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La condición humana

Los siglos cambian, las modas desaparecen y las tecnologías transforman nuestra forma de vivir. Pero la condición humana permanece sorprendentemente intacta.

Imagen: Monsieur Jourdain, protagonista de "El burgués gentilhombre" de Molière. (Pagina 19/Canva)

 

Jamás pudieron conocerse. Vivieron en épocas y naciones absolutamente distintas. Uno de ellos, sin embargo, habría podido reconocer la grandeza y la universalidad del otro, quien ni siquiera sospechaba que siglos después surgiría alguien capaz de retratar, con igual lucidez, las mismas virtudes y miserias humanas.  

Hablaban idiomas diferentes y pertenecían a culturas distantes. Sin embargo, había algo que los unía desde el genio creativo y los consagró para la eternidad: ambos describieron, con agudeza, maestría e ingenio, la condición humana.

Tanto Molière como Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, basaron buena parte de sus obras inmortales en retratar el intrincado desarrollo de la personalidad humana, con sus grandezas y sus miserias. Lo hicieron sin juzgar ni condenar a sus personajes, salvo por esa inevitable tentación justiciera de procurar que, al menos sobre las tablas del teatro o frente a las cámaras de televisión, la maldad, la codicia, la hipocresía y los abusos terminaran siendo desenmascarados.

Monsieur Jourdain, el inolvidable protagonista de El burgués gentilhombre, representa, al igual que Doña Florinda, al ser humano consumido por el arribismo social. Harpagón, el avaro incapaz de compartir su fortuna, tal como lo hacía Quico con sus juguetes, refleja una mezquindad que trasciende el dinero. Todos estos personajes, creados por Molière en el siglo XVII y por Chespirito en el siglo XX, continúan habitando nuestros barrios, nuestras familias y nuestros lugares de trabajo. Sus conductas siguen siendo perfectamente reconocibles en estos avanzados años del siglo XXI.

La vigencia de ese análisis de la sociedad ha permitido que varios de los arquetipos creados por el dramaturgo francés encuentren nuevas vidas en otros escenarios. En Chile, las teleseries de los años noventa, bajo la dirección de Vicente Sabatini, adaptaron con brillantez muchos de esos modelos humanos. Pedro Chamorro, interpretado por el recordado Luis Alarcón en La Fiera, era, en esencia, un nuevo Monsieur Jourdain: un hombre obsesionado con el refinamiento y el ascenso social. Del mismo modo, Alfredo Castro dio vida a personajes donde la avaricia, la hipocresía o la ambición recordaban inevitablemente a un Harpagón versión chilota —con su célebre «¡tanto derroche!»— o al hipócrita Tartufo, trasladando aquellos conflictos universales a la realidad chilena de comienzos del siglo XX, tanto en Chiloé como en las salitreras nortinas retratadas en Pampa Ilusión.

Todos, de una u otra manera, somos parte de un yo interior que, salvo en casos patológicos, construimos desde una verdad con la que nos enfrentamos cada mañana al despertar. Nos instalamos en lo que somos y en el universo que el destino o nuestras propias decisiones nos han permitido habitar. Desde esa percepción íntima construimos nuestra identidad y damos sentido a nuestras acciones.

La posibilidad de alcanzar un ascenso social, la envidia, el poder seductor del dinero y, con él, la codicia, marcan nuestras vidas como briznas de polvo que pueden sacudirse con facilidad o como verdaderos fantasmas que se aferran a nuestros hombros, atormentándonos o guiándonos por caminos, muchas veces torcidos, empapados de malas decisiones.

Pero el desafío, a mi juicio, no consiste en limitarnos a observar los defectos y las limitaciones de nuestra condición falible. El verdadero desafío es comprender su origen, recorrer los meandros de la historia personal de cada uno de nuestros semejantes y entender las circunstancias que finalmente moldean su condición humana. Solo desde esa comprensión podremos aspirar a mejorar como personas, aunque jamás logremos desprendernos por completo de aquello que nos hace profundamente humanos.

Los siglos cambian, las modas desaparecen y las tecnologías transforman nuestra forma de vivir. Pero la condición humana permanece sorprendentemente intacta. Es precisamente esa capacidad para observar al ser humano lo que convierte tanto a Molière como a Chespirito en autores universales y profundamente humanos. Sus obras trascienden el tiempo porque nunca hablaron realmente de una época, de un país o de una clase social. Hablaron de nosotros, utilizando un lenguaje universal que nos invita a la introspección, alimenta nuestra capacidad de comprender al otro y, sin duda, nos vuelve más empáticos y, con el tiempo, mejores personas.

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