Asesor del Presidente Tabaré Vázquez (2005/2009), Embajador de Uruguay (2009/2014 y 2015/2017) y ex Vice Canciller de la República (2017/2020)
Según un estudio de opinión pública realizado recientemente en Uruguay, la figura política extranjera que más simpatías genera en nuestro país es el Presidente salvadoreño Nayib Bukele con un 45% de valoraciones positivas, seguido por Lula Da Silva (33%), Javier Milei (30%) y Donald Trump (25%). Más atrás aún, el presidente del gobierno español Pedro Sánchez (11%), la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum y el de Colombia, Gustavo Petro (10% cada uno).
La simpatía que genera Bukele entre los encuestados que se definen como de centro derecha y derecha es alto (52%) y no es despreciable entre los frenteamplistas: 41% de juicios favorables y un 29% de juicios desfavorables, lo que arroja saldo de + 12 solo superado por Lula Da Silva ( +47) y por delante de Xi Jinping (+8), Claudia Sheinbaum (+5) y Pedro Sánchez (+3).
Cierto que el nivel de simpatía de un referente político no implica aprobación o apoyo a su gestión. De hecho, es altamente posible que, excepto las seguridad, otras políticas del gobierno de Bukele no sean conocidas y aún algunos aspectos de ésta (deterioro de la institucionalidad democrática, retrocesos en materia de libertades y derechos, pactos con las maras) sus costos no sean evaluados favorablemente, pero más allá de estas consideraciones los resultados muestran que su figura despierta atractivo en diferentes tiendas políticas.
Ello puede parecer extraño en Uruguay, un país con fuerte institucionalidad democrática, arraigado sistema de partidos políticos y escaso apego a los liderazgos unipersonales (que ni siquiera prosperaron en el gobierno dictatorial 1973/1984). Más aún si se tiene en cuenta que la coalición de centroizquierda Frente Amplio triunfó en las elecciones nacionales celebradas en a fines del año 2024 y que desde el 01.03.2025 Yamandú Orsi preside uno de los pocos gobiernos identificables como progresistas en la región.
Sin embargo no debiera ser sorprendente. Aunque menos estructurados, con menor apoyo electoral y sin un liderazgo personal consolidado, también en Uruguay existen -y desde hace mucho tiempo- diversas expresiones de extrema derecha. Menos coloridas y estridentes que las de países vecinos (como lo es el Uruguay respecto a los mismos) pero no menos reaccionarias en lo político, retrógradas en lo social y dispuestas a enfrentar la agenda progresista. No se presentan (… aún?) como movimientos que aspiran a crear un nuevo orden o que batallen por una visión alternativa del futuro. La utopía parece relegarse de manera casi exclusiva al retorno de una arcadia regresiva que abarca, entre otros componentes, imponer orden en el plano moral y aplicar mano dura a la delincuencia.
Asimismo, este país que en el pasado fue considerado -exageradamente…- “la Suiza de América”, no es ajeno a la realidad latinoamericana y la violencia e inseguridad son, desde hace ya varios años, la mayor preocupación de la población así como la principal debilidad de sucesivos gobiernos. No es de extrañar entonces que ante la persistencia del problema resulte atrayente un gobernante joven que en su país -marcado por décadas de conflictos y violencia- lo gestiona con criterios no necesariamente compartibles y medidas probablemente reprobables pero con resultados impactantes y una vigorosa estrategia comunicacional. Tan es así que hasta el Presidente Orsi, en declaraciones que luego relativizó ante la sorpresa y preocupación que generaron en filas oficialistas , manifestó meses atrás que el del Bukele es un modelo a estudiar.
Sin pretender diluir o eludir su dimensión local, la encuesta referida da cuenta de una problemática multifactorial y no exclusivamente uruguaya: la creciente complejidad de nuestras sociedades; las también crecientes dificultades de la política y la democracia para leer, interpretar y gestionar la diversidad, desigualdad, tensiones e insatisfacciones que anidan en las mismas; la emergencia de derechas extremas sin racionalidad estratégica y con liderazgos desbocados; y las dificultades de la izquierda para ampliar su horizonte estratégico, retomar la iniciativa y encontrar su lugar en el mundo actual.
Tal vez esa búsqueda le está resultando difícil porque aún sin proponérselo ni advertirlo perdió la costumbre de cuestionar la realidad y de cuestionarse a sí misma. Hay que retomar esa costumbre que a veces puede resultar incómoda, pero nunca es en vano y siempre ayuda.
