Periodista y Psicóloga.
¡La última del presidente Kast! Su Ministerio de Hacienda ha planteado eliminar el Mecanismo de Estabilización de los Combustibles (MEPCO) o mantenerlo solo para la parafina y el transporte público. El gobierno ha ido más lejos incluso. Ha dicho que la modificación podría hacerse por vía administrativa, es decir por decreto y no necesariamente por ley.
Como motivo central de la medida, aluden al costo fiscal. Sostienen que el MEPCO es muy caro para el Estado y que se vuelve insostenible con el petróleo al alza a raíz de la guerra que se le ocurrió iniciar a Trump y su socio Netanyahu en el Medio Oriente. Hablan de costos de miles de millones de dólares si se mantiene. O sea, el mensaje es “no hay plata para seguir amortiguando el precio”.
Respecto de opciones menos radicales, anuncian aumentar el tope de alza semanal -$30 a más-, cambiar la frecuencia de ajustes, reducir el nivel del subsidio. Es decir, aunque no se elimine el MEPCO, igual los combustibles subirían en forma desmedida. Los efectos muy concretos —y visibles— se verían en forma dramática en la vida cotidiana sintiéndose rápidamente en los bolsillos de la población.
El MEPCO hoy amortigua las subidas del petróleo internacional. Sin él, los precios de la bencina subirían de golpe y se podrían ver aumentos de $50 o $100 o más por litro en pocas semanas. Llenar el estanque del vehículo sería impredecible y, sin MEPCO, podría costar $10.000 o más.
Desde luego, el transporte público sería más caro al igual que aplicaciones como Uber, Cabiby y otras si la gasolina subiera entre $300 a $350 por litro y el diésel, hasta más de $400 por litro. La parafina también se iría a las nubes. Ya la semana pasada estaba más cara que la bencina y el diésel, a casi $1.500 el litro.
La eliminación del MEPCO impacta directamente en la inflación. Se habla que se podria llegar hasta un 4% de alza. En un efecto dominó, subirían los alimentos, el transporte y todos los servicios asociados al petróleo. Por ejemplo, el kilo de pan, las verduras o el gas podrían subir en cadena, aunque el problema parta en el petróleo. En suma, el sueldo perdería su poder de compra y aumentaría la sensación de “la plata no alcanza”.
Precio psicológico
Analizando el tema desde la psicología social, el precio de la bencina es un precio “psicológico”. Esto quiere decir que cuando sube mucho, genera irritación inmediata y puede gatillar protestas o presión política.
En nuestro país, históricamente, los combustibles son un detonante social importante porque producen cambios en decisiones cotidianas. Las personas deben empezar a ajustar su vida, usar menos el auto, cambiar hábitos de consumo, a postergar viajes, buscar alternativas más baratas. Es decir, eliminar el MEPCO significa pasar de un sistema que suaviza los golpes a uno donde el precio internacional te pega directo en la cara.
El tema es mucho más profundo de lo que parece. El precio de la bencina en Chile no es solo economía: es psicología colectiva, memoria histórica y percepción de justicia. No todas las alzas de precios generan la misma reacción emocional. La bencina es un precio visible, repetido y cotidiano. Está en letreros gigantes en la calle. Cambia todas las semanas. Genera comentarios tales como “ya subió otra vez”. Es decir, se ha convertido en un termómetro emocional del país. Aunque el alza sea pequeña, se siente grande.
¿Por qué ocurre ello? Primero, por la sensación de abuso que genera. La gente no percibe el precio como técnico, sino como “decisión de alguien” y entonces aparece la idea de que “nos están cobrando de más”, “las empresas ganan demasiado”, “el Estado no hace nada”. O sea, se activa lo que en psicología social se llama percepción de injusticia distributiva. Y eso pesa más que los datos reales.
También gatilla la memoria histórica, y hace a la gente remontarse al año 2019 cuando el alza de $30 en el Metro generó el Estallido Social del 18 de octubre de ese año. El precio del combustible fue un detonante.
Como el transporte es parte de la vida diaria de todos, cuando suben las tarifas, el cerebro colectivo aprende que “cuando sube el movilizarse, algo anda mal”. Y también se genera un efecto dominó mental: “todo va a subir”. Y aunque no todo suba inmediatamente, la gente anticipa inflación, cambia expectativas, se instala la ansiedad económica. Como lo señalara el economista Daniel Kahneman, no reaccionamos a la realidad, reaccionamos a lo que creemos que va a pasar.
Asimismo, un alza de del combustible golpea la sensación de control personal, lo que es un punto es clave. Porque no puedes evitar cargar bencina si trabajas lejos, no puedes negociar el precio, no tienes alternativa inmediata. Y ello gatilla la sensación de “no tengo control sobre mi propia vida económica”, lo que genera frustración profunda (más que otros gastos).
Por otro lado, el alza de los combustibles afecta al grupo más sensible de la ciudadanía: la clase media. Las familias de este segmento tienen auto (a diferencia de sectores más vulnerables) pero no tienen suficiente ingreso para absorber alzas. El resultado es que se sienten castigados por ambos lados. Y hay que tener en cuenta que este grupo socioeconómico es clave porque define elecciones, amplifica el malestar social y marca la agenda pública.
Pensando en la variable psicológica de estos fenómenos económicos, hay que tener en cuenta que el combustible es una metáfora del país. La bencina deja de ser bencina y pasa a representar costo de la vida, abuso económico, desigualdad, distancia entre élites y ciudadanía. Ern suma, es un símbolo emocional condensado. En Chile no estamos encadenados a la bencina. Estamos encadenados a la vida que construimos alrededor de ella.
En este contexto, el MEPCO es psicológicamente tan importante porque, más allá de lo económico, cumple un rol invisible al reducir la velocidad del cambio (lo que calma la ansiedad). También hace que el sistema parezca más “justo” y evita shocks que activen el enojo colectivo. En el fondo, es un amortiguador emocional del país.
El problema no es solo cuánto sube la bencina sino lo que la gente siente que significa esa alza. Porque en Chile, cada vez que sube el combustible, no solo sube un precio: sube la sensación de abuso, de incertidumbre y de que el sistema no está funcionando para todos.
¿ué pasa cuando el país empieza a hastiarse? Lo vimos el 2019…
Cuando ya no sirve la manipulación
Sabemos que la población esta manipulada. Para votar por un gobierno que no la convencía, para aceptar que en una fiesta de cambio de mando se gasten mas de 700 millones de pesos mientras se les decía que el “se caía a pedazos”, para tantas cosas que han empezado a anunciarse y a concretarse día a día.
Pero hay que tener claro que no se puede manipular a la ciudadanía siempre. La manipulación puede funcionar por un tiempo y cuando se apunta a emociones fuertes, como el miedo. Cuando hay polarización social, control del relato y la creencia de que no hay alternativas creíbles.
Pero la manipulación tiene un límite: cuando la experiencia cotidiana contradice demasiado el discurso oficial, la propaganda pierde eficacia y empieza a producir cinismo, rabia o desobediencia. Es lo que podemos empezar a ver justamente si se eliminara el MEPCO y la gente viera drástica y dramáticamente afectada su vida diaria por el alza de precios.
La investigación social sobre manipulación informativa muestra que la manipulación suele combinarse con concesiones, reformas o alivios materiales, porque el relato por sí solo no basta para sostener la estabilidad y el “tragarse los sapos”,
La gente no se moviliza solo porque sufra, sino cuando empieza a creer tres cosas al mismo tiempo: que la situación es injusta, que otros también lo ven, y que actuar podría servir de algo. La libertad de expresión y la circulación de información importan mucho porque convierten malestares dispersos en “conocimiento compartido”. Las personas dejan de sentirse solas y entienden que el descontento es colectivo. Ahí la manipulación empieza a romperse.
Un estallido no se evita con una cifra mágica de inflación o desempleo y puede producirse cuando se quiebra la legitimidad. Mientras una parte relevante de la población sienta que el sistema, aunque imperfecto, todavía responde, escucha o corrige, el malestar puede contenerse. Pero cuando se instala la percepción de abuso persistente, desigualdad injusta, impunidad de las élites y desconexión entre discurso y realidad, el riesgo sube mucho.
Los gobiernos no evitan estallidos solo convenciendo. Los evitan manteniendo un mínimo de credibilidad y de percepción de justicia. La ciudadanía puede tolerar sacrificios, pero lo hace más fácilmente si ve reglas compartidas, costos repartidos y alguna esperanza de mejora. Pero cuando siente que siempre pagan los mismos y deciden los mismos, la tolerancia se agota.
En términos psicológicos, el límite llega cuando la ciudadanía pasa de la adaptación resignada a la humillación consciente. Mientras la persona dice “hay que aguantar”, el sistema sobrevive. Cuando empieza a decir “nos están viendo la cara”, cambia el clima emocional. Y cuando además cree que protestar puede tener efecto, el riesgo de estallido deja de ser teórico.
En suma, la manipulación dura mientras logra organizar el miedo; se quiebra cuando la realidad organiza la rabia.
Es de esperar que el flamante gobierno de José Antonio Kast no haga sentir a los chilenos que les están “viendo la cara” y también que los chilenos se acuerden que uno es huevón solo hasta las 12 del día…
