Analista sociopolítico Foco LATAM | Profesor e investigador en Ciencias Sociales. Doctorando de la Universidad de Tarapacá. Profesor de Historia Universal, Master en Educación Ciudadana. Licenciado en Educación de la Universidad de Camagüey
A más de tres décadas de la caída del Muro de Berlín, el anticomunismo resurge en el discurso político estadounidense con un ropaje renovado. El informe «Cuba: The Capital of 21st Century Communism», promovido por el secretario de Estado Marco Rubio y publicado por el Departamento de Estado el 20 de julio de 2026, no es un documento de inteligencia convencional ni un análisis de política exterior al uso. Es, ante todo, un artefacto político diseñado para movilizar al electorado conservador en la antesala de las elecciones de noviembre.
El texto, de alrededor de cien páginas, sostiene que Cuba ha desarrollado desde 1959 una «guerra integral» contra Estados Unidos mediante espionaje, sabotaje, propaganda, infiltración ideológica y lo que califica como «terrorismo de izquierda». Pero su ambición va mucho más allá de documentar operaciones de inteligencia. El informe intenta presentar a la isla como el centro originario de una red que conectaría, a lo largo de 67 años, a guerrillas latinoamericanas, movimientos sociales legales en Estados Unidos —incluyendo Black Lives Matter, Antifa, grupos contra las deportaciones y el activismo propalestino—, universidades y organizaciones solidarias. La acusación central es que una parte considerable del conflicto político al interior de Estados Unidos puede vincularse, de una forma u otra, con la influencia cubana.
El espectro político latinoamericano como amenaza: más allá de Cuba
El informe de Rubio, sin embargo, no se limita a Cuba. Al presentar a la isla como el eje articulador de una red ideológica con influencia en Occidente, el documento ofrece un marco interpretativo que permite a los republicanos presentar la confrontación política interna como un episodio más de una guerra ideológica de larga duración. Venezuela, Nicaragua y las izquierdas latinoamericanas en su conjunto reaparecen en el discurso como elementos de movilización electoral, presentados como amenazas a la seguridad nacional y como ejemplos de los males que, según la narrativa conservadora, acechan a Estados Unidos si no se mantiene firme en su confrontación con estas «dictaduras».
Esta estrategia encuentra un eco en figuras como Eduardo Bolsonaro, quien compartió el documento de Rubio y lo utilizó para sugerir que Cuba «financió la guerrilla en Brasil», aunque el informe solo menciona superficialmente a Brasil y no presenta comprobación de financiamiento directo. La operación narrativa trasciende así las fronteras de Estados Unidos y busca construir una coalición hemisférica de la ultraderecha en torno a un enemigo común: el «izquerdismo radical» que, según esta lectura, amenazaría a toda América Latina.
Marco Rubio y la construcción de una plataforma programática mediante el informe del Departamento de Estado
El protagonismo de Marco Rubio en este episodio no es casual. Hijo de inmigrantes cubanos y uno de los principales defensores de una línea dura frente a la isla, el secretario de Estado se ha convertido en la voz más influyente de la estrategia de máxima presión impulsada por la Administración Trump. El informe llega en un momento de endurecimiento de la política exterior: Washington ha restablecido y ampliado sanciones económicas, reincorporado a Cuba a la lista de Estados patrocinadores del terrorismo e incrementado la presión diplomática sobre el gobierno de Miguel Díaz-Canel.
Pero el documento trasciende la política hacia Cuba. Su estructura y sus afirmaciones más amplias apuntan a construir una plataforma programática para el electorado conservador. Al presentar a Cuba como el eje articulador de una red ideológica con influencia en Occidente, el informe ofrece un marco interpretativo que permite a los republicanos presentar la confrontación política interna como un episodio más de una guerra ideológica de larga duración. Los demócratas progresistas, los movimientos sociales y las universidades quedan así asociados, directa o indirectamente, a una amenaza exterior.
Es significativo que el informe haya sido elaborado por el Departamento de Estado, una agencia tradicionalmente centrada en la política exterior, y no por el Comité de Inteligencia del Congreso o por una comisión legislativa. Esta elección institucional no es inocente: permite al Ejecutivo presentar el documento como un análisis estratégico de seguridad nacional, blindándolo frente a críticas políticas y otorgándole una autoridad que no tendría si hubiera sido redactado por instancias partidistas.
Las encuestas y el contexto electoral: cuando la pérdida de apoyo republicano coincide con un endurecimiento del discurso
El contexto en el que se publica el informe es clave para entender su función política. A tres meses de las elecciones de medio término, las encuestas muestran una ventaja consistente de los demócratas en la intención de voto para la Cámara de Representantes, mientras que la disputa por el Senado continúa más competitiva.
La encuesta nacional Reuters/Ipsos sitúa la preferencia para las elecciones legislativas en un 42% para los demócratas frente a un 37% para los republicanos, siendo la primera vez en casi una década que los demócratas aventajan a los republicanos en confianza para gestionar la economía. El promedio de encuestas de Decision Desk HQ muestra una ventaja demócrata de 6,7 puntos, mientras que Emerson College Polling registra un 53% para los demócratas frente al 42% para los republicanos. Las encuestas de CNN/SSRS sitúan la ventaja demócrata en 8 puntos, frente a los 5 puntos de enero.
Los principales modelos electorales consideran que los demócratas parten como favoritos para recuperar la Cámara de Representantes. El Senado, sin embargo, continúa abierto, aunque con una ligera inclinación hacia los demócratas en algunos modelos. Los estados más observados incluyen Michigan, Pensilvania, Wisconsin, Carolina del Norte, Maine, Ohio, Arizona y Georgia, además de distritos competitivos en Texas y California, porque serán determinantes para el control del Congreso.
Este escenario electoral explica el timing del informe: la publicación del documento a finales de julio de 2026, a menos de cuatro meses de las elecciones, sugiere que su función principal es movilizar a la base conservadora y presentar la contienda electoral como un enfrentamiento existencial contra una amenaza externa y sus supuestos aliados internos.
El fracaso de la agenda republicana: promesas incumplidas y políticas fallidas
El endurecimiento del discurso no ocurre en el vacío. Los republicanos llegan a las elecciones de medio término con un balance de gestión que dista mucho de las promesas que los llevaron al poder. La agenda legislativa enfrenta crecientes dificultades: el paquete de reconciliación presupuestaria destinado a financiar las operaciones de control migratorio hasta 2029 se encuentra estancado, y Trump enfrenta una rebelión interna de cuatro senadores republicanos que complican la aprobación de cualquier medida.
La insistencia de Trump en la designación de Todd Blanche como secretario de Justicia ha dividido aún más al Partido Republicano. El controvertido fondo contra la «instrumentalización» de 1.776 millones de dólares —que podría compensar a los acusados del 6 de enero de 2021 y otorgar inmunidad fiscal a Trump— ha generado un enfrentamiento abierto con senadores como Thom Tillis y John Cornyn, quienes exigen garantías por escrito de que el fondo no se reactivará. Incluso Trump ha admitido que el fondo está «muerto», pero insiste en su defensa, poniendo en riesgo la confirmación de Blanche y la armonía del movimiento conservador.
La «Ley SAVE America», que reformaría las elecciones para exigir prueba de ciudadanía para votar, tampoco tiene posibilidades reales de aprobación, ya que requeriría 60 votos en el Senado o eliminar el filibusterismo, una opción que muchos republicanos rechazan por temor a que los demócratas la utilicen si regresan al poder. El proyecto ha dividido a los republicanos entre los realistas, como el líder de la mayoría John Thune, y los idealistas que insisten en intentarlo todo, profundizando las fracturas internas.
La Guerra en Irán, el secuestro de Maduro y el recrudecimiento del bloqueo a Cuba: políticas fallidas con costos visibles
La política exterior de Trump tampoco ofrece un balance favorable. La guerra en Irán se ha convertido en un conflicto prolongado y cada vez más impopular, con un costo en vidas y recursos que erosiona el apoyo a la administración. El impacto de esta guerra se ha filtrado hacia los círculos de poder: altos mandos militares han expresado su malestar en privado por una estrategia sin salida clara, y las divisiones en el Pentágono sobre el manejo del conflicto han trascendido a la prensa especializada. En la sociedad civil, el desgaste es evidente: las imágenes de soldados estadounidenses regresando en ataúdes han reavivado el fantasma de las guerras interminables que marcaron a Irak y Afganistán, y el costo del conflicto —estimado en más de 200 mil millones de dólares— compite directamente con las necesidades domésticas en un momento de inflación persistente. Para la comunidad latina emigrante, la guerra en Irán tiene una dimensión adicional: muchos hogares latinos tienen familiares en servicio militar, y el temor a que sus hijos sean enviados a un conflicto lejano y sin propósito claro se ha convertido en un factor de movilización electoral en contra de la administración.
El secuestro de Nicolás Maduro, perpetrado por fuerzas estadounidenses en violación de las normas internacionales, ha sido un acto de agresión que ha generado condena en la comunidad internacional y ha profundizado el aislamiento de Washington en la región. Pero más allá del impacto diplomático, esta operación ha tenido consecuencias internas en los círculos de poder: ha exacerbado las tensiones entre el Departamento de Estado y el Pentágono, y ha generado un debate interno sobre los límites legales y éticos de las operaciones encubiertas. En la sociedad civil, la imagen de Estados Unidos como una potencia que actúa al margen del derecho internacional ha erosionado la credibilidad moral que el país aún conservaba en algunos sectores. Venezuela, tras la caída de Maduro, es tratada por la administración como una pieza conquistada: el nuevo gobierno instalado por Washington es presentado como un éxito de la política de máxima presión, pero la comunidad venezolana en Estados Unidos ha quedado dividida entre quienes celebran el cambio y quienes denuncian que la transición no ha ido acompañada de garantías democráticas.
El recrudecimiento del bloqueo contra Cuba ha alcanzado niveles extremos sin precedentes. La Orden Ejecutiva del 1 de mayo de 2026 ha multiplicado los efectos extraterritoriales del bloqueo, con la potencial aplicación de sanciones secundarias contra empresas, bancos y entidades extranjeras. El gobierno cubano denuncia que estas medidas buscan «rendir por hambre y desesperación a toda la población cubana». El impacto se mide en la vida cotidiana: Cuba ha estado prácticamente cuatro meses sin recibir combustible; el sistema eléctrico nacional ha sufrido desconexiones que han obligado a posponer miles de intervenciones quirúrgicas y a interrumpir tratamientos oncológicos. En los círculos de poder estadounidenses, sin embargo, esta política ha generado divisiones: sectores del mundo empresarial que antes apoyaban la línea dura han comenzado a cuestionar el costo del aislamiento, y organizaciones religiosas y de derechos humanos han denunciado el bloqueo como una violación de los derechos humanos.
El fantasma del macartismo en la estrategia republicana
La comparación con el macartismo de la década de 1950 resulta inevitable. El senador Joseph McCarthy construyó su carrera política sobre la denuncia de una supuesta infiltración comunista en el gobierno estadounidense, utilizando acusaciones vagas, asociaciones guilt-by-association y una retórica de amenaza existencial para movilizar al electorado conservador. El informe de Rubio comparte con aquella estrategia la presentación de una amenaza ideológica externa como explicación total de los conflictos políticos internos; la utilización de casos aislados para construir una trama de conspiración de alcance histórico; la asociación de movimientos sociales legítimos con una red de influencia extranjera; y la instrumentalización de la política exterior como herramienta de movilización electoral. Existen, sin embargo, diferencias significativas: a diferencia del macartismo, que se centraba en una amenaza interna, el informe de Rubio externaliza la amenaza, situando a Cuba como el centro de una red que opera desde fuera, aunque con ramificaciones internas. Además, el contexto geopolítico es radicalmente distinto: la Guerra Fría ha terminado y la influencia global de Cuba es incomparablemente menor que la que tuvo el bloque soviético.
El problema fundamental del informe, como señalan sus críticos, está en los puentes que unen cada escalón. La existencia de un caso de infiltración en grupos terroristas de Miami no demuestra que una universidad sea una plataforma de inteligencia. Una visita de un político estadounidense a Cuba no convierte a quien viaja en agente. Citar a una figura cualquiera en La Habana no prueba que un movimiento social reciba órdenes del gobierno cubano. El documento no aporta pruebas públicas que demuestren la existencia de agentes operativos infiltrados actualmente en las más altas esferas del gobierno estadounidense. Esta fragilidad probatoria, sin embargo, no es un defecto desde la perspectiva de su función política: lo que importa no es la veracidad de las acusaciones, sino su capacidad para movilizar al electorado conservador en un momento de debilidad electoral.
América Latina como escenario electoral interno: Cuba, Venezuela y Nicaragua en el discurso político estadounidense
El informe de Rubio no es un caso aislado, sino la manifestación más reciente de una tendencia recurrente: la utilización de América Latina como escenario para la política interna estadounidense. Venezuela, Nicaragua y Cuba han reaparecido en el discurso político de Washington como elementos de movilización electoral, presentados como amenazas a la seguridad nacional y como ejemplos de los males que, según la narrativa conservadora, acechan a Estados Unidos si no se mantiene firme en su confrontación con estas «dictaduras».
Trump ha adelantado que una convención republicana en Dallas, programada para septiembre, servirá para movilizar a su electorado y presentar la contienda como un referendo sobre su liderazgo y su agenda. En una conferencia ante un foro religioso el 26 de junio, Trump presentó el comunismo como el eje de su mensaje para las legislativas, dirigiendo sus ataques contra Zohran Mamdani, el alcalde socialista de Nueva York, y otros candidatos progresistas a quienes calificó de «comunistas ateos radicales» y «la mayor amenaza» para Estados Unidos desde su fundación. Mamdani, figura ascendente de la izquierda estadounidense, ha respaldado a candidatos progresistas en primarias que han derrotado a congresistas demócratas en ejercicio, lo que Trump presenta como una prueba del avance del radicalismo que, según su narrativa, debe ser frenado en noviembre.
La política exterior como arma electoral
La publicación del informe «Cuba: The Capital of 21st Century Communism» a menos de cuatro meses de las elecciones de medio término sugiere que su función principal es política, no diplomática. No se trata de una evaluación desapasionada de la política cubana ni de un análisis de inteligencia riguroso, sino de una operación narrativa destinada a movilizar al electorado conservador y a presentar la contienda electoral como un enfrentamiento existencial contra una amenaza externa y sus supuestos aliados internos.
El contexto electoral en el que se enmarca esta estrategia es revelador. Los republicanos no llegan a las elecciones con un balance de gestión que les permita competir en el terreno de los logros concretos. La guerra en Irán, el secuestro de Maduro, el recrudecimiento del bloqueo a Cuba, las fallidas políticas arancelarias y la represiva política migratoria son políticas que no han generado los resultados prometidos y que, en muchos casos, han erosionado el apoyo a la administración. La economía del ciudadano común no muestra la salud que Trump prometió, y la inflación y el coste de la vida se han convertido en el principal foco de malestar.
En este contexto, la construcción de una amenaza externa —Cuba y el «izquerdismo radical» latinoamericano— permite a los republicanos desplazar el debate político desde la gestión hacia la seguridad ideológica, presentando las elecciones como un enfrentamiento existencial entre la libertad y el comunismo. Venezuela, ya conquistada por la agenda de Trump, se convierte en el ejemplo de lo que podría lograrse con la misma determinación en Cuba, mientras que la comunidad latina en Estados Unidos observa con preocupación cómo su país de origen se convierte en moneda de cambio electoral. El fantasma del macartismo —con sus similitudes y diferencias— recorre esta estrategia, recordándonos que la política del miedo ha sido, en la historia estadounidense, un recurso recurrente para movilizar a la base conservadora cuando los logros concretos escasean.
Frente a este escenario, los países latinoamericanos están llamados a analizar con atención el tablero que se diseña desde el norte. No se trata de adoptar una posición de confrontación ni de subordinación, sino de entender que las dinámicas electorales de Washington —con sus sobresaltos y sus instrumentales narrativas— no pueden dictar la agenda regional. América Latina, desde su diversidad de historias, culturas e intereses, tiene la capacidad de pensar y actuar como región, reconociendo a Estados Unidos como un actor hemisférico clave, pero relacionándose con él desde el criterio propio, la defensa de la soberanía y el respeto a la autodeterminación de sus pueblos. La lección que deja este episodio es que la región no debe esperar a que las tormentas políticas del norte se calmen, sino aprender a navegarlas con inteligencia, unidad y una visión estratégica que priorice los intereses de sus ciudadanos por encima de las alianzas circunstanciales o los espejismos ideológicos.
