Editora Internacional Página 19
Una treintena de candidatos, un cómico, una boleta del tamaño de un mantel individual y más de la mitad del país sin saber a quién votar. La boleta electoral que recibirán los votantes es enorme (por decir lo menos): deberán elegir entre 35 candidatos a presidente. Hay políticos profesionales, pero también un cómico de televisión, exalcaldes, ingenieros, empresarios, un rector universitario y el infaltable excómplice de gobierno que hoy es aliado de su antiguo enemigo. La fragmentación es tal que ni siquiera la inhabilitación de figuras como el expresidente encarcelado Pedro Castillo o Martín Vizcarra ha logrado reducir la oferta electoral. Acción Popular, el histórico partido fundado por Fernando Belaúnde Terry, ni siquiera logró inscribir candidatura.
Así se presenta la jornada electoral que Perú vivirá este domingo 12 de abril, un proceso que los analistas ya describen como el más fragmentado e impredecible que ha producido América Latina en décadas.
El país andino llega a estas elecciones después de una década de vértigo institucional. Desde 2016, Perú ha tenido 6 presidentes. En el mismo período en que Estados Unidos tuvo dos mandatarios, en Lima los jefes de Estado pasaron como tren de carga: tres fueron destituidos por el Congreso en una sola legislatura. La frase «vacancia presidencial» se volvió parte del vocabulario cotidiano. El Congreso saliente es tan impopular que, si se presentara como candidato, obtendría menos votos que la opción «ninguno de los anteriores».
El domingo están llamados a votar 27.325.432 ciudadanos, según el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil. De ellos, 1.210.813 residen en el extranjero y sus papeletas viajarán miles de kilómetros para sumarse al recuento, porque no habrá voto digital. Llama especialmente la atención el bloque juvenil: 6,8 millones de peruanos de entre 18 y 29 años, más de una cuarta parte del padrón, pertenecen a una generación que tenía 12 años cuando empezó la debacle política. Su vida adulta ha transcurrido entre destituciones, congresos paralizados y presidentes que no duran más que una temporada de su k-drama favorito.
Entre los nombres que concentran la atención, está Keiko Fujimori (Fuerza Popular) se presenta por cuarta vez a la Presidencia, habiendo perdido los balotajes de 2011, 2016 y 2021; hoy ronda entre el 7% y el 14%; y Rafael López Aliaga (Renovación Popular, ultraderecha) lidera las encuestas con entre el 9% y el 15%, aunque su voto está muy concentrado en Lima. La gran sorpresa es Carlos Álvarez, humorista de profesión (un Zelensky peruano), cuyo discurso centrado en la seguridad ciudadana le ha valido entre el 5% y el 10% en los sondeos. Completan el cuadro César Acuña, el caudillo del norte y principal socio de la expresidenta Dina Boluarte; Alfonso López Chau, exrector de la Universidad Nacional de Ingeniería que aglutina a la izquierda capitalina; Roberto Sánchez, el candidato del castillismo; y Ronald Atencio, cuya coalición Venceremos ocupa el primer lugar en la papeleta, una ventaja psicológica enorme en un mar de 35 opciones.
¿El orden en la boleta importa? Cuando hay 35 candidatos, los electores indecisos tienden a votar al primero que les suena o al que ven primero. El sorteo de posiciones ha sido una lotería: la izquierda de Venceremos ganó el puesto 1; López Aliaga cayó en el puesto 33, casi al final, en clara desventaja. En unas elecciones normales esto sería un detalle menor. En Perú 2026 puede decidir quién pasa a segunda vuelta.
¿Cómplices involuntarios?
Pero el dato realmente sabroso es otro: en las últimas 22 encuestas publicadas entre enero y abril de 2026 por encuestadores como Ipsos, Datum, CPI y el Instituto de Estudios Peruanos muestran coincidencia en un punto: más de la mitad de los peruanos no sabe a quién votar o prefiere votar en blanco, viciado o anular. Este voto es, literalmente, la primera fuerza política del país, con un 30%. Le siguen los indecisos (21%) y la categoría «otros» (18%). Sólo después, muy por debajo, aparecen los candidatos de carne y hueso. O sea, el sistema de partidos ha fracasado en su función más elemental: ofrecer opciones reconocibles, confiables y que den solución a décadas de escándalos políticos. Probablemente, mañana los peruanos no voten porque crean en su democracia o en sus instituciones republicanas, sino porque el sufragio es obligatorio y la abstención se castiga con multa.
Y si no fuera suficiente, después de 30 años de Congreso unicameral (desde que Alberto Fujimori lo cerró con tanques en 1992), Perú regresa en gloria y majestad al bicameralismo. Más no será decorativo: el Senado concentrará un poder enorme. Podrá controlar al gobierno, elegir a los jueces del Tribunal Constitucional, nombrar al Contralor General y aprobar el presupuesto. Mientras que la vilipendiada Cámara de Diputados se quedará con tareas menores.
Sumemos a ello las vallas electorales, tan exigentes que un partido podría obtener un 5% de los votos a nivel nacional y aún así quedarse fuera del Senado; se necesita tener al menos 3 senadores electos o 7 diputados. En la práctica, una formación que logre un 5% de los votos podría conseguir sólo 1 o 2 senadores por la vía plurinominal y tendría que ganar en al menos 2 departamentos para no quedar excluida. El objetivo es reducir la fragmentación, que en el Congreso unicameral llegó a convivir hasta 13 bancadas diferentes, sin embargo, el riesgo es que se carguen por accidente a partidos con apoyos reales.
Seguridad electoral
Detrás del espectáculo electoral habrá un despliegue impresionante. El gobierno ha movilizado más de 100 mil efectivos entre policías y militares: 61.000 policías, 45.000 militares y 10.338 patrullas. Es más personal del que tienen algunos países enteros en sus Fuerzas Armadas. La seguridad electoral no es un chiste en Perú: hay antecedentes de violencia política y mucho temor a que los perdedores no acepten los resultados. Además, 487 observadores internacionales de 30 organizaciones (OEA, Unión Europea, entre otras) y 4.000 observadores locales de Transparencia vigilarán cada paso. El mundo está mirando, y con razón.
El jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales, Piero Corvetto, ha prometido que hacia la medianoche del domingo se tendrá procesado alrededor del 60% de los votos presidenciales. Priorizarán el recuento del presidente antes que el de los legisladores, porque la gente quiere saber quién ganó, no quién será el tercer senador por Arequipa.
¿Qué esperan los peruanos del próximo gobierno?
Según las encuestas, 3 cosas muy concretas: lucha contra la delincuencia, porque la inseguridad se ha disparado y la Lima aristocrática ya no es la ciudad tranquila de hace una década; fortalecimiento de la gestión pública, dicho de otro modo, que los funcionarios no roben; y estabilidad institucional, que el presidente dure más de un año sin que lo echen. Esta tercera demanda es la más irónica: en un país que ha destituido a 3 presidentes en una legislatura, la gente sólo pide que el próximo no sea el cuarto. Las expectativas son tan bajas que hasta eso parece difícil, hasta imposible.
Viaje al futuro
Hagamos un ejercicio de futurismo responsable. Este domingo, en primera vuelta, nadie alcanzará el 50%. Los dos más votados —probablemente López Aliaga y Keiko Fujimori, aunque Carlos Álvarez o la alianza Venceremos pueden dar la sorpresa— pasarán a un balotaje el 7 de junio. Puede ser un duelo entre dos candidatos de derecha o entre derecha e izquierda. El electorado, ya exhausto, probablemente votará con desgana. La participación podría caer por debajo del 75%, rompiendo la tradición peruana de altos niveles de votación.
En el Senado, las nuevas vallas reducirán el número de bancadas. En lugar de trece fuerzas, la cámara alta podría tener entre tres y cinco. Eso, en teoría, facilitaría la gobernabilidad. En la práctica, podría significar que una minoría compacta controle la cámara más poderosa. Y luego está la pregunta del millón: ¿quién gobierna un país con un presidente elegido por un 15% de los votos en primera vuelta? Porque eso es lo que probablemente ocurra. Keiko Fujimori pasó a segunda vuelta en 2021 con apenas el 13,4%. Si eso se repite, el próximo presidente nacerá herido de muerte. Y en un país donde tres mandatarios han sido destituidos, eso no es un detalle menor: es una sentencia.
Perú no es un caso único en el mundo. La desconfianza en los partidos, la fragmentación política y la erosión institucional son fenómenos globales. Pero Perú los ha llevado a un extremo digno de estudio. Este domingo, 27,3 millones de peruanos votarán. Más de la mitad no sabe a quién votar. 35 candidatos compiten. Un sistema bicameral nuevo se estrena en medio del caos. Y hacia la medianoche, cuando se procese el 60% de los votos, empezaremos a ver algo de luz en este laberinto. O quizás no. Quizás sólo sea el reflejo de nuestra propia confusión.
Pero hay algo que sí podemos decir con certeza: en América Latina, y quizás en el mundo, no hay una elección más fascinante, más impredecible y más compleja que esta. Así que prepare las palomitas. El domingo, Perú vota. Y nadie, absolutamente nadie, sabe cómo va a terminar.
