Elecciones en Honduras: en cuenta regresiva

Foto de Héctor Emilio Gonzalez en Unsplash

La advertencia es unánime: desde organismos internacionales hasta la sociedad civil hondureña, todos alertan de que el proceso electoral del 30 de noviembre se desarrolla en el ambiente más tóxico desde el golpe de Estado de 2009. Pero esta crisis interna se desarrolla bajo la sombra de un actor externo cuya paciencia se agota y cuyo poder militar ya está en posición. No es una hipótesis; es una realidad operativa llamada Operación Southern Spear.

Al interior, la descomposición es evidente. El Consejo Nacional Electoral (CNE) y el Tribunal de Justicia Electoral (TJE) están fracturados por luchas partidistas. El Ministerio Público, actuando como brazo persecutor del oficialismo de LIBRE, amenaza con cárcel a magistrados y consejeros electorales. Las Fuerzas Armadas, en un movimiento que hiela la sangre, han solicitado copias de las actas de escrutinio, un acto de injerencia castrense que recuerda los peores días de la Guerra Fría.

Discurso intervencionista y contradicciones en la política de EE.UU.

En una audiencia del subcomité del Hemisferio Occidental del Congreso estadounidense, la representante María Elvira Salazar (PR-Florida) no sólo redujo la «lucha por elecciones libres en Honduras” a la defensa de los intereses estratégicos de Washington, sino que realizó una enérgica defensa del golpe de Estado de 2009 y sugirió que las Fuerzas Armadas podrían tener un papel que desempeñar en el actual proceso electoral. Al cuestionar que los militares busquen acceso a las actas electorales, Salazar elogió explícitamente la expulsión del entonces presidente Manuel Zelaya, afirmando que en esa ocasión las Fuerzas Armadas «salvaron al país», en lo que fue interpretado como un mensaje de apoyo a una potencial injerencia castrense.

La postura de la congresista republicana evidenció una profunda contradicción en la política exterior estadounidense. Mientras afirmaba que el comité, el Departamento de Estado y la administración Trump enviaban un mensaje a favor de la democracia, este supuesto respaldo no se concretó con el envío de un observador oficial del Departamento de Estado para los comicios. La audiencia, que listó como «señales de alarma» el acercamiento de Honduras a China, la condecoración a Nicolás Maduro y la cooperación con Cuba, culminó con la advertencia de Salazar de que Estados Unidos «estará atento» el día de las elecciones, consolidando un tono que prioriza abiertamente sus intereses geopolíticos por encima de la neutralidad democrática.

En este contexto, la comunidad internacional ha elevado su voz. La OEA y la ONU hacen lo de siempre: condenar, alertar y llamar al diálogo. Pero sólo queda en eso, en el papel. Sin embargo, la advertencia más significativa vino del subsecretario de Estado de EE.UU., Christopher Landau: “Responderemos con rapidez y firmeza a cualquier atentado contra la integridad del proceso”. ¿Esto es sólo una declaración diplomática, una advertencia política o un ultimátum de EEUU?

Honduras es uno de los países más pobres y desiguales de América Latina, marcado por una permanente inestabilidad política.

Tras el golpe de Estado, que depuso a Manuel Zelaya en 2009, fundó el partido Libertad y Refundación (LIBRE) con su esposa como figura principal.  Hoy Xiomara Castro de Zelaya va por la reelección, pero en un entorno muy distinto regional muy distinto y la trayectoria política de Castro está intrínsecamente ligada a la de Zelaya, cuyo gobierno experimentó un notable viraje hacia el llamado «populismo refundador» sudamericano. Este giro, caracterizado por la crítica a los tratados de libre comercio con Estados Unidos, el acercamiento a Venezuela y la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), y un intento de reformar la Constitución, la enemistó con las élites tradicionales del país.  

La vinculación de Castro y su partido con la izquierda bolivariana, cercana a regímenes como los de Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia, se ha evidenciado en su política exterior, donde ha buscado reivindicar la agenda del ALBA que su esposo comenzó a impulsar. Un claro ejemplo de esta sintonía fue su presencia como única jefa de estado extranjera en la conmemoración del Bicentenario de Bolivia, durante el gobierno de Luis Arce del Movimiento al Socialismo (MAS). Su asistencia fue un gesto diplomático, un apoyo tácito y contundente, que refrenda su pertenencia a este eje político-ideológico y su distanciamiento de la órbita de influencia tradicional de Estados Unidos en la región.

La opción low cost

Salvador Nasralla (72) es uno de los personajes más conocidos en Honduras. Todos saben quién es al ver una imagen suya: “El señor de la televisión”, “el Ingeniero”, hoy es relator de fútbol, periodista deportivo y candidato presidencial del Partido Liberal.

En el complejo rompecabezas hondureño, Salvador Alejandro César Nasralla Sallum representaría para Estados Unidos la solución casi perfecta. Su historial lo sitúa como un aliado natural para los intereses estadounidenses en la región.

De nacionalidad chileno-hondureña, el Ingeniero Civil en la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC) educado en la sede de San Joaquín (Santiago) durante la dictadura de Pinochet, no oculta su admiración por las medidas neoliberales implementadas en ese período: «Estando yo en Chile, pude experimentar un notable cambio de un país empobrecido donde hacíamos cola para todo, y a partir de las medidas económicas que toma se convierte en una potencia latinoamericana». Y su relación no es sólo abstracta: es amigo de Marco Antonio Pinochet, el hijo menor del dictador. Fue él quien le conseguióuna entrevista exclusiva con el dictador en 1984.  

Es también un gran admirador de Nayib Bukele y las políticas de seguridad implementadas en Argentina por Javier Milei.

Otro punto a favor es que ha declarado que, de ganar, romperá relaciones con el gobierno de Nicolás Maduro. Esto golpearía directamente el eje de influencia chavista en la región, un objetivo estratégico primordial para la política exterior de EE.UU. y un triunfo inmediato y sin costes militares, políticos o de imagen para Washington.

Además, un gobierno de Nasralla ofrecería una transición ordenada: expulsaía la influencia de Cuba y Venezuela, realinearía la política exterior con Occidente y  las políticas económicas afines a los intereses norteamericanos, todo ello sin necesidad de una intervención directa. Es la opción low-cost.

Por las buenas o por las malas

La Operación Southern Spear fue oficialmente lanzada para desarticular redes de narcoterrorismo, pero su despliegue frente a las costas de Venezuela la convierte en un brazo armado listo para la acción en el Caribe y Centroamérica. ¿Qué papel podría tener si el desorden interno sigue su curso in crescendo, los actores políticos insisten en profundizar la crisis y el día de la elección se vuelve caótico?

El escenario ideal para los hondureños es que todo transcurra con normalidad y transparencia y que demuestren al mundo que la democracia es el único camino para gobernar a un pueblo, dar respuesta a sus demandas y solución a los desafíos nacionales. Sin embargo, este parece no ser el camino hasta ahora. Si el oficialismo de LIBRE se aferra al poder mediante un fraude, desatando el caos, la Operación Southern Spear podría tener el pretexto perfecto.

Bajo la bandera de «restablecer el orden» y «evitar una crisis humanitaria», ¿podría desplegarse para «aplastar» la resistencia y forzar una salida que, tarde o temprano, instalaría en la presidencia a una figura afín, alguien como Nasralla? Sería una demostración de fuerza para toda la región.

Un candidato afín podría por ejemplo “realinear” Honduras y acercarlo a países aliados a EEUU como El Salvador, debilitando a los aliados de Venezuela en la región. O sea, no habría intervención directa, pero la presencia de marines estadounidenses y despliegue militar aseguraría el resultado.

¿Honduras se encamina hoy a las urnas con su soberanía en la cuerda floja? La elección no es sólo entre proyectos políticos domésticos, sino entre convertirse en un aliado de EE.UU. de manera voluntaria o ser forzado a ello mediante la presión y la sombra de la intervención militar.

La victoria limpia de un candidato afín a Washington le evitaría un dolor de cabeza y sería un triunfo geopolítico en bandeja de plata.

Si el camino democrático se cierra, EE.UU ya está en posición: la alineación con sus intereses no sería una opción, sino inevitable, por las buenas o por las malas.