jueves, junio 4, 2026
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El tecnopoder desembarca en Chile

 

Peter Thiel no viaja por placer. Es uno de los inversionistas más influyentes del mundo, un hombre que supo detectar a tiempo el potencial de Facebook, que construyó su fortuna en PayPal y que hoy, a través de Palantir, es el principal proveedor de software de inteligencia artificial para el Pentágono, la CIA, el FBI y el aparato militar de Israel. Su gira por Sudamérica -que incluyó escalas en Ecuador y Argentina antes de llegar a Chile- no fue turística. En Buenos Aires se reunió con Javier Milei; en Santiago, con el presidente José Antonio Kast, con Johannes Kaiser y José Piñera.

¿El denominador común? Todos son figuras de la nueva derecha dura, antiglobalista en el discurso pero profundamente integradas en redes transnacionales de poder. Es otro tipo de globalización. Comparten su admiración por el liberalismo extremo de Orban, el desprecio por la política tradicional, por las democracias latinoamericanas y lo que llaman despectivamente “avances del wokismo”. Milei y Kaiser representan la vertiente más radical del libertarismo, con influencias directas del anarcocapitalismo estadounidense. Y José Piñera, el arquitecto del sistema de AFP y del Código Minero chileno, es el eslabón que conecta el liberalismo de los ochenta con esta nueva ola: un hombre que cree que el «milagro chileno» puede replicarse con tecnocracia y privatización total.

Pero Thiel no vino sólo a inspirar a sus pares ideológicos. Vino a negociar. Según Kaiser, el magnate busca invertir en minería de metales en el Cono Sur. Esto no es menor: la transición energética y la expansión de la inteligencia artificial requieren cantidades masivas de cobre, litio y tierras raras. Chile y Argentina son actores centrales en esa geopolítica de los minerales críticos. Pero, pecaríamos de ingenuos si creyésemos que sólo vino a eso. Porque quizás, y más importante, Thiel vino a vender los servicios de Palantir.

Hermetismo total

No hubo comunicado de prensa, ni foto oficial, ni declaración conjunta. La reunión entre el presidente de Chile, José Antonio Kast, y el magnate Peter Thiel ocurrió en el más estricto secreto. Sólo se supo por filtraciones y entusiastas mensajes en redes sociales de los equipos de Piñera y Kaiser. En cada una de esas reuniones de cerca de dos horas, lo que se conversó fue una mezcla de negocios, filosofía política y diagnósticos apocalípticos sobre Occidente y cómo Palantir puede “acortar el camino” con ciencia, tecnología e innovación. 

Así es la llegada a la región de una fracción del capitalismo global que no cree en la democracia, que considera a los Estados nacionales como obstáculos obsoletos y que aspira a reorganizar la vida social, política y militar a partir de la inteligencia artificial y el control absoluto de los datos. A la fuerza. Para Palantir, su soberanía está por encima de cualquier persona, incluso de cualquier país que no sea EEUU o Israel.

La alianza entre sectores de la extrema derecha latinoamericana y la élite tecnológica estadounidense representa una amenaza concreta para los intereses de Chile y para los movimientos democráticos. Su dimensión más profunda e implicancias para la vida cotidiana requieren mirar más allá del titular y analizar en el ideario, los intereses de sus fundadores y las prácticas de la empresa que Thiel cofundó junto a Alex Karp.

El invisible imperio de la vigilancia algorítmica

Así, el capitalismo va tejiendo una tupida arquitectura donde la capacidad de control y de manipulación y violencia, sobre comunidades enteras depende de estas infraestructuras privadas transnacionales. Su existencia no es viable sin la colaboración de otros gigantes tecnológicos como Amazon, Microsoft o IBM, sobre las que se despliega, integra y escala a nivel global.  Pero, ojo, esto debe desarrollarse de manera paralela al control social, disminución del poder adquisitivo de la clase media, drástica merma en la calidad de la educación pública y en fuerte represión “preventiva” de los movimientos sociales para mantener a raya a los trabajadores, “sus” trabajadores.

¿Qué es exactamente Palantir? Para el público general, es un nombre extraído de la película de Peter Jackson, El Señor de los Anillos, que deriva de palan- (amplio y lejano) y -tir (vigilancia o guardián), en referencia a una piedra esférica que sirve para ver acontecimientos, lugares distantes, o para comunicarse con el usuario de otra de ellas. Para los servicios de inteligencia, es la herramienta más poderosa jamás construida.

Fundada en 2003 con financiamiento inicial de In-Q-Tel –el brazo de capital riesgo de la CIA–, Palantir desarrolló su tecnología mano a mano con los analistas de la agencia. Su propósito original era conectar los puntos que el 11-S había dejado sueltos: integrar bases de datos dispersas del FBI, la CIA y la NSA para prevenir ataques terroristas. El éxito fue rotundo. 

Su funcionamiento se basa en lo que denominan «modo de cambio», la empresa se incrusta en las arterias vitales de gobiernos y corporaciones tan profundamente que extraer su software es técnicamente imposible (o tanto como reemplazar el motor de un avión en pleno vuelo). 

Las plataformas que operan son Gotham que se utilizó para localizar el búnker de Osama Bin Laden en 2011. Luego llegó Foundry, para usos civiles y comerciales. Y más recientemente, AIP que integra modelos de lenguaje y análisis predictivo en tiempo real. Hoy, Palantir es el cerebro algorítmico de la maquinaria militar que identifica objetivos en Ucrania, planifica ataques en Gaza, optimiza las deportaciones masivas del ICE y que está desarrollando el «Golden Dome”, el sistema antimisiles de próxima generación impulsado por Trump.

Su poder es tal que el CEO, Alex Karp declaró sin pudor ni vergüenza alguna: «Me enorgullece poder ayudar a Israel en todo lo que podamos», mientras su empresa participaba activamente en la planificación de los bombardeos sobre Gaza y comparó su trabajo para el Pentágono con el Proyecto Manhattan. ¿Es una metáfora, también? No, están construyendo armas de inteligencia artificial a una escala que la opinión pública recién comienza a notar. Palantir es la fusión sin precedentes entre tecnología de punta, análisis de datos, inteligencia artificial y el aparato militar occidental. Su eficiencia es innegable, pero su poder sin supervisión democrática y su ideología explícitamente militarista plantean uno de los mayores debates contemporáneos sobre la privacidad, los derechos civiles y el futuro de las guerras automatizadas. 

La ideología tras el tecnopoder

La amenaza más apremiante para la soberanía nacional y para Chile en su conjunto (más allá de cualquier sesgo político-ideológico) es que estas empresas no creen que la libertad y la democracia sean compatibles. En su lugar, apuestan por modelos tecnocráticos administrados por corporaciones y CEOs que no están obligadas a rendir cuentas ni a la ciudadanía ni mecanismos de control estatal.

Tal fue el caso de Próspera, en la isla de Roatán, frente a las costas de Honduras, una ciudad-empresa libertaria creada durante la primera administración de Donald Trump para atraer inversiones extranjeras y ensayar un modelo ultraliberal con impuestos mínimos y normas propias al margen del Estado, cuando quien dirigía el gobierno era Juan Orlando Hernández (JOH) un abogado, y político hondureño, condenado por narcotráfico en junio de 2024 en Nueva York, pero recientemente indultado por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, cercano al polémicamente electo Nasri Asfura, y protagonista de los audios filtrados en el  Honduragate. La élite mundial ya decidió que la democracia es un estorbo.

Es más, ayer medios norteamericanos informaron que el mismo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, compró acciones de Palantir, semanas antes de elogiar públicamente la acción (con nombre y símbolo de cotización) en Truth Social.

Según los documentos presentados, Trump compró entre US$247mil y US$630mil en acciones de Palantir durante el primer trimestre del año. Sólo en marzo, se informa que realizó al menos siete compras separadas de Palantir, con un valor combinado de hasta US$530mil. Los registros también muestran miles de transacciones a lo largo del primer trimestre, totalizando cientos de millones de dólares, con cada operación divulgada sólo como un amplio rango de valor en dólares por la Oficina de Ética Gubernamental de EE.UU.

Chile: ¿socios estratégicos o tecnocolonia?

Más allá de si el Presidente de Chile (o sus ministros a cargo de temas estratégicos como seguridad, defensa, ciencias y cancillería) se reunió o no en secreto con Thiel –per se gravísimo e irregular-, ¿qué significa que un mandatario en ejercicio y sus colaboradores se codeen con quienes propugnan activamente el fin de la democracia liberal? Es legítimo preguntarse también: ¿qué se discutió? ¿se ofreció a Palantir contratos con instituciones chilenas? ¿Se comprometió el gobierno chileno a utilizar sus plataformas de vigilancia masiva en el marco de la «guerra contra el crimen organizado»? ¿Se discutió la posibilidad de que Palantir acceda a bases de datos de ciudadanos chilenos, incluyendo registros civiles, migratorios, tributarios y de salud? 

Ninguna de estas preguntas ha sido respondida. Los contratos reservados dejan abierta la  puerta hacia la opacidad. Y, el silencio del Ejecutivo, sólo alimenta aún más aquella sospecha. La traición a la Patria puede estar a la vuelta de la esquina.

El problema es ético y legal; pero también es estratégico. Incorporar plataformas como Palantir a la infraestructura estatal chilena significa atar la soberanía del país a los intereses de una empresa que ha jurado lealtad a terceros. En su manifiesto, Palantir es explícita: su deber es con EEUU y con Israel. ¿Qué pasará cuando los intereses de Chile y los eje Washington-Tel Aviv entren en conflicto? ¿Quién controlará los datos de los chilenos? ¿Qué garantías hay de que no serán utilizados para fines migratorios, policiales o militares contrarios a la propia ley chilena o, incluso, a la Constitución Política de la República de Chile?

La experiencia internacional sobre el uso de empresas Palantir para seguridad y defensa es que, por ejemplo, el ICE la utiliza para localizar y deportar inmigrantes, cruzando datos de salud, crédito y redes sociales. El ejército israelí lo usa para seleccionar objetivos civiles en Gaza, con un saldo de decenas de miles de muertos. Y sólo por nombrar un par. ¿Quiere Chile que sus fuerzas de seguridad adopten esas mismas lógicas? ¿Tiene algo que ver con la reciente decisión del gobierno de solicitar información sobre inmigrantes a establecimientos de educación y centros de salud?

El doble discurso de la derecha latinoamericana

Hay una ironía profunda en todo esto. La derecha en Chile, Argentina y otros países de la región se construyó sobre un discurso que defiende a rajatabla la soberanía nacional a las Fuerzas Armadas, nuestras fronteras, el rechazo a la injerencia extranjera y la crítica a lo que llaman «globalismo». Sin embargo, no hay problema en abrir las puertas al “imperialismo” tecnológico, a pesar de que hoy es la amenaza más importante a nuestra soberanía nacional. Más aún cuando el liberalismo conservador es tan selectivo: cuando se trata de rechazar acuerdos ambientales o de derechos humanos,  la soberanía es lo primero, pero la olvida rápido cuando se trata de abrir las puertas al capital financiero o, ahora, al capital digital. El «Chile, país de propietarios»  o “Chile, país de microempresarios”, se transforma fácilmente en «Chile, país de clientes de Palantir».

Sumemos a ello, la conexión ideológica entre el pensamiento de los socios de Palantir y el de estos “líderes” de derecha. No es casualidad que el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance -ex empleado de Thiel- sea un referente para esta nueva derecha. Se está tejiendo una internacional reaccionaria que une a nacionalistas, libertarios y tecnófilos en un mismo frente.

Esta «Internacional Reaccionaria» busca reemplazar la deliberación democrática -siempre lenta y «estorbosa» como afirma el CEO de Palantir- por la eficiencia corporativa de una empresa que ha jurado lealtad exclusiva a los intereses de los jerarcas anarcocapitalistas. En el segundo trimestre de 2025, Palantir reportó ingresos netos de 327 millones de dólares (un aumento del 144%), consolidando su poder financiero mientras erosiona la soberanía de los datos nacionales.

En fin, ante este panorama es fácil para un ciudadano cualquiera, como usted o como yo, caer en el alarmismo, el miedo y la parálisis. La tecnología parece tan avasallante, el poder de Thiel tan inmenso, que cualquier intento de resistencia parece inútil. Pero ese es justamente el efecto que buscan instalar, la idea de que no hay alternativa, que la democracia está obsoleta, que la única opción es subordinarse a una gran «República tecnológica» mundial. 

Chile no puede permitirse ese derrotismo. Las tecnologías digitales no son inherentemente malvadas; son campos de disputa.  Pueden usarse para controlar, pero también para liberar. Pueden concentrar poder, pero también democratizarlo. La tarea política es precisamente esa: disputar el sentido de la tecnología, construir capacidades públicas, auditar algoritmos, garantizar la transparencia. Abandonar esos espacios es entregarles el trofeo.

En el caso concreto de Palantir, la respuesta debe incluir el plano legislativo, se requiere una ley que impida la cesión de datos sensibles a empresas extranjeras sin control democrático; el plano judicial, la Contraloría y el Consejo para la Transparencia deben investigar cualquier posible contrato reservado; y el plano social, organizaciones civiles, sindicatos y universidades deben organizarse para exigir cuentas y, si es necesario, movilizarse contra la instalación de estas plataformas. 

La campaña Purge Palantir en Estados Unidos es un ejemplo a seguir: presionar a hospitales, universidades y gobiernos locales para que rompan vínculos con la empresa. En Chile, esa presión debe comenzar ahora, antes de que los contratos estén firmados y la dependencia sea irreversible.

La democracia es siempre un proyecto en construcción 

La visita de Peter Thiel a Chile es la confirmación de que la era de la vigilancia ya está aquí. Palantir ya opera en decenas de países, sus algoritmos ya procesan millones de vidas, su ideología ya permea las élites globales. Lo que ocurrió en Santiago es apenas un eslabón de una cadena muchísimo más larga.

Pero la historia no está escrita en piedra. La democracia liberal, con todas sus limitaciones y contradicciones, sigue siendo el único sistema que reconoce la dignidad de las personas, la necesidad del debate público y la posibilidad de cambiar el rumbo colectivamente. Contra el fatalismo tecnológico, hay que afirmar que otro mundo digital es posible: uno donde los datos no sean un arma, sino un bien común; donde la inteligencia artificial no decida quién vive y quién muere; donde las élites no puedan reunirse en secreto para trazar el destino de naciones enteras.

No basta con pedir información y transparencia. La ciudadanía debe exigir respuestas, los medios deben seguir investigando, las universidades deben formar pensamiento crítico. Y, sobre todo, hay que recordar que el poder de Thiel y Palantir no es absoluto: depende de gobiernos que les compren sus servicios, de legisladores que les otorguen legalidad, de medios de comunicación que ocultan información, de periodistas y políticos cómplices, y de ciudadanos que consientan esto pasivamente. 

Si la democracia es un obstáculo para la eficiencia de la IA en un mundo en guerra permanente, la pregunta final nos interpela a todos: ¿Estamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad por la fría promesa de una seguridad algorítmica gestionada desde Silicon Valley? La lucha por la democracia en el siglo XXI será también una lucha por la tecnología, por nuestros datos e información personal. Y esa lucha comienza con algo tan simple como preguntar: Presidente Kast, ¿de qué habló realmente con Peter Thiel y qué se negoció a puertas cerradas? Todo Chile tiene derecho a saberlo.