La muerte se hizo presente en el asfalto de Lo Espejo, dura, fría, silenciosa. Colmando de dolor a una familia y a una hija.

En la intersección de las calles Balmaceda con Lo Sierra, comuna de Lo Espejo, la mañana del 25 de mayo pasado, Juan Vega, mecánico de profesión de 49 años y con un pequeño taller, se desplomó al suelo a la espera que llegara una ambulancia. Mientras que, por televisión, se ve día a día una repetición incesante con los mismos personajes, imágenes y discursos repetidos con números, cifras resultados y cantidades vacías para una gran mayoría.

Para muchos esa cifra representa un padre, hermano, hijo, amiga, mamá, abuelo, papá que se va, sin despedida, sin adiós y en absoluta soledad. La muerte es ingrata e injusta en el covid19, muchas vidas quebradas, destruidas a pedazos por la pandemia.

Seguimos encerrados, con miedo y hambre. Naturalizando la muerte y el dolor como parte de la vida que nos toca, la “nueva normalidad” que le llaman las autoridades. Los muertos transformados en cifras, los contagiados en números y sigue aumentando la curva día a día. Encerrarse es la consigna para la voz oficial del gobierno.

Muchos tienen hambre, las ollas comunes se toman Santiago como una respuesta al problema que se produce aquí y ahora. La “guata de Luchín”, emblemático personaje de la canción de Víctor Jara, se hace presente en cada población de Santiago Poniente, luce sucio y hambriento y tiene un abuelo con el que vive el hambre y el hacinamiento que el ministro Mañalich reconoce, desconocía en su magnitud y alcance.

Ahí están los ancianos y niños que no pueden salir de la miseria que los tiene sumergidos en un sistema injusto e indigno que ya había explotado el 18 octubre de 2019. Un escenario al que nadie prestó oídos o sensibilidad. La primera línea que salió a la calle a luchar por la dignidad de abuelos y niños sigue juntando rabia, y ahora trabaja y descarga su rabia apoyando a las ollas comunes.

La rabia se va juntando en los bolsones de pobreza que hay en la Región Metropolitana. Con la pandemia y posterior cuarentena quedó al desnudo la precariedad laboral de muchos y que las autoridades siguen sin ver. No hay Estado dicen algunos. Y claro, que no lo hay cuando la respuesta al hambre es una caja valorizada en 30 mil pesos. Y, que, va acompañada de una Go Pro, mucho flash y autoridades con vistosas chaquetas rojas, con desagrado disimulo al ver de cerca la pobreza, entregando la ayuda como si fuera una dádiva. Pero no, es pagada con los impuestos de todas y todos, un tremendo despliegue mediático, que da pudor, para decirle a los más pobres y vulnerables acá estamos.

Qué sabe…

Pero ¿qué sabe de pobreza una autoridad que vive y viene de la cota mil?, ¿qué sabe de parar la olla con mil pesos diarios, de vivir del fiado, de vender sopaipillas en la esquina de la población para parar la olla, qué sabe la autoridad de tener un hijo postrado y vivir de la pensión de gracia y que las vecinas le regalen un platito de comida a la señora Juanita en Lo Espejo?. ¿Qué saben de andar como ganado en el transantiago, si todos ellos usan auto, que saben de hacer un transbordo en transporte público en hora punta?

Las sirenas de las ambulancias se hacen sentir a cada hora de forma incesante, en las afueras de los centros hospitalarios hacen una larga fila a la espera de ingresar, “uno más con covid -19”, dice el paramédico. hay que estabilizarlo, tiene que esperar en el interior de una ambulancia, es un hombre de unos 50 años, la dificultad respiratoria se repite una y otra vez. Puede ser tu abuelo, tío, amigo o un esposo.

Una vuelta por los centros hospitalarios y la imagen se repite una y otra vez.

Es el día a día de los chilenos y chilenas, los más pobres de Chile, los que no pueden esperar.