
Economista, Instituto Igualdad
La monarquía en estos tiempos actúa como los monopolios en el mercado. Ese parece ser el mecanismo que estamos observando al ver desaparecer todas las virtudes del mercado y del capitalismo clásico. Esta monarquía absolutista está rompiendo la competencia y penetrando el mercado con el poder de la fuerza bruta si fuese necesario, fijando las condiciones para que gane el monarca.
Trump ha tenido el atrevimiento de romper con las reglas del mercado e imponer las suyas que nadie puede asegurar que irán en una dirección civilizatoria. Solo vemos que se rodea de la oligarquía tecnológica y militar para imponer el temor a otros países de perder su soberanía y sus recursos si no se someten a su dominio imperial.
Este monarca pertenece a la cepa más peligrosa que ha tenido la humanidad al no reconocer normas ni principios universales que han permitido la sobrevivencia de la humanidad y declarar que lo único que vale en esa materia para él es su mente y su propia moral.
Estamos en presencia de un mundo que está funcionando de acuerdo con lo que piensa un empresario inmobiliario de escasa materia gris aplicada al bienestar humano que presume un alto CI para actuar con una audacia demencial ilimitada.
Tiene al mundo perplejo e inmovilizado. Pareciera que se nos hubiera congelado la capacidad de asombro y reacción ante la monstruosidad del poder ejercido por una sola persona que cree que por haber sido elegido presidente de su país – por grande y fuerte que crea que es – tiene la potestad y autoridad para paralizar al mundo y aterrorizar con su poder militar a cualquier país para apoderarse de su territorio sin considerar la soberanía de sus pueblos. Qué diferencia a los narcotraficantes por sus crímenes con los que asesinan a quienes se les acusa de terroristas sin dar cuenta de las víctimas, sin pruebas de sus delitos e ignorando sus derechos.
Esto nos retrotrae a la historia de la barbarie donde personajes dotados de poder y fuerza militar han conquistado continentes y doblegado a su gente para que acepten una nueva cultura y olviden la suya con prepotencia y amenazas.
¿Qué cuentas saca este personaje que ha desafiado al mundo a someterse a sus caprichos y reglas propias? ¿Es acaso su pobre mirada del mundo al verlo como un inmenso mercado inmobiliario que puede administrarlo para su enfermizo ego con el poder de las armas más destructivas y letales que posee su país?
Sin embargo, Trump está consciente de que el imperio americano se sostiene cada vez con más riesgos de ser desplazado. Su personalidad contribuye a darle dramatismo y alentar el quiebre del status quo mundial para no caer al precipicio e intentar salvar a EEUU con su vetusto proyecto imaginario de América Primero y la doctrina Monroe o, ahora, más atrevida y letal que lleva su nombre, denominada “Donroe”.
Para Trump la democracia es un estorbo, las normas de respetuosa convivencia son innecesarias, las reglas del comercio internacional un peligro para sus intereses, la ONU un drenaje para sus finanzas y un muro para sus pretensiones imperialistas.
Si este personaje tuviera donde aterrizar con el confort que acostumbra y dominar al mundo desde otro planeta, lo haría. No le interesa la humanidad ni menos sus necesidades y padecimientos, lo ha demostrado en Gaza, en Ucrania, en Venezuela, donde ha visto la reconstrucción de esos territorios como un gran negocio inmobiliario, la posibilidad de extraer y explotar petróleo, oro, tierras raras y otros recursos.
El hemisferio imaginario de Trump es el Occidente moribundo -según él – que lo quiere como su propio imperio. Su propósito, unir los polos de la tierra y quedarse con la mitad del planeta, lejos de Rusia y China.
¿EEUU tiene espaldas para sostener la nueva doctrina «Donroe»? ¿Es esperable que la pera caiga de madura? ¿A qué apuestan las potencias militares como China y Rusia antes de responder a las provocaciones de Trump?
Desde el cambio – de futuro incierto – en el comercio internacional generado por Trump y su impacto en las economías para absorber los costos de los aranceles y los ajustes en la cadena de suministro, los países se han visto obligados además a añadir un mayor gasto militar para enfrentar las consecuencias de un posible conflicto bélico a gran escala. Todo esto, ojalá, pueda servir para influir en la gobernanza del mundo que detenga cualquier aventura con esas características.
La reacción de la población de EEUU y de los países afectados está por verse en la política internacional. Los países en conflicto que temen una guerra global tendrán que definir una estrategia que impida ese desastre mundial. EEUU está sobre un volcán que puede explotar y con ello definitivamente su imperio terminaría de la peor manera. Lo ha dicho su propio presidente, que teme su destitución si cambia la correlación de fuerzas en el Congreso de su país, especialmente, tras la elección de midterm que pueda dar lugar a un impeachment definitivo.
El caso de Venezuela nos arroja información para prever algo del futuro de AL y el Caribe. Muchos países se sienten amenazados y han sido nombrados sin descaro por Trump como los próximos. A Maduro se le comparó y trató como a Noriega y eso ha quedado instalado mientras no se presenten pruebas concretas. Trump hasta ahora lleva las de ganar, especialmente, con su política zigzagueántemente pragmática con el gobierno actual de Venezuela y con el resto del mundo. En algún momento, cuando se enfrenten los intereses y necesidades reales de las partes, podremos ver el desenlace de esta tragedia.
Entonces, surge la pregunta si sólo queda esperar porque creemos que a Trump se le acabará el tiempo o es imprescindible hacer los máximos esfuerzos para detener su diabólico plan que hace de EEUU la monarquía absoluta más destructiva del siglo XXI.





