, desprecio, manipulación) aparecen en ambos géneros pero se expresan de forma diferente. Lo importante es que el fenómeno de los “cariños malos” no es solo de hombres o mujeres, es un problema de dinámica de poder.

 Aparece cuando hay inseguridad emocional, necesidad de control, miedo al abandono, baja autoestima, aprendizaje nefasto previo. El punto incómodo es que socialmente a los hombres se les ha permitido más el control explícito y a las mujeres se les ha socializado más en el control emocional indirecto. Es decir, ambos pueden dañar, pero con herramientas distintas. No es “quién lo hace más”, es quién tiene más poder en la relación. Ahí es donde el cariño se puede transformar en dominación.

En suma, los “cariños malos” tienen intención. Algunos aprietan, otros enredan. Pero todos hacen lo mismo: te alejan de ti mismo mientras te hacen creer que estás recibiendo amor. Son vínculos donde el afecto no libera, sino que encierra.

Salir de un “cariño malo” no es solo una decisión racional. Es un proceso emocional, psicológico y -muchas veces- práctico. No basta con “darse cuenta”. Hay que reordenar la vida. El primer quiebre real ocurre cuando dejas de decir: “tiene sus cosas raras”, “es intenso”, “me quiere a su manera” y empiezas a decir “esta relación me hace daño”. Sin ese enfoque, todo lo demás falla.

También hay que cortar la confusión porque los “cariños malos” viven de ésta. Como momentos buenos que te hacen dudar, recuerdos que se idealizan, promesas de cambio. Hay que ser capaces de ver la relación completa, no solo los momentos idílicos.

Desde luego, hay que reconstruir límites. Como decir “no” sin explicar tanto, no ceder para evitar conflicto. Y salir del aislamiento porque los “cariños malos” suelen aislar. Mas bien, hacer lo contrario. Comunicar, compartir las dudas.

Salir no es lo más difícil. Lo más difícil es no volver. Una señal de que vas bien no es pensar “ya no me importa” sino dejar de negociar contigo mismo lo que sabes que te hace daño.

Al igual que con una droga, del cariño malo se sale con autocontrol, resistiéndose activamente a la tentación. Nunca exponiéndose imprudentemente al daño. O sea, jamás creyéndose otra vez el cuento de un Príncipe como Kast…

 

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