Profesor de Historia, analista político.
El plebiscito del 5 de octubre de 1988 ocupa un lugar central en la historia política reciente de Chile. Representó el punto de inflexión que condujo al término institucional de la dictadura cívico-militar instaurada en 1973 y abrió paso a la transición democrática. No obstante, el modo en que ese proceso ha sido recordado revela tanto las virtudes como las limitaciones del relato político que emergió en los años posteriores.
Con el paso del tiempo, el triunfo del NO ha sido reducido a una narrativa simbólicamente eficaz pero históricamente empobrecida: la del “lápiz” que derrotó a la dictadura. Esa imagen, promovida en buena medida por la cultura política de la transición, se convirtió en emblema de un tipo de memoria aséptica, a una ciudadanía abstracta por sobre las organizaciones sociales.
La metáfora del “lápiz” sintetiza un espíritu de época que buscó, legítimamente en su momento, construir un relato integrador, apto para fundar un nuevo pacto democrático. Sin embargo, en su prolongación acrítica, esa imagen tiende a despolitizar el proceso histórico. Al presentar el triunfo del NO como el resultado de una simple expresión de voluntad ciudadana, se omite la dimensión estructural del conflicto, el papel de la organización popular y el costo humano de la resistencia.
Desde la perspectiva socialista, este fenómeno de simplificación reviste especial gravedad. El Partido Socialista de Chile fue una de las organizaciones más duramente reprimidas tras el golpe de Estado de 1973. Su estructura fue desmantelada, sus dirigentes y militantes perseguidos, y su existencia política puesta en riesgo. La represión contra el PS no fue solo un intento de aniquilar a un partido; fue un esfuerzo deliberado por erradicar una cultura política arraigada en la sociedad chilena, vinculada a la idea de transformación social y de ampliación democrática.
En 1975, la Dirección Clandestina del Partido Socialista, que buscaba reconstruir la conducción nacional bajo las condiciones de represión impuesta por la DINA, fue capturada por los aparatos de seguridad del régimen. Sus integrantes fueron detenidos y, según la evidencia reunida por la justicia, exterminados hacia fines de 1977 en Colonia Dignidad. Este hecho constituye uno de los episodios más graves de la represión política en Chile. La eliminación de la Dirección Clandestina buscó interrumpir la continuidad orgánica del socialismo chileno, liquidando su dirección interna y destruyendo los vínculos que mantenían viva la militancia en el país.
Pese a ello, el Partido Socialista logró reorganizarse, tanto en el interior como en el exilio. En Chile, la militancia sobreviviente reconstruyó redes de trabajo político y social en condiciones de clandestinidad, particularmente en sindicatos, agrupaciones de derechos humanos y organizaciones territoriales. En el exterior, los exiliados socialistas impulsaron una reflexión crítica, redes de solidaridad con Chile y la necesidad de articular un socialismo capaz de rearticularse y responder nuevas condiciones históricas. Ambas vertientes confluyeron, con tensiones y divergencias, en un proceso que culminó en los años ochenta, y que permitió al PS desempeñar un papel central en la conformación del bloque opositor que impulsó el NO.
El triunfo de 1988 no puede comprenderse al margen de ese proceso. No fue un acontecimiento espontáneo ni voluntarista, sino el resultado de una acumulación política y social de largo aliento. La resistencia sindical, las movilizaciones de protesta nacional, el trabajo de las iglesias, las agrupaciones de familiares de detenidos desaparecidos y la reorganización de los partidos y organizaciones en la clandestinidad conformaron un entramado de fuerzas que erosionó la legitimidad del régimen y abrió paso a una salida institucional. La elección fue el desenlace de esa trayectoria, no su causa.
La problematización de la metáfora del “lápiz” radica, por tanto, en su capacidad para sustituir la historia por una imagen moralmente tranquilizadora. Se produce un desplazamiento del conflicto hacia el consenso. Ese desplazamiento responde a la matriz cultural de la transición, que buscó construir estabilidad mediante la moderación del pasado. En ese marco, la memoria de la resistencia, y en particular la del socialismo chileno, fue incorporada al relato nacional bajo la condición de su desactivación conflictiva.
En la actualidad, ese enfoque muestra sus límites. En un contexto de creciente desafección política y de revisionismo histórico, la reducción del NO a un acto de civismo neutral contribuye a debilitar la conciencia democrática que aquel proceso buscó consolidar. Recordar que la democracia se conquistó mediante la lucha política, y que esa lucha tuvo costos humanos concretos, no es un ejercicio de nostalgia u ortodoxia, sino una forma de resguardar el sentido histórico del presente.
El socialismo chileno tiene, en este punto, una tarea ética y política. Debe insistir en una memoria que no confunda reconciliación con una visión naive de la historia. La democracia que hoy defendemos no fue una entrega de buena gana, sino una conquista. Fue posible porque existieron quienes se organizaron cuando la organización era perseguida, sosteniendo una ética política fundada en la justicia y la igualdad.
Asumir críticamente esa herencia implica reconocer que la historia no se clausura en 1988. El “lápiz” fue un instrumento legítimo de expresión popular, pero no sustituye el proceso histórico de construcción de poder social y político que lo hizo posible. Reivindicar la complejidad de esa trayectoria no significa negar el valor de la participación ciudadana, sino situarla en su contexto histórico y en su densidad política.
El riesgo del revisionismo no radica solo en alterar los hechos, sino en modificar su sentido. Presentar la derrota de la dictadura como un ejercicio cívico desvinculado de años de organización y resistencia y de la acción colectiva organizada, implica neutralizar su contenido transformador. Es, en última instancia, un modo de domesticar la memoria para hacerla compatible con un presente desprovisto de conflicto.
La conmemoración del triunfo del NO debe, por el contrario, ser una oportunidad para reexaminar críticamente la historia reciente y reconocer la pluralidad de actores que hicieron posible la recuperación democrática. Entre ellos, el socialismo chileno ocupa un lugar insustituible: no solo por su participación política, sino por el costo humano que pagó por mantener viva la idea de que la libertad y la justicia son inseparables.
En tiempos de relativismo histórico y banalización del autoritarismo, recordar que no fue solo con un lápiz es reafirmar una verdad elemental: la democracia es siempre el resultado de una lucha concreta. Y esa lucha, en Chile, tuvo nombres, rostros y convicciones que no deben ser borradas en nombre de la neutralidad.
