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La política coaptada por la economía

La economía en estos tiempos se nos aparece como un meta sistema que se rige por leyes propias con una complejidad creciente. En cierta forma, eso es así si se considera que el sistema capitalista se instaló en casi todo el orbe y hace bastante tiempo que mantiene y acrecienta su dominio.

La evolución del sistema capitalista nos lleva a admitir que no solo su expansión se produjo en el ámbito de la producción de bienes y servicios, también se ha ido desarrollando un potente mercado financiero que funciona en conexión al mundo productivo y también al mundo político, en tanto, este mercado obedece a señales de muy corto plazo que se producen en todos los ambientes y círculos sociopolíticos con dinámicas impredecibles

La economía de las finanzas tiene alcance mundial y los valores, acciones y monedas que confluyen en ese mercado opera tanto representando en parte a un mundo real de actividad productiva como también a un creciente excedente de capital que no se reinvierte en esas actividades, sino que busca ganancias en la especulación. especialmente, en la imparable economía digital, durante las 24 horas, todo el tiempo.

El valor de las acciones, bonos, divisas y criptomonedas están en constante cambio y ajuste y su comportamiento se ha transformado en una poderosa (pero también engañosa) señal del estado de salud de la economía en todo el mundo. El valor del dinero que manejan los bancos centrales está en constante ajuste, a través de la tasa de interés que las van acomodando y orientando según afecte el crecimiento de la economía o el comportamiento del sistema de precios por la inflación.

El aspecto monolítico y la supuesta estabilidad que exhibe la economía con el marketing que resalta su capacidad productiva no se compadece con la fragilidad y volatilidad que presenta el mercado de capitales y en especial los mercados bursátiles. En efecto, los ciclos económicos ocurren cada diez u ocho años, sin embargo, la variabilidad de los precios en el mercado de valores es permanente. Mientras en el ámbito productivo se dan saltos importantes con las revoluciones tecnológicas, descubrimientos e invenciones, que pueden tardar en incorporarse a las estructuras y funcionamiento de las empresas, en los mercados financieros se producen cambios instantáneos o alteraciones que se acomodan con más rapidez.

Cuando los gobiernos intentan intervenir en la economía, aun cuando sea para corregir lo que los mercados no han logrado en sus dinámicas de ajuste, comienza a producirse el conflicto en la política. En este momento se inicia otro proceso, en que la política económica del gobierno puede alterar mecanismos que operan en la economía y que pueden conducir a un nuevo escenario o a un nuevo punto de equilibrio.

Qué señalan algunos economistas respecto a esa intervención del gobierno. En un extremo dicen que toda intervención al mercado produce finalmente desequilibrios, lo que no contribuye ni asegura que – de forma natural y espontánea haría el mercado – se ajuste con éxito lo que quiere lograr el gobierno por la vía administrativa. Esta discusión es una cuestión permanente en política, es decir, hasta donde el estado a través del gobierno puede llegar a intervenir en los mercados. La pregunta de otros economistas es hasta cuándo es posible esperar el ajuste invisible y natural de los mercados para resolver problemas que pueden estar afectando a toda una población.

La economía política es un campo abandonado por casi todos los partidos políticos. Se ha confundido con la teoría dominante de la economía, que para Chile ha sido el modelo neoliberal, doctrina que ha sido aceptada como válida para responder a los problemas económicos y sociales del país. Como consecuencia, tras décadas de su implementación, no se ve prosperidad estable ni un reparto justo de la riqueza, quedando el país expuesto permanentemente a las limitaciones que establece el dogma neoliberal de que las intervenciones del gobierno en la economía no son la solución.

Así, la fijación de precios y tarifas, el cobro de impuestos, la fijación de salarios mínimos, la regulación de los monopolios, la fijación de aranceles,  etc., son materias en las que la discusión política se entrampa y quienes no las aceptan no tienen respuesta para resolver problemas como el desempleo, la baja productividad, la precariedad laboral, problemas que pueden conducir a una inestabilidad social que haga incluso más dolorosa la espera hasta que los mercados reaccionen por su propia dinámica, si es que fueran capaces de resolverlos.

La respuesta neoliberal es que solo a través del crecimiento de la economía y la reducción del gasto fiscal se puede alcanzar una solución técnicamente correcta y que lo otro es intervenir ideológica y políticamente, sin resultados. O sea, la mejor solución es la no intervención del gobierno con un estado mínimo y pasivo. Y, en el intertanto, la situación del país debe esperar en orden, con represión si fuera necesario, mientras se acomodan los mercados hasta alcanzar el crecimiento que mejore la situación económica y social de la población. Ahora, si se quiere dar más velocidad al proceso, se pide al gobierno (al que se le niegan los recursos) estimular la inversión con menos impuestos, menos regulaciones, más permisividad, con menos participación sindical y tasas de interés bajas para los préstamos y ojalá con garantía del estado.

Como podemos advertir, este es un mundo coaptado por la economía. Más específicamente, por el poder económico de una élite, capaz de influir en todos los ámbitos incluyendo el político para incorporar en su modelo ideológico todo aquello que sea funcional a un desarrollo con crecimiento focalizado en sus intereses económicos, sin darle lugar al estado para lograr distribuir mejor la riqueza, el bienestar, el progreso para todos los habitantes del país.

La política tiene pendiente la tarea de incorporar como cuestión fundamental en su relato la migración a un nuevo modelo de desarrollo, tal que, no se considere ideológico, ni incorrecto, ni técnicamente inviable un crecimiento compatible con un desarrollo sustentable, justo y respetuoso con el medio ambiente. Este cambio de paradigma obliga a poner primero los objetivos y metas del desarrollo para luego definir las políticas económicas y sociales asociadas y desde ese modelo elegir los instrumentos y medios más apropiados para lograr las transformaciones que necesita el país para dar un salto de verdad.

Otra sería la fuerza con que los partidos progresistas podrían lograr los cambios si de una vez se sacudieran las ataduras ideológicas que por años han impedido permear a la sociedad de más oportunidades de acceso a la movilidad social, al progreso y al bienestar de la mayoría de la población. Esto no es gratis, está el costo de atreverse a explicar a la ciudadanía con claridad lo que no ha logrado el modelo económico actual liderado por la élite económico-política y en qué punto se produce el quiebre, la ruptura y el término del diálogo político que tiene al país dividido y sin un proyecto de consenso amplio para enfrentar el futuro.

 

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