
Periodista y Psicóloga.
Siempre me ha llamado la atención el hecho que muchas religiones obliguen a las mujeres a tapar sus cabezas. Lo vemos en el Islam, en el catolicismo, en el judaísmo ortodoxo, a través de distintos tipos de trapos que deben cubrir el cabello, la cabeza, los ojos, o el cuerpo completo. ¿Por qué esa norma? ¿Para qué?
La normativa se ve en distintas culturas y épocas con significados que se han ido transformando. Según los estudiosos del tema, no responde a una sola causa, sino a una mezcla de factores simbólicos, sociales y de poder.
En religiones como el Islam, el cristianismo tradicional y el judaísmo ortodoxo, cubrirse la cabeza se asocia con la idea de modestia, recato, pureza, conexión con lo divino, interpretándose el cabello femenino como algo íntimo o potencialmente “seductor”, que debe reservarse al ámbito privado.
También apunta a una señal de estatus o pertenencia. Es decir, más allá de lo espiritual, cubrirse la cabeza también funciona como un código social, indicando si una mujer está casada, es soltera o viuda.
Igualmente, marca una pertenencia religiosa o comunitaria y en algunos contextos históricos, incluso diferenciaba clases sociales. Es decir, no era solo fe: era una forma de ordenar la sociedad.
Y, por supuesto, la razón más poderosa de fondo es el control por parte del hombre del cuerpo femenino ya que muchas normas religiosas surgieron en sociedades profundamente patriarcales, donde el cuerpo de la mujer era visto como algo que debía ser regulado porque podía “provocar” a los hombres, algo que -por ende- debía mantenerse bajo normas estrictas. Cubrir la cabeza se convierte entonces en una forma simbólica de controlar la visibilidad femenina.
Si analizamos el tema desde la psicología social, lo central de esta normativa es trasladar la responsabilidad del deseo masculino a la mujer, regulando el comportamiento femenino mediante normas morales. Es decir, el cuerpo femenino pasa a ser un territorio político. En la obligación de cubrir el cuerpo se cruza el poder y lo sagrado. Es así si pensamos que, durante siglos, distintas tradiciones han insistido en que el cuerpo de la mujer, y en especial su cabeza, deben ser cubiertos. Las formas cambian, pero el fin es el mismo: ocultar, controlar, contener. De modo que las preguntas no pueden ser solo religiosas sino profundamente políticas.
El cabello, un símbolo
Mas que estética, el pelo de la mujer es un símbolo. En muchas culturas ha representado sensualidad, libertad, identidad, poder vital. Por ello, cubrirlo no es un acto neutro sino uno que busca transformar algo visible en algo reservado, controlado, delimitado.
Desde la psicología, esto tiene una lectura clara ya que cuando una sociedad define qué parte del cuerpo debe ocultarse, también está definiendo qué debe ser contenido, controlado. Y, sobre todo, a quién debe contenerse. Y aquí subyace la trampa invisible. ¿Se trata de proteger o de controlar?
El argumento más repetido de quienes imponen esta conducta apunta a la “modestia”, el “respeto”, “lo sagrado”. Pero, desde luego, hay una tensión incómoda de fondo. ¿La norma protege a la mujer, o protege al orden social de la mujer? La idea que subyace, y que da cuenta de lo dramático del tema, es que -como el cuerpo femenino tiene el poder de “alterar”, “provocar”, “desordenar”, debe ser regulado. Y es en este punto donde, según quienes han estudiado el tema, lo religioso se encuentra con lo político. Y donde lo simbólico se convierte en estructura de poder.
Tal vez el debate no debería centrarse en si cubrirse está bien o mal sino en algo más preocupante: ¿por qué, a lo largo de la historia, tantas culturas han sentido la necesidad de regular el cuerpo de la mujer y no el del hombre? Ahí aparece la asimetría, ahí aparece el poder.
Obligar a las mujeres a cubrirse la cabeza obedece a tradiciones impuestas. Descubrirla se acerca a libertad, ruptura, riesgo. De modo que quizás la tensión real no está en la tela sino en ese conflicto eterno entre control y autonomía.
Durante siglos, distintas culturas repitieron la misma idea con distintos lenguajes: “cúbrete, contrólate, no provoques”. Pero nadie dijo lo más importante. ¿Por qué el problema siempre era la mujer y nunca de quien la miraba? A la mujer le enseñaron que cubrirse era respeto, que ocultarse era virtud, que desaparecer un poco era ser mejor mujer. Y así, lentamente, se instaló una idea peligrosa: el cuerpo femenino es un riesgo que hay que administrar, que hay que regular, que hay que domesticar.
Nunca se trató solo de moral, se trató de poder. Porque controlar cómo una mujer se viste es una forma elegante -y silenciosa- de controlar cuánto y qué lugar ocupa en el mundo. El problema parece ser que el mundo no sabe qué hacer cuando una mujer deja de ocultarse. Por ello el Islam las ha obligado a taparse con hiyabs (que cubren cabello y cuello), niqabs (que cubren todo el rostro excepto los ojos), burkas (que tapan completamente el cuerpo y la cara, incluyendo una rejilla sobre los ojos), chadors, (que cubren el cuerpo sin cubrir el rostro) y abayas, (que cubren el cuerpo y suelen combinarse con el hiyab o la nikab). El judaísmo ortodoxo les ha impuesto el tichel (pañuelo que cubre la cabeza de mujeres casadas), o el sheitel (una peluca que reemplaza el pelo natural también en mujeres casadas). Y, por supuesto, en el cristianismo lo ha hecho con el velo de las monjas y el velo o la mantilla en la misa.
Mientras se discuten telas, nadie discute lo esencial, como por ejemplo ¿por qué el deseo masculino sigue siendo incuestionado? Se lo gestiona, se lo justifica, se lo protege, mientras la responsabilidad del deseo se traslada al cuerpo femenino. ¿Por qué la responsabilidad sigue cayendo sobre este último? La cultura no le teme al cuerpo, le teme a lo que el cuerpo femenino provoca y cuando algo provoca, se regula. El problema es que el deseo no se elimina, se desplaza. Cuando cubres un cuerpo, no eliminas el deseo, lo vuelves más silencioso, más culpable, más poderoso.
En definitiva, este tema no es sobre religión, es sobre quién define el límite de la libertad de la mujer. El problema nunca ha sido el velo sino el quién decide qué debe ocultarse y por qué. El cuerpo de la mujer nunca fue el problema, nunca fue el cabello, nunca la piel. El problema fue -y sigue siendo- el miedo al cuerpo de la mujer. El miedo a que sea libre y soberana.
Apoyo dividido
En Europa el uso del velo hoy es un campo de batalla político. Por ejemplo, en España, el Congreso rechazó nuevamente prohibir la burka pese a que existe mayoría favorable. Partidos de derecha impulsan restricciones, mientras otros advierten que podrían vulnerar la libertad religiosa.
O sea, no es un tema cerrado, es un conflicto político-cultural permanente. El gran dilema es la libertad versus la opresión y el debate está dividido en tres grandes frentes. Uno en torno a la libertad religiosa: usar velo es una elección personal y prohibirlo sería discriminatorio. Otro surge desde la perspectiva feminista crítica, según la cual el velo es visto como símbolo de control sobre el cuerpo femenino. Y, por último, el enfoque desde la seguridad, que argumenta que dificulta la identificación o la convivencia.
En Europa, al menos 9 países han prohibido total o parcialmente el velo, entre ellos Francia, Bélgica y Austria. En paralelo, en países como Irán han existido protestas de mujeres quitándose el velo como símbolo político. Esto muestra que el velo puede significar cosas opuestas según el contexto: imposición en algunos países o identidad y elección en otros.
En suma, el velo ya no es solo una prenda. Hoy es un símbolo político global, un campo de disputa cultural, un indicador de cómo cada sociedad regula el cuerpo femenino.





