Entre la protesta social de octubre y la pandemia del Covid-19 desatada oficialmente en marzo se lanzó en la Casa de Memoria José Domingo Cañas de Santiago, el libro “De memoria: Entre arpilleras y carbón de piedra” de Arinda Ojeda Aravena. Había esperado largamente esta publicación desde que leí una versión previa e inédita el 2003, cuando fui hasta Concepción a conversar con ella para la tesis de magíster que luego se convirtió en el libro Mujeres en Rojo y Negro, donde ella es una de las protagonistas.

En adelante realicé muchas otras entrevistas, y he leído casi todo lo que se ha publicado sobre mujeres que militaron en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR de Chile, especialmente lo testimonial. Aún así, hasta hoy continúo citando extractos de ese manuscrito impreso que leí en pocas horas una tarde de enero con ese viento penquista y antes de ver juntas Matrix, descubriendo gustos comunes que nos reconectaron luego de años de no vernos.

La versión editada por Victorina Press recién este año, es -por supuesto- más depurada que el manuscrito que leí. Y, al mismo tiempo, mantiene la frescura que me llevó a terminar furiosa el relato en pocas horas.

Arinda, fue militante del MIR y en el mismo periodo fue madre, vivió el exilio en Italia y el retorno clandestino a Chile en plena dictadura. Fue detenida y estuvo encarcelada entre 1981 y 1989, lapso al que se acota principalmente este texto de memorias personales y políticas, con flash backs que retornan intercaladamente al día del Golpe, la vida en Cuba, la clandestinidad.

El libro tiene la particularidad de relatar una vida especialmente transgresora sin condescendencias, desde un lugar crítico que evidencia la tensión entre la militancia, la madre, la escritora, la mujer. Posiciones en tensión en tanto no eran las que se esperaban para su devenir, ni roles que tuvieran conjuntamente la mayoría de sus congéneres.

Al mismo tiempo, es una reconstrucción de memorias que ostenta la belleza de la buena escritura, esa que atrapa y te hace ver imágenes de lo narrado, esa que no solo seduce por lo que dice sino por cómo lo hace. Y es que Arinda no es neófita en la escritura. Estando prisionera en la cárcel de Coronel, región del Biobío, publicó su poemario “Mi rebeldía es vivir” en 1988, y años más tarde, en 1993, “Cristal de Luna negra”. La han incluido en numerosas antologías, y ha sido publicada y leída más allá de las fronteras nacionales. Y se nota.

De memoria trata acerca de los recuerdos de Arinda sobre su propia experiencia, y es también un relato coral de esas otras vidas que se cruzaron con la de ella, sobre todo las de sus compañeras de prisión del COF (Centro de Orientación Femenina) y Coronel.

La precaria clandestinidad de la militancia profesional, los amores interrumpidos por el compromiso político. Las conversaciones en Cuba con Lucía Vergara, la Piti -también del MIR y asesinada en 1981 en lo que se conoce como “Fuenteovejuna”- sobre esta manera extraña en la que estaban siendo madres, los dolores de lo que dejó para continuar su militancia. Los enfrentamientos con las monjas del COF por hacer la cotidianidad más digna y la estufa a carbón lograda en Coronel. Los lazos de amor entre mujeres, sus compañeras de prisión, tejidos al calor de largas horas de convivencia, tras las que pudieron adivinar a la otra incluso por el sonido que hacía al cepillarse los dientes.

La autora no recrea el testimonio de una víctima inmóvil sacudida por las fuerzas del destino, sino que reivindica su agencia y la capacidad de elegir, incluso cuando esto le implicó dolor o pérdidas. Tampoco es la historia de una heroína implacable y sin fisuras, con la certeza de estar siempre en lo correcto. Son los detalles, no siempre son incluidos en este tipo de memorias, los que le dan a este texto los matices de la humanidad y la perspectiva del paso del tiempo. El cariño por Hugo, preso común que cumplía condena por asesinar a su esposa, quien siempre las ayudó incondicionalmente en Coronel. Las risas de la cárcel y la vida cotidiana con sus compañeras, que salían una a una mientras Arinda continuaba esperando su libertad. Los días de esos largos años resumidos en pocas hojas y una selección de recuerdos para compartir.

En tiempos de protesta social y repunte feminista, este libro llega oportunamente. Porque nada de lo que hoy tenemos y pensamos, ninguna de las que nos nombramos feminista sin reparos, o exigimos dignidad en las calles, seríamos las que somos sin estas historias previas, sin experiencias como las de Arinda que nos han ensanchado las fronteras de lo posible. Podemos o no conocerlas, pero es evidente que nos abrieron caminos a quienes hoy reivindicamos la necesidad de una vida mejor, más digna, y libre, con igualdad y a la vez reconocimiento de las particularidades e identidades y roles que nos cruzan, aprisionan y a la vez nos posibilitan tomar posición.

Conocer la historia de Arinda es acercarse a la historia de muchas, y entender que la excepcionalidad a veces es más cotidiana y cercana de lo que creemos. La pluma de esta escritora es un extra que facilita la tarea, pudiendo leerse como ficción los recuerdos de un tiempo que -más que nunca- se actualiza con el presente, y nos permite reflexionar sobre cuestiones todavía pendientes respecto del futuro que estamos construyendo a golpes, porrazos y esperanzas.