Miente, miente…que mucho queda

Captura de pantalla Turno en Youtube (Foto RRSS)

Captura de pantalla Turno en Youtube (Foto RRSS)

La semana que pasó, Kast mostró su hilacha de mentiroso sin pudor. Todo ello para defender su amistad con Donald Trump respecto de las relaciones con China, las que el payaso del Norte exige eliminar si se quiere estar en la buena con él.

El tema del cable submarino llevó a Kast a negar que el presidente Boric le hubiera contado de ello en una conversación telefónica durante febrero.

¿Qué nos extraña? Una vez más, Kast aplicó su estrategia de “miente, miente que algo queda…”. Lo que queda no es algo, es mucho. Lo suficiente para hacerlo ganar las elecciones presidenciales por gran mayoría en noviembre pasado. Y ahora, para negarse a hacer un traspaso del mando en forma republicana, con rito, educación cívica y decencia. Todo ello, lanzando mentiras descaradas, que la prensa afín a sus intereses le avala y amplifica hasta la saciedad.

Analicemos cómo opera Kast. A diferencia de un niño que niega haberse robado los dulces de su hermano para que no lo castiguen, Kast usa la mentira como herramienta política estratégica. En su forma clásica, este tipo de mentira es instrumental y se utiliza para ganar elecciones, desacreditar a los adversarios, simplificar problemas complejos, generar miedo o esperanza. Es una mentira calculada y nace de la lógica del poder. Como lo explica la psicología social, apela a activar emociones rápidas y sirve para movilizar a la ciudadanía hacia un propósito.

En personas como José Antonio Kast, la mentira puede llegar a ser identitaria, es decir el líder comienza a creer su propio relato y se fusiona con éste.  Este tipo de mentiroso no se vive como tal, sino como incomprendido, como víctima.

Hay otras mentiras utilizadas en el mundo político. Como la mentira defensiva, que se usa frente a escándalos, errores graves, corrupción o pérdidas de apoyo. Con sus mentiras, el líder busca preservar su status y tiene terror a la humillación pública. Mintiendo intenta anestesiar esos castigos. O la “mentira populista”, a través de la cual el líder dice lo que sus seguidores quieren escuchar, aunque sea falso. Ese tipo de mentiras reduce la a ansiedad social porque ofrece culpables claros y promete soluciones mágicas. ¿Le suena conocido?

Desde luego, en Kast están también se observan los típicos rasgos narcisistas del mentiroso compulsivo.  Necesita exagerar sus logros, negar sus fracasos, reescribir “a su pinta” los hechos y atacar a quienes lo contradicen. En este caso, la mentira protege una autoestima frágil bajo una máscara de grandiosidad.

Ahora, la pregunta del millón es ¿Por qué la ciudadanía tolera las mentiras de Kast? La psicología señala que, en contextos de polarización como el que vivimos en Chile, la mentira del líder puede ser vivida como alivio emocional. O sea, la ciudadanía tiene la necesidad psicológica de creerse el cuento. Si mi líder confirma mi identidad, le perdono. Si la amenaza, la mentira me es intolerable porque la verdad importa, pero la pertenencia importa más. El tema es peligroso porque, si un líder miente y no hay consecuencias, se erosiona la confianza institucional, se debilita la democracia o se puede instalar el cinismo como forma de hacer política. Incluso, puede suceder algo peor: que la ciudadanía comience a mentirse sin comprender la gravedad de que pasa.

Aprendiendo de los nazis

Recordemos que, en el caso de Kast, gran parte de su discurso de campaña se articuló en torno a tres ideas básicas: recuperar el orden, combatir la delincuencia, expulsar a los inmigrantes. Cuando Kast exagera las cifras de delincuencia, busca amplificar la ansiedad ciudadana. Incluso plantea la necesidad de un “gobierno de emergencia”. Es decir, su lógica es “mientras más dramatizo, más movilizo”. Si la población siente que el país “se cae a pedazos”, que hay descontrol, inseguridad cotidiana, el discurso que dramatiza esa sensación se vive como verdadero, aunque los datos reales apunten a lo contrario.

Kast no descubrió la pólvora. Él y su equipo han sido muy aplicados y han estudiado sobre estrategias muy exitosas del siglo XX. Como la forma en que los nazis se hicieron del poder. Uno de los “maestros” en este tema fue Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del régimen de Adolf Hitler entre 1933 y 1945, a quien se considera probablemente el propagandista político más influyente del siglo pasado. Aunque se le atribuye la frase “miente, miente que algo queda”, esta no aparece en ninguno de sus textos, pero sí se pueden encontrar atisbos de ésta en “Mi lucha” de Adolf Hitler. Allí el Fuhrer habló sobre la “gran mentira”, es decir una mentira tan grande y repetida que la gente termina creyéndola porque no imagina que alguien pueda falsear los hechos de forma tan burda.

Goebbels se apoyó en varias reglas psicológicas claves. Como la repetición constante, ya que una idea repetida miles de veces termina pareciendo verdad, algo que hoy se conoce como “efecto de verdad ilusoria” porque el cerebro confunde familiaridad con verdad.

Otra de las reglas fue usar mensajes simples. Goebbels decía que “la propaganda debe limitarse a pocos puntos y repetirlos constantemente” y que se debía apelar a las emociones, no a la razón. De este modo, la propaganda nazi buscó movilizar emociones colectivas, no convencer racionalmente. Para ello creo enemigos simbólicos claros: judíos, comunistas, “degenerados”, entre los principales.

La idea de “miente que algo queda” se sigue usando porque describe un fenómeno psicológico real: la necesidad emocional de creer las mentiras por parte de la ciudadanía cuando se está vulnerable o en crisis.

Hay cinco técnicas de propaganda asociadas al modelo de Joseph Goebbels que hoy se siguen estudiando en comunicación política y psicología social como mecanismos universales de manipulación política. Como dijimos, una es la repetición infinita. Se instala una frase simple y se repite en discursos, medios, redes, conversaciones cotidianas. Otra, la simplificación del mundo. La propaganda debe reducir las ideas a pocos puntos simples ya que el cerebro no quiere escuchar cosas complejas.

Otra de las reglas es la creación de un enemigo, un culpable visible. “Los inmigrantes”, “los comunistas”, “el gobierno de Boric”. Las sociedades con frustración necesitan explicar su malestar y la propaganda ofrece un responsable. Si hay un culpable, la angustia se organiza en rabia.

Desde luego, se requiere también apelar a emociones fuertes. Como lo decía Goebbels, “la propaganda debe hablar al corazón, no al cerebro”. Las emociones más funcionales a ello son el miedo, la rabia, el orgullo nacional, la sensación de amenaza.

La última regla es saturar el espacio informativo, una técnica muy actual pero que Goebbles ya intuía y que Donald Trump conoce a la perfección. El objetivo es que la gente se confunda, se fatigue y deje de distinguir verdad de mentira.

¿Cómo desactivar la mentira?

Hay que tener claro que los líderes que mienten sistemáticamente no buscan convencer con datos. Buscan instalar emociones, identidades y relatos. Por eso la defensa por parte de la ciudadanía también tiene que operar en esos niveles.

Hay formas concretas para defenderse. Una de ellas es reconocer la manipulación, identificar la estrategia. Cuando la ciudadanía reconoce el mecanismo, la mentira pierde poder porque la manipulación funciona mejor cuando es invisible.

No hay que discutir solo los datos, hay que discutir el marco emocional. Muchas veces la gente responde a la mentira con cifras. Pero la mentira política es emocional, no racional. Por eso la respuesta eficaz es reconocer la preocupación real y desmontar la exageración.

También es clave crear comunidades de conversación ya que las mentiras políticas prosperan cuando las personas se informan aisladas. La defensa se da cuando existen conversaciones comunitarias, medios locales, radios ciudadanas, espacios de deliberación. La ciudadanía necesita donde procesar la realidad colectivamente. Asimismo, se debe exigir evidencia en forma sistemática. Es crucial aprender a preguntar: ¿De dónde salió ese dato? ¿Cuál es la fuente? ¿Quién lo verificó? La mentira política se sostiene cuando nadie exige evidencias.

Como el combustible principal de la mentira política es el miedo social, la defensa ciudadana no debe ser solo informativa. También debe ser emocional y cultural. Una sociedad que recupera confianza, conversación pública, sentido de dignidad es mucho menos manipulable. La mentira política se combate con ciudadanos que piensan, conversan y no se dejan gobernar por el miedo.