Médico, con Estudios en Neurobiología y Ciencias de la Conducta, Magister (c) en Salud Pública, Máster en Medicina y Fisiología del Sueño.
Los trabajadores/as chilenos trabajan 1.919 horas al año, 222 más que el promedio de la OCDE. Sin embargo, nuestra productividad está estancada. Trabajamos más para producir menos. Esta paradoja tiene una explicación que la economía convencional se niega a ver: estamos destruyendo sistemáticamente el capital cognitivo de la nación.
La Encuesta Nacional de Salud reveló que el 63,2% de los adultos chilenos presenta sospecha de algún trastorno del sueño. No es un dato sanitario menor. Es el indicador de un modelo económico que devora el tiempo biológico de sus ciudadanos para compensar su falta de innovación. José Gabriel Palma llama a esto la “trilogía rentista”: alta desigualdad, mediocre inversión y productividad colapsada. Yo agregaría un cuarto elemento, y que opera en silencio: la destrucción biológica del cerebro de los trabajadores.
Porque en la economía del conocimiento —esa a la que Chile dice aspirar—, el principal medio de producción no es un tractor, un puerto ni un algoritmo. Es el cerebro humano en estado funcional óptimo. Y la neurociencia ha demostrado de manera inequívoca que ese estado funcional depende absolutamente del sueño. Durante el sueño profundo de ondas lentas consolidamos la memoria declarativa: los hechos, conceptos y relaciones causales que aprendimos durante el día. Sin esta fase, el aprendizaje se disipa como agua sobre arena. Durante el sueño REM, el cerebro integra información de fuentes dispares y genera las asociaciones creativas que permiten resolver problemas complejos e innovar. Y durante toda la noche, el sistema glinfático depura los desechos metabólicos cerebrales, incluyendo la proteína beta-amiloide asociada al Alzheimer, previniendo el deterioro cognitivo acumulativo. Sin sueño reparador, no hay aprendizaje, no hay creatividad, no hay función ejecutiva, no hay innovación posible.
Cuando el modelo rentista impone jornadas extenuantes, turnos mineros de siete por siete que desafían la fisiología circadiana, salarios mínimos que obligan al pluriempleo y traslados metropolitanos de 84 minutos diarios, está expropiando el medio de producción fundamental de la economía del conocimiento. Es un extractivismo que no opera sobre el cobre ni el litio, sino sobre la biología interna de los trabajadores. Y a diferencia del cobre, el cerebro humano no se recupera con inversión de capital: se recupera durmiendo.
A esto se suma la desigualdad ambiental. Las comunas más pobres de Santiago son también las más contaminadas por material particulado fino. El PM2,5 inflama las vías aéreas superiores, exacerba la apnea del sueño y genera neuroinflamación que fragmenta el descanso nocturno. El trabajador de menores ingresos sufre así una doble penalización biológica: duerme menos por falta de tiempo y duerme peor por contaminación del aire. La desigualdad del sueño es la más profunda de todas porque opera a nivel pre-político: antes de que un ciudadano pueda deliberar, necesita haber descansado.
Chile invierte apenas un 0,34% de su PIB en investigación y desarrollo, el segundo más bajo de la OCDE. Pero incluso si triplicáramos ese presupuesto mañana, los resultados serían magros si la fuerza laboral que debe absorber esa innovación llega al trabajo con el cerebro deteriorado por la fatiga crónica. Descentralizar el conocimiento sin proteger el sueño es como tender fibra óptica hacia un computador sin electricidad. La infraestructura institucional queda inutilizada cuando la infraestructura biológica está degradada.
Aquí es donde la neurociencia se encuentra con la teoría política. Antonio Gramsci enseñó que las transformaciones profundas requieren construir una nueva hegemonía cultural. Así como el movimiento obrero del siglo XIX luchó por la jornada de ocho horas, el proyecto progresista del siglo XXI debe reivindicar el derecho al descanso reparador como condición habilitante de la ciudadanía cognitiva. No se puede deliberar, innovar ni emprender sin haber dormido.
El Vanguardismo Hegemónico propone tres niveles para la transición hacia la economía del conocimiento. Primero, una infraestructura biológica: el Estado protege el sueño mediante regulación cronobiológica del trabajo, protección ambiental nocturna y medicina del sueño en el sistema de salud, especialmente en atención primaria. Segundo, una infraestructura institucional: un Estado emprendedor que descentraliza el crédito y el conocimiento hacia las regiones y las pymes. Tercero, una superestructura hegemónica: una nueva cultura donde la innovación desplace al rentismo como sentido común.
La distinción con el productivismo neoliberal es definitiva. No buscamos maximizar las horas-hombre extraídas, sino la calidad cognitiva de cada hora trabajada. La productividad genuina nace del descanso, no del agotamiento. El derecho al sueño no es un lujo: es un derecho productivo cuya violación sabotea la base material de cualquier proyecto de desarrollo.
Proteger el sueño de la nación es el primer acto de soberanía cognitiva.
