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Zorro hijo: el depredador de placilla

Foto de Stephanie Klepacki en Unsplash

Foto de Stephanie Klepacki en Unsplash

 

“Bajo la encina centenaria, desdibujado bajo la húmeda sombra, inmóvil como un zorro al acecho, está el patrón!” Gran señor y rajadiablos. Eduardo Barrios. 1948.

Buscando tierras para viñas el Zorro Abuelo llegó a Placilla allá por el año 1914. Le habían hablado de unos buenos terrenos en ese lugar en el cual los viajantes se paraban a descansar cuando iba al mar desde Santiago. Al llegar al llano bajó de su caballo, lo amarró a un maitén y caminó sin pausa hasta el borde de la explanada. Desde allí contempló el inmenso paisaje que se extendía a sus pies. Abajo, a lo lejos, algunas figuras humanas corrían alrededor de rústicos ranchos campesinos. Otros hacendados le habían comentado que durante décadas habían permanecido allí pagando en mano de obra su estadía. No, no costaría mucho sacarlos de allí e instalar los parronales, se dijo murmurando. Olisqueó la brisa, caminó un par de pasos y con determinación sacó un grueso puñal del cinto y haciendo en el aire un extraño giro como para matar, hizo un profundo corte en la tierra, luego con desprecio y dureza, extrajo la champa de pasto superficial y metiendo suavemente los dedos en la tierra recién desgarrada, comenzó a acariciarla, masajeándola suavemente con sus dedos, como gozando con ello. En su éxtasis, imaginó el lugar donde pondría la casa, los corrales, y las viñas, porque las uvas nunca debían dejar de estar en su vida. Era su mandato ancestral desde los tiempos antiguos, que le venía desde los ya distantes orígenes familiares en España.

La mujer del Zorro Abuelo tardó poco en saber quién era quién entre las campesinas asentadas en sus tierras de ahora. Ella sabía cómo tratar a las contadinas. Lo aprendió de su larga tradición familiar. Un día, apareció a caballo entre las chozas con canana y escopeta y les habló con dureza, como lo hacían las antiguas patronas del Véneto. Les dijo que tenían que irse o que, si querían seguir allí debían pagar por hacerlo. Pasado unos días de espera, llegó temprano al poblado acompañada de Zorro Abuelo, formó a madres e hijas en una larga fila y seleccionó a dos adultas y a dos niñas menores. Les dijo que para pagar el arriendo iban a ser ayudantes de la hacienda y que las otras debían irse. Rosa, la mujer mayor elegida sabía hacer quesos y fue destinada a prepararlos. Marta, sería la encargada de la cocina. Las dos niñas estarían a cargo del aseo y de mantener los dormitorios. Así, pasaron los años en la hacienda cuya mayor fiesta anual era la vendimia. Un buen día Josefa, la menor de las niñas de mano, fue despedida y se dijo en la hacienda que se fue a vivir lejos de ahí, con una tía. Años más tarde, se sabía que Zorro Abuelo la había preñado. La escuela de Puente Negro, el recinto educacional más cercano de la comarca acogió al niño. Allí este conoció a otros huachos que venían de otras haciendas, de localidades aún más lejanas, como la Sierra de Bellavista, La Rufina o Las Peñas. En los frecuentes rodeos patronales de la zona, al calor de la chicha patronal se hablaba de cómo Zorro Abuelo, mientras ella estuvo en la hacienda, la forzaba a consentirlo, sangrando sus vírgenes carnes.

Zorro Abuelo, después de algunas décadas de trabajo, había logrado consolidar la hacienda que ahora se llamaba Fundo Santa Helena. Pero, cada cierto tiempo los alambres de púa de los cercos de la parte más lejana del predio eran cortados y aparecían carteles colgados anunciando la pronta recuperación de esas tierras. Los campesinos expulsados de las haciendas poco a poco habían venido ocupando tierras improductivas ayudados por la Iglesia Católica y a juicio de los viñateros, ya eran insoportables, pues para trabajar cortando uvas pedían salario en dinero y odiosas regalías.

A pesar de la buena tierra y sol, la uva de Zorro Abuelo no alcanzaba al dulzor necesario para ser un buen caldo. Las barricas agriaban el vino y aunque él trataba de arreglarlo, sólo podía venderlos como vino suelto barato. Fue entonces cuando él y su mujer impulsaron a Zorro Hijo a estudiar para mejorar el vino. Lo matricularon en una exclusiva universidad religiosa de Santiago, donde se esforzó para aprender a mejorar el vino, pero no fue suficiente. Zorro Hijo contaría más tarde, que estudiar había sido una pura pérdida de tiempo y dinero, pues él no servía para esas cosas. Eso sí, recordaba con picardía las buenas fiestas estudiantiles con las niñas universitarias dueñas de fundos. Fue en Santiago donde Zorro Hijo conoció a Sophie Therese, la que sería su esposa más tarde. Hija de una de las más ricas familias capitalinas de origen francés, que habían hecho dinero en la especulación inmobiliaria, que comenzaba a llenar ciudades con campesinos desarraigados de las haciendas.

Zorro Hijo, ya a cargo del fundo y con los Zorros Abuelos muertos, todos los años junto a su mujer organizaba la vendimia, fiesta que esperaba con ansias. Con el pasar del tiempo, su tez y nariz se había tornado rojizas por el sol y el vino. Tenía botellas con marca propia, guardados todo el año y calculados para dar la vuelta al año con ellas. Ese día, Zorro Hijo invitaba a una fiesta con grandes asados. Temprano comenzaba el pisoteo de la uva, la comida y los brindis, los que se sucedía día y noche. Él se aseguraba siempre de invitar algunas niñas de la comarca. Las animaba a festejar la vendimia y a brindar con el dulzón vino del fundo, que poco había mejorado. Cuando ya de noche, el vino había inflamado los espíritus, y la mezcla de hombres con mujeres había destrozado todo sentimiento de decoro, todas las variedades de corrupción empezaban a practicarse, pues cada uno tenía a mano el placer que correspondía a las inclinaciones de su naturaleza. Zorro Hijo, oliendo a orujo y escobajo se aguachaba alguna niña, la invitaba al saloncito contiguo a su dormitorio y allí aprovechaba calladamente de intrusear su cuerpo con sus dedos torpes y añosos. Luego la montaba furiosamente desgarrando desbocadamente su infantil cuerpo. Mientras tanto, afuera el bailongo continuaba febrilmente. Así era cada año y era tanto el poder que tenía Zorro Hijo en el pueblo que nadie se atrevía a contradecirlo, pero igual en la comarca se hablaba profusamente de sus andanzas.

Cría hembra y dos machos

En su matrimonio con Sophie Therese tuvo una cría hembra y dos machos. El más grande de la camada era lerdo y cabezón, pero pertinaz. El del medio inteligente y veloz. La hembra triste y desaliñada. Al Lerdo, que así le llamaban los sirvientes a escondidas, lo educaron los curas repitiéndole incansablemente cuando estaba atribulado, que el auxilio siempre venía del Señor. Un buen día Zorro Hijo trajo a trabajar a la casa a una niña campesina muy joven para que ayudara en casa, dijo socarronamente. Lerdo, ya juvenil, alentado por su padre, la montaba brioso con frecuencia, entre sollozos de ella, agarrando con deleite sus pequeños pezones que apenas despuntaban de su cuerpo.

Un día Lerdo dijo que quería ser abogado para defender a las familias de los comunistas que asolaban el campo. Entró a estudiar Derecho a la misma universidad de su padre, en la cual al igual que su progenitor no tuvo mucho éxito. Apenas pasaba los ramos, pero como era deportista y fiestero se hizo popular entre las alumnas de la escuela. Era cariñoso, le gustaba el vino y en las fiestas siempre era activo con las damas. Su madre, en algunos bullados casos, tuvo que hacer secretos pactos con las madres de las afectadas para que nada se supiera. Ella sabía como eran esas cosas de campo y como debían solucionarse.

Mientras tanto, Zorro Hijo ya no tenía tratos con su esposa. Ella cansada y sumisa, guardaba bajo riguroso secreto de los asuntos de familia, como llamaba a las historias de su esposo y de Lerdo. Oraba todos los días en la pequeña gruta del fundo, rogando a que no se supieran esas historias, que la gente envidiosa de pueblo comentaba pues no entendían las costumbres de campo. Para ella, él solo era un hombre trabajador, piadoso y que había dedicado toda su vida a engrandecer el campo.

En el pueblo desde tiempos remotos todo lo que ocurría en las haciendas del valle se sabía. Miguelito Mota, servicial y conversador proveía de agua potable y leña a las familias pobres de las haciendas desde tiempos antiguos. El agua era sacada de una vertiente a las orillas del río Claro y la leña era recogida de los cerros de los alrededores del pueblo. En ese correteo de casa en casa por los campos se enteraba de la vida de todos en el lugar. Así fue como se enteró de que Zorro Hijo, un día borracho había manoseado a las hijas de su propio hermano, metiendo sus pervertidos dedos en sus partes íntimas. Pero todo eso quedó en familia. Sophie Therese aplicó el silencio del dinero y la venganza del poder hacendal a los malhablados. También, se contaba que en otra de sus vendimias había violado a dos niñas de solo doce años, desgarrando sus delicadas pieles. Cuando se supo, porque la niña más grande lo grabó con un celular, todos en la familia lo negaron, dijeron que el video había sido editado y que la niña era agrandada. Lo que es más, Lerdo comentaba que la cabra esa era calentona y que había engatusado a Zorro Hijo, su padre.

A Lerdo no le había ido mal después de ser abogado. Estudiando en la universidad había hecho grandes amigos los cuales le invitaron a integrarse a un poderoso partido político, en el cual hizo carrera. Allí estaban todos los herederos políticos del dictador que había gobernado el país a sangre y fuego durante treinta años, dejando miles de muertos y desaparecidos. Hizo carrera en él y terminó siendo su máximo jefe. Pero, las andanzas hacendales de su padre, terminaron por despertar a la prensa y todo se le vino abajo. Cuando se hizo público, lo que los rojos y feministas llamaban abusos, esa noche lloró a mares porque entendía que era su fin como familia y como político. Pero su identidad patronal era un poderoso motor y salió a defender a su padre, el cual una vez preso, a raíz de sus influencias fue tratado con guante de seda, lo que le costó cientos de millones de peso gastados en acomodarlo. Lerdo estaba consternado y no podía entender por qué querían castigar a su padre, un gran viejo regalón, que sólo había actuado según las costumbres del campo. En su interior Lerdo guardaba también secretos de campo, sus propios secretos. El miedo le corroía el espíritu desangrando su especial vida.

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