jueves, junio 4, 2026
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Más allá de las zanjas: la urgencia de una agenda proactiva entre Chile y Bolivia

Foto: Associated Press (AP)

 

En medio de un clima de creciente tensión fronteriza marcado por la construcción de zanjas y el discurso de seguridad del gobierno de José Antonio Kast, ex Embajador de Chile y exsubsecretario de Defensa, FFAA y Guerra de Chile, Gabriel Gaspar, hizo un llamado a trascender la lógica reactiva y a construir una visión de futuro compartida para la relación bilateral entre Chile y Bolivia. 

En conversación con la televisión boliviana y en el marco de las celebraciones del Día del Mar en el país vecino, el cientista político desmenuzó los mitos sobre la migración, cuestionó la efectividad de las cumbres ideológicas y planteó una hoja de ruta basada en la integración física y el desarrollo económico regional.

El mito del migrante boliviano y la seguridad

Frente a las voces que vinculan la migración con la crisis de seguridad, fue categórico en establecer una distinción fundamental. Lejos de ser un problema, afirmó, los trabajadores bolivianos que cruzan la frontera son un pilar para la agricultura chilena.

“La mayoría de los trabajadores migrantes bolivianos que llegan a Chile para la cosecha vienen al valle central, a la zona de Talca, Maule, y son muy bien vistos. Son muy competentes y muy demandados por los empresarios agrícolas”, señaló Gaspar, recordando incluso que el propio gremio agrícola ha solicitado la creación de un estatuto especial para regularizar su situación.

El analista internacional utilizó un ejemplo contundente para desmontar la falacia de la responsabilidad boliviana en la crisis de inseguridad: la pandemia. Cuando Chile cerró sus fronteras, miles de bolivianos que habían llegado para la cosecha quedaron varados intentando regresar a su país, creando un “cuello de botella gigantesco”. Para el analista, la llegada masiva de migrantes a Chile —cerca del 10% de la población— responde a una dinámica regional que poco tiene que ver con el vecino andino.

“A nosotros nos han llegado muchos migrantes, la mayoría venezolanos, colombianos, dominicanos, ecuatorianos, cubanos, etcétera, y nosotros no limitamos con esos países. El tema no es que lleguen migrantes, el tema es que sea organizado y que no sean víctimas”, afirmó, dejando claro que el combate al crimen organizado es un desafío de cooperación interestatal, no de confrontación ideológica.

De las cumbres ideológicas a la cooperación concreta

En este punto, el entrevistado mostró su escepticismo respecto a foros como Shield of the Americas o espacios que, en su opinión, tienden a la polarización ideológica. “El tema migratorio y el tema de las mafias y del delito organizado no tiene nada de ideológico. Es un tema simplemente de criminalidad y debiera ser materia de cooperación internacional”, sentenció.

Además, advirtió sobre el peligro de que la agenda bilateral quede secuestrada por una única obsesión: la seguridad. “El temor que me da es que nos dediquemos a perseguir migrantes y narcotraficantes, y meter fuerza de un lado y del otro. Y no sé si eso es bueno para la convivencia”, reflexionó.

Frente a este panorama, propuso un giro radical: enfocarse en una agenda constructiva y propositiva que aproveche la geografía compartida. Con una mirada de estadista, planteó la necesidad de dejar atrás las “actitudes que a veces nos han enfrentado” para reconocer el potencial de la región.

La oportunidad perdida del desarrollo integrado

Nacido en Arica y proveniente de familia ferroviaria, el ex Embajador de Chile en Misión Especial para la demanda marítima boliviana ante La Haya, puso sobre la mesa una idea concreta que podría transformar la relación bilateral: el desarrollo de una infraestructura acorde para convertir el Norte Grande de Chile en la puerta de salida al mercado asiático.

“Chile, Bolivia, Perú, el norte argentino, Brasil y Paraguay nos hemos transformado en fuente alimentaria del mundo asiático. Exportamos cientos de miles de toneladas de soja. El epicentro es una ciudad fronteriza con ustedes”, explicó.

Sin embargo, esa carga da actualmente la vuelta por el Canal de Panamá, un trayecto cada vez más caro y lento debido a los problemas de sequía que afectan a la vía interoceánica. La solución, para Gaspar, pasa por mirar al pasado para construir el futuro.

“Si lográramos desarrollar una infraestructura moderna con ferrocarriles que permitiera sacar el alimento hacia el mercado asiático, sería un ahorro inmenso. Tenemos el ferrocarril de Arica a La Paz, que está técnicamente habilitado, pero hoy no está trabajando”, lamentó y recordó con nostalgia cómo ese ferrocarril fue una verdadera “columna vertebral” del comercio exterior durante el siglo XX y un vínculo que permitía a los ariqueños estar más enterados de lo que ocurría en Bolivia que en el resto de Chile.

Hacia una relación de Estado

Al cierre, Gaspar abogó por consolidar los avances logrados en los últimos años como una política de Estado que trascienda los cambios de gobierno. Si bien valoró la labor de los cónsules generales, que en la práctica operan con rango de embajadores, consideró que el restablecimiento de las embajadas sería un paso bienvenido en la medida que sirva para profundizar en “programas económicos, productivos, de servicio y de reconocimiento de títulos”.

El ex Embajador de Chile hizo un llamado a la voluntad política y a no ideologizar la relación. “Lo peor que hemos cometido allá y acá es ideologizar la relación bilateral. Hay una cosa que no cambia: la geografía”, afirmó.

Con un llamado de profundo significado personal, Gabriel Gaspar cerró su intervención apelando a la identidad compartida más allá de las fronteras políticas. “Pertenezco al pueblo aymara por padre y madre. Cuando recorro Puno, Cusco, Juliaca, La Paz o estoy en el norte argentino, uno se da cuenta que está en el mismo territorio”, concluyó, dejando en el aire la pregunta de si los Estados están a la altura de esa realidad geográfica y cultural.

La entrevista, que inició cuestionando la construcción de zanjas, terminó delineando un puente: un llamado a avanzar en el reconocimiento mutuo, a recuperar la confianza y a poner la imaginación al servicio del desarrollo integrado, porque los desafíos del siglo XXI —desde la inteligencia artificial hasta las nuevas confrontaciones globales— exigen que Sudamérica se presente más cohesionada que nunca.