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¿Le bajó la aguja al estanque de Kast?

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En menos de 15 días se le acabó la “luna de miel” al presidente de Chile. Debut y despedida. Las últimas encuestas mostraron mayor rechazo que aprobación -signo inequívoco del fin del periodo de gracia con que cuentan los nuevos mandatarios al inicio de su gobierno- luego de una serie de medidas impopulares, siendo la peor de todo el fin del MEPCO y la consecuente brutal alza de la bencina y el diesel, salvándose la parafina del aumento de precio mientras dure el invierno.

Y empezaron las manifestaciones populares. Caceroleos, marchas estudiantiles, visita de alcaldes a La Moneda, manifestando su rechazo. Ambiente tenso. Noticieros de la televisión partiendo ya no con crímenes y portonazos (que no han parado) sino con inmensas filas de autos echando bencina y conductores indignados (la suscrita fue a poner bencina a las 2 de la mañana pensando que no habría cola…).

La cosa es con guitarra. Y ahora es cuando se verá si los cantores sabían guitarrear. Por lo pronto, parece que no alcanzaron a tomar las clases necesarias. Especialmente un “asesor” del segundo piso que se lanzó una minuta incendiaria donde decretó que Chile estaba “quebrado”. Hasta el ministro de Hacienda salió a enmendarle la plana, y el señor Valenzuela tuvo que recular y admitir su error.

Los errores comunicacionales se pagan caro. Y muchas veces, eso no lo entienden los gobernantes. Si las autoridades parecen frías y distantes y explican sus medidas con tecnicismos, o minimizan el malestar o culpan al gobierno anterior, refuerzan la rabia. Lo que espera la ciudadanía es reconocimiento del dolor, empatía y y sentido de propósito. No solo “explicaciones”.

Faltan 15 días para que se cumpla un mes de gobierno y a este mandatario ya le dicen “catrasca” (cagada tras cagada…).

Cuestión de estilos

¿Cómo enfrenta un presidente cómo José Antonio Kast un escenario como el actual? ¿Puede salir libre de polvo y paja del embrollo? Vamos analizando.

Como hemos dicho en otras columnas, cada vez las “lunas de miel” son más frágiles y la de Kast no alcanzo a durar ni 15 días. La pérdida tan rápida de apoyo se debe, en principio, a que combinó medidas impopulares con mal manejo emocional del contexto político. No es solo lo que está haciendo sino cómo la gente está percibiendo y sintiendo las medidas que ha adoptado.

En menos de un mes subió los precios de los combustibles, eliminó beneficios sociales, aplicó medidas duras sin gradualidad. Ello inevitablemente lleva a un quiebre de las expectativas. La ciudadanía no evalúa solo las medidas, evalúa si “esto era lo que esperaba” del gobierno por el que voté. Es decir, Kast cometió un error típico: gobernar como si ya llevara 2 años, cuando lleva 3 semanas.

Analizado desde la psicología social, hay que recordar que las personas no reaccionan solo a cifras económicas, reaccionan a la sensación de pérdida, al miedo al futuro, a la percepción de injusticia. Como lo dijera el economista Daniel Kahneman, ganador del Premio Nobel 2002, “las pérdidas pesan más que las ganancias”. De modo que, aunque la medida sea técnicamente correcta, el rechazo es inmediato y desproporcionado si la gente siente que perdió algo.

También hay un efecto acumulativo. Una serie de pequeñas molestias generan un gran malestar. Los gobiernos no se desgastan o caen en picada por una sola medida, lo hacen por la acumulación rápida de irritaciones. Y, por cierto, las declaraciones poco empáticas y la sensación de desconexión que ve la ciudadanía de parte de las autoridades. Eso genera muy rápido la percepción de “este gobierno no entiende a la gente”. Y eso puede ser letal.

Hay otro factor que influye en la reacción del país y que no es menor tampoco. Se trata del recuerdo del estallido social. Después de esa imborrable experiencia, hubo un cambio profundo en el país, generándose una mayor sensibilidad a las desigualdades, intolerancia a los abusos, reacción rápida ante alzas de precios. Después de octubre de 2019, Chile es un país con umbral emocional mucho más bajo para el conflicto. Lo que antes era aguantable, hoy puede detonar una crisis en días.

Según la psicología social, ha habido un error estratégico de fondo en la gestión inicial del actual gobierno. Según este análisis, el problema no es tomar medidas impopulares sino tomarlas demasiado rápido, sin amortiguación política ni emocional. “Un gobierno hábil prepara el terreno, instala el relato, reparte costos en el tiempo y compensa a los más afectados”. Un gobierno puede perder muy rápidamente su apoyo no porque la gente “no entienda” sino porque siente que pierde, que no fue escuchada y que el poder decidió sin ella. Y cuando esa sensación aparece en el primer mes, la luna de miel simplemente no existe.

Y la pregunta que surge es si, de verdad, la gente no entiende las medidas, ¿o es el poder el que no entiende a la gente? Cuando sube la bencina, la rabia es inmediata, aunque te digan que es “necesaria el alza”, como han venido machacando en minutas gubernamentales que se han filtrado por doquier.  De modo que gobernar no es solo tomar decisiones, sino hacerse cargo de lo que esas decisiones provocan o pueden provocar al mediano y largo plazo.

Si pensamos en la personalidad de Kast, es probable que siga tomando decisiones como si la opinión o las emociones de la gente no importaran. O que piense que basta con explicar las medidas para la gente las acepte. El problema es que la gente empieza a cansarse de que siempre sean los de a pie los que paguen las consecuencias. Porque ven que los que mandan minimizan, justifican y siguen como si nada. Hasta que un día, estalla la chispa y se incendia la pradera. Los estallidos no empiezan en la calle, empiezan cuando el poder deja de escuchar.

Bambú o vidrio

Si seguimos pensando en el estilo de Kast, es importante preguntarse si intentará mantenerlo -con esa conocida rigidez y dogmatismo que lo caracterizan- o si intentara adaptarse a las circunstancias. No necesariamente “cambiar de personalidad”, pero sí modular su forma de gobernar, que ha construido sobre una baja disposición a ceder. Esto funciona bien para ganar apoyo, pero gobernar es otra cosa. Gobernar exige administrar conflictos, no solo marcar posiciones; es administrar tensiones que no desaparecen, aunque uno quiera ignorarlas.

Si Kast mantiene su estilo rígido, refuerza a su fanaticada pero puede ampliar el rechazo en sectores moderados. En la práctica, puede asumir el alto riesgo de mantener su estilo porque considera que ello es señal de fuerza y coherencia, ya que consolida a sus votantes más duros. Sin embargo, ello le puede generar aislamiento político, conflictos con el Congreso, aumento del malestar social. Es el costo de “gobernar para los propios”.

O puede asumir el costo político interno, y ajustar su estilo dogmático, abriéndose al diálogo, la gradualidad, la negociación, bajando el tono confrontacional. El riesgo, en este caso, es que su base diga que “se ablandó”.

Este tema, desde luego, no es solo político. Es psicológico, y en este ámbito se juega todo ya que un líder como Kast tiende a ver la flexibilidad como debilidad y el conflicto como algo que se enfrenta, no que se gestiona. Pero al gobernar, ocurre algo distinto. La rigidez que da identidad puede transformarse en el principal límite del poder.

De qué madera está hecho un líder se ve cuando aparecen los primeros conflictos. Ahí se ve si es como el bambú, que se dobla sin romperse, o como el vidrio, que simplemente se quiebra. Hay que pensar también que no se trata solo de si puede mantener su estilo sino de si el país se lo va a permitir.

Pero aquí surge una nueva pregunta. ¿Puede un líder construido sobre convicciones tan férreas flexibilizarse sin sentir que se traiciona? Aquí aparece lo que en psicología política se denomina la “trampa de coherencia”.  Es decir, el líder queda atrapado en la necesidad de ser fiel a sí mismo, incluso cuando la realidad exige otra cosa.

El punto es que el poder no premia la pureza, premia la eficacia. En campaña, la coherencia es un valor. Al gobernar, es vista como rigidez. Gobernar no es sostener una identidad; es sostener un sistema lleno de actores, intereses y emociones cruzadas.

El poder es para sostener equilibrios. El buen líder no se juega en los discursos sino en los momentos de presión. Ahí es donde decide si se aferra a su forma de ver el mundo, o incorpora lo que el mundo le está diciendo. En política, como en la vida, no siempre gana el que tiene razón, gana el que logra sostener el vínculo con la realidad. Y ese vínculo —más que ideológico— es profundamente psicológico.

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