Analista sociopolítico Foco LATAM | Profesor e investigador en Ciencias Sociales. Doctorando de la Universidad de Tarapacá. Profesor de Historia Universal, Master en Educación Ciudadana. Licenciado en Educación de la Universidad de Camagüey
La historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa. En el caso de Donald Trump y su relación con Cuba, el villano cambia de máscara cada semana. Mientras el Secretario de Estado, Marco Rubio, intensifica la retórica al “régimen ruin” con nuevas sanciones, el magnate de la Casa Blanca lanza globos sonda sobre inversiones millonarias. ¿Es el fin del bloqueo o una nueva forma de conquista?
El péndulo trumpista: del “palazo” al “zanahoriazo”
En las últimas 72 horas, la administración Trump ha vuelto a escenificar su dualidad característica. El miércoles, el secretario de Estado Marco Rubio endureció su discurso al anunciar nuevas sanciones contra entidades cubanas vinculadas al comercio de petróleo, acusándolas de sostener lo que él llama una “dictadura militar”. En una entrevista con Fox News, Rubio llegó a afirmar que el pueblo cubano “literalmente come basura de las calles” mientras los militares acumulan miles de millones.
Sin embargo, casi simultáneamente —y según confirmaron fuentes a Axios y CBS News, el presidente Trump habría manifestado en privado su interés por “invertir en Cuba una vez que cambie el régimen” cosa que data de 2009 y que estuvo vigente hasta el 2018 dos años después de su primer mandato presidencial. El mismo viernes, en un encuentro con empresarios latinos en Miami, Trump declaró: “Cuba tiene un potencial increíble. Sus playas, su minerales, su gente. Nosotros podemos reconstruirla mejor que nadie. Lo voy a hacer”. No habló de levantar el bloqueo, sino de “tomar el control” de los negocios.
Este péndulo no es nuevo. Durante su primer mandato, Trump activó la Ley Helms-Burton, recrudeció el bloqueo y eliminó el acercamiento de Barack Obama. Ahora, en su segundo mandato (2025-2029), combina un bloqueo energético asfixiante con la promesa de reconstrucción. ¿El objetivo? Debilitar al gobierno para imponer un cambio de régimen que facilite una recolonización económica.
La variable china: el gigante asiático entra en escena
Pero el escenario internacional ya no es el mismo que en 2017. La reciente visita de Estado de Trump al gigante asiático mostró una escena geopolítica distinta: Xi Jinping recibió al mandatario estadounidense reconociendo a China no como una potencia emergente, sino como un actor consolidado y decisivo en la arquitectura mundial. Lo significativo no fue solamente el protocolo diplomático, sino el tono.
Trump, acostumbrado a la retórica agresiva y al lenguaje de imposición, se mostró inusualmente contenido frente a Beijing. La razón es evidente: Washington comprende que el margen de presión unilateral ya no es absoluto en un mundo crecientemente multipolar. China no solo disputa la hegemonía económica y tecnológica de Estados Unidos, sino que también comienza a marcar posiciones políticas abiertas sobre conflictos estratégicos.
En ese contexto, portavoces chinos reiteraron la exigencia de levantar “de manera incondicional” las sanciones y el bloqueo contra Cuba, calificándolos como medidas obsoletas, unilaterales y contrarias al derecho internacional. La declaración no es menor. Beijing entiende que la estabilidad de Cuba forma parte de su proyección geopolítica en América Latina y del fortalecimiento de alianzas frente al cerco estadounidense.
La lectura es clara: mientras Trump y Rubio endurecen el asedio económico, China aprovecha el vacío para consolidar influencia financiera, tecnológica y diplomática en la isla. La disputa por Cuba deja entonces de ser únicamente ideológica; pasa a insertarse en la competencia estratégica entre Washington y Beijing por la influencia global.
Paradójicamente, la propia presión estadounidense acelera ese desplazamiento geopolítico. Cada nueva sanción empuja a Cuba hacia alianzas alternativas con China, Rusia y otros actores emergentes. Trump parece entenderlo, pero su lógica empresarial lo lleva a pensar que todavía puede negociar desde la coerción: quebrar primero para comprar después.
Rubio: ¿el perro de caza o el titiritero útil?
La pregunta que flota en el ambiente geopolítico es si Rubio está manipulando a Trump o viceversa. Fuentes cercanas a la administración citadas por NBC News han señalado que Rubio “ha llevado a Trump a posiciones más duras de las que él quería inicialmente” con respecto a Cuba y Venezuela. Desde los medios Razones de Cuba y Cubadebate se ha esgrimido que Rubio, influenciado por el ala más radical del exilio cubanoamericano, “estaría manipulando y engañando” al presidente para mantener una política de máxima presión que impida cualquier apertura real.
Pero esa tesis es débil si se analiza el perfil psicológico del mandatario. Psiquiatras citados por The Mirror y analistas de comportamiento político han calificado a Trump como un mentiroso patológico con rasgos de narcisismo maligno. Hannah Arendt, en su ensayo Verdad y Política, advertía sobre el poder de la mentira organizada: el mentiroso tiene la ventaja política de moldear los hechos a su interés.
Trump no es un títere de Rubio; es el titiritero que utiliza la agresividad de Rubio —útil para movilizar al voto cubanoamericano de Florida— como ariete, mientras él se reserva el rol de “gran inversor” y “salvador”. La diferencia hoy es que ese discurso debe convivir con un tablero internacional donde China y otras potencias desafían cada vez más la capacidad estadounidense de imponer unilateralmente sus condiciones.
La verdadera intención: una nueva “Cuba Libre” para los negocios
El análisis de fuentes como el exdiplomático británico Paul Hare (recogido por CBS) indica que en el seno de la administración existen facciones: una ideológica (liderada por Rubio) que busca la desaparición del sistema socialista, y otra pragmática (liderada por Trump) que busca el cambio en la gestión para abrir la isla a las inversiones estadounidenses en condiciones ventajosas.
La oferta recurrente de “ayuda humanitaria condicionada” de 100 millones con ma “mediación de la iglesia católica”, irrisoria para EE.UU, no es altruista. Es un anzuelo. Como publica Al Jazeera citando documentos filtrados, la condicionalidad implica que Estados Unidos dictaría cómo se distribuye, excluyendo al gobierno cubano. Es la misma estrategia aplicada en Venezuela: ahogar la economía, ofrecer migajas bajo tutela y preparar el terreno para la privatización de las empresas estatales.
Para Cuba, el mensaje debe ser claro: Trump no es un inversionista común, es un depredador que quiere comprar la finca a precio de remate después de haber incendiado la cosecha. Su “deseo de invertir” no contradice el bloqueo; lo complementa.
Y, sin embargo, la irrupción de China modifica parcialmente el equilibrio. A diferencia de Washington, Beijing no condiciona públicamente su cooperación a un cambio de régimen. Ahí reside uno de los elementos más sensibles de la actual disputa geopolítica: Estados Unidos pretende abrir Cuba mediante presión política; China intenta penetrar mediante infraestructura, créditos, tecnología y comercio.
El mitómano y el espejo
Donald Trump vive en una realidad distorsionada, pero su mitomanía tiene un método. Le permite decir en la misma semana que “liberará” a Cuba y que “la tomará”. Eso no es una contradicción: es el lenguaje del poder en estado puro, donde las palabras no describen la realidad, sino que la crean a su antojo.
Mientras la prensa internacional documenta el desastre humanitario provocado por el bloqueo energético —NBC mostró recientemente imágenes de apagones prolongados en La Habana, la Casa Blanca juega al buen policía y al malo. Cuba por su parte toma la iniciativa comunicacional y da a conocer la visita del director de la CIA Ritclife, a la Habana luego de 67 años. Pero la historia demuestra que, cuando Estados Unidos habla de “inversión” en Cuba sin levantar el bloqueo, está hablando de subordinación económica sin embargo queda evidenciado que esta sentado de iguales en la mesa de negociación
La estrategia hoy, además, enfrenta un límite histórico: el surgimiento de un orden internacional menos unipolar, donde China ya no acepta pasivamente el cerco contra sus aliados estratégicos. La visita de Trump a Beijing dejó una imagen simbólica poderosa: el hombre que amenazaba al mundo desde la arrogancia debió moderar el tono frente a una potencia capaz de disputarle liderazgo económico, diplomático y tecnológico.
Si la ciudadanía cubana y el mundo no lo entienden así, caerán en la trampa del espejo roto: verán la imagen de un salvador cuando en realidad enfrentan a un saqueador con corbata. Mientras tanto Cuba esta firme.
En ese contexto, recientes reportes de France24 sobre la adquisición de drones militares por parte de Cuba y las posteriores declaraciones del canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla en la red X, anticipan una nueva escalada en la confrontación geopolítica y comunicacional entre Washington y La Habana. Mientras medios estadounidenses alimentan narrativas sobre supuestas amenazas militares, Cuba denuncia la construcción de un “expediente fraudulento” para justificar mayores presiones contra la isla, reivindicando su derecho soberano a la defensa. Todo indica que el conflicto ya no se libra únicamente en el terreno económico o diplomático, sino también en el plano tecnológico, mediático y simbólico, dimensión que merecerá una próxima ampliación analítica.
