lunes, agosto 31, 2026
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La democracia también se defiende

Crédito Foto: Patricio Muñoz Moreno

Crédito Foto: Patricio Muñoz Moreno

Chile tiene un problema de seguridad. Existe crimen organizado, narcotráfico, nuevas formas de delincuencia y una ciudadanía que vive con miedo. Negarlo sería irresponsable. Pero, precisamente porque el problema es real, debemos tener mucho cuidado con las respuestas que estamos construyendo.

Hoy se nos plantea que, para enfrentar la delincuencia y el crimen organizado, necesitamos ampliar las facultades presidenciales, recurrir con mayor facilidad a los estados de excepción y sacar a las Fuerzas Armadas a las calles.

La pregunta no es si el Estado debe defender a sus ciudadanos y ciudadanas, porque siempre debe hacerlo.

La pregunta es otra: ¿cuánto de nuestra democracia estamos dispuestos a sacrificar en nombre de esa defensa? Porque hay algo que no debemos olvidar: la democracia también necesita ser protegida.

El miedo es una emoción poderosa. Cuando una sociedad siente que está permanentemente amenazada, es comprensible que reclame respuestas rápidas, contundentes y excepcionales. Pero, justamente, en esos momentos es cuando debemos ser más cuidadosos con el ejercicio del poder.

Porque los derechos, las libertades y los contrapesos democráticos no fueron diseñados para existir solamente cuando no hay amenazas. Son, precisamente, más importantes cuando existen amenazas.

No podemos aceptar el argumento de que, porque debemos protegernos de la delincuencia, debemos debilitar la democracia. No podemos asumir que para combatir al narcotráfico tenemos que entregar cada vez más poder al presidente sin suficientes controles. No podemos permitir que la excepción se convierta en la regla.

La historia nos enseña que los totalitarismos y las dictaduras como la de Bukele en El Salvador no siempre comienzan con un golpe de Estado. Muchas veces empiezan cuando una sociedad atemorizada acepta que determinadas libertades pueden suspenderse “por seguridad”, “por protección” o “por una emergencia”.

Hannah Arendt, la gran intelectual alemana, estudió cómo el miedo, la construcción de un enemigo y la sensación permanente de amenaza pueden abrir el camino al deterioro de las instituciones democráticas.

Por eso resulta preocupante escuchar que una medida no puede ser antidemocrática simplemente porque quienes la impulsan fueron elegidos democráticamente.

Ser elegido por las urnas entrega legitimidad para gobernar. No entrega un cheque en blanco para disponer de la democracia.

La democracia no consiste solamente en votar, también significa respetar las instituciones, los derechos fundamentales, la separación de poderes y los límites al ejercicio de la autoridad.

Chile debe combatir con decisión al narcotráfico y al crimen organizado. Debemos fortalecer nuestras policías, nuestra inteligencia, nuestra justicia y nuestra capacidad para perseguir las estructuras criminales. Y cuando sea necesario, debemos utilizar todos los instrumentos que el Estado democrático dispone para proteger a sus ciudadanos.

Pero hay una línea que no debemos cruzar: no podemos combatir a quienes amenazan nuestra democracia destruyendo aquello que estamos tratando de defender.

La seguridad y la democracia no son adversarias. Una democracia fuerte debe ser capaz de proteger a la ciudadanía sin renunciar a sus principios.

Porque al final, la pregunta no es solamente cómo nos defendemos de la delincuencia. También debemos preguntarnos: ¿cómo defendemos nuestra democracia mientras habitamos en ella? Y la respuesta debe ser clara: con más Estado, más justicia, más inteligencia y más seguridad; nunca con menos democracia.