El aislamiento y el encierro han sido políticas que tienen una existencia más que milenaria. Lo hicieron los antiguos y los medievales, no exclusivamente con quienes transgredían la ley, sino y, sobre todo, con los leprosos y los locos. Estos últimos tuvieron por mucho tiempo antes que una condición clínica, una “mágica” y su encierro no tuvo el propósito de “curar” una enfermedad de la cual el clasicismo no tenía conciencia, sino combatir la mendicidad y el ocio, como fuente de todos los desordenes. Era el propósito, por ejemplo, del Hospital General de París, fundado en 1656.

La cultura de la “sinrazón” no solo contemplaba a estos locos -hoy clasificados en diversas patologías mentales- poseídos por un extraño “furor”, sino que también a los libertinos, depravados y homosexuales, cuyo destino no era otro que el encierro. Para los delincuentes comunes la política del castigo en el cuerpo, para los de la “sin razón” el encierro.

El tránsito de una “sociedad penal”, cuyo signo era el castigo sobre el cuerpo de los condenados, y que expresaba el poder del Rey -a través de tecnologías de tortura pública-, a una “sociedad disciplinaria” -o una sociedad panóptica- institucionaliza el encierro como forma generalizada para todo tipo de “delito”, y como mecanismo prácticamente exclusivo de ortopedia social. No es extraño que el encierro sea el signo de las sociedades que vivimos, cuando la “libertad” surge como segundo valor después de la vida. En la dialéctica hegeliana, cuando se enfrentan los deseos del amo y del esclavo, gana el amo, porque en el esclavo pesa más la vida, que su deseo de libertad.

Y como, se asume, la vida está a salvaguardada en la ley y se han abolido las penas de muerte en una buena parte de los países occidentales, entonces el encierro se yergue como el castigo generalizado de nuestra sociedad, y como la máxima expresión de la sociedad panóptica.

Esta es la razón por la cual Michel Foucault plantea que este sería el tránsito de la anatomopolítica del cuerpo a la bio-política de la población.

Y en esta última situación es que vivimos la llamada cuarentena producto de la pandemia COVID-19, que se desarrolla en todo el planeta. Por miedo, por seguridad, por necesidad económica, o por una razón sanitaria, el hecho es que la sociedad se encerró. Ahora si, entonces, el sistema llega a un punto culmine de su desarrollo: se comenzará a realizar una ortopedia social generalizada desde el encierro. Somos, nos guste o no, productos y experimentos de la propia sociedad panóptica. Estamos encerrados, y vivimos el encierro como un castigo, pero no sabemos quien nos vigila. Vivimos en nuestras casas-celdas como en la torre del panóptico.

De todos modos, tenemos una salida. El encierro se vive como castigo, porque lo que se pierde es la libertad, pero en sentido existencial, la libertad nunca se ha perdido. No estamos condenados al encierro, sino a la libertad, diría Sartre. Siempre tengo opciones al momento de hacer uso de mi libertad: puedo evitar el encierro, pero decido, a su vez, que me tomen detenido, o decido contagiarme. La libertad es decidir, y cuando decido soy enteramente responsable de dicha decisión, y de las consecuencias de la misma.

No creo que el encierro vaya a producir, necesariamente, mejores o peores personas. Ni tampoco me parece que, una vez acabada la primera fase de este largo proceso, surja del confinamiento una nueva sociedad basada en nobles valores, ni ciudadanos ejemplares cargados de virtudes civiles. Michel Houellebecq, escritor francés, lo ha señalado con mayor precisión y crudeza.

El sistema dará, eso sí, legitimidad a una nueva fase de normalización -mas no así a una nueva normalidad-, cuyo propósito principal es mantener y preservar el orden establecido. Dicho de otro modo, la pandemia cayó como anillo al dedo del sistema y la primera víctima que cobró fue el movimiento social de octubre, que sí prometía una nueva normalidad.

Y el sistema mantiene sus herramientas. Estamos sometidos a una bio-política de la población que no tiene ningún tipo de límite: las encuestas políticas, el censo, el registro en instituciones financieras, el registro médico, el control de la natalidad, la distribución de las viviendas y, sobre todo, la información de nuestras redes sociales que se distribuye, con acelerada velocidad, por todo tipo de instituciones.

Y no es paradójico, pero nunca me sentí tan libre como cuando estuve en el encierro.