
Los chilenos eligieron como Presidente de la República a un descendiente alemán de controversial historia familiar, partícipes bávaros de la cultura nacionalsocialista de los años 30. Como se sabe, esa ideología se incubó, en una época en la cual las ambiciones expansionistas del Kaiser alemán, después de ser derrotado en la I Guerra Mundial, dejó a ese país en la más espantosa pobreza.
Alemania no sólo perdió esa guerra e importantes territorios de su territorio llamado Reichstag, sino que fue forzada a pagarles a los vencedores brutales compensaciones económicas durante generaciones. Ello fue a costa de hambrunas, y una profunda crisis social en la que por incapacidad de las oligarquías sufrió la anarquía, la violencia, la delincuencia y la falta de futuro.
La emergente ultraderecha alemana de origen social cristiano buscó en el antisemitismo un chivo expiatorio. Decían que por una parte les esquilmaba el capitalismo judío y por la otra, el judaísmo socialista el cual quería cambiar radicalmente la sociedad aria. En el caos, el partido nazi surgió como una respuesta anhelada a la crisis. Sin duda, en ese proceso, sus líderes fueron muy sagaces en capitalizar la profunda desazón alemana y a través de su propaganda, instalaron la percepción de que existía solo una puerta de salida hacia la salvación del reino, el Reich. Año tras año, fueron demoliendo la vetusta democracia formal del país para instalar lo que llamaron el Gobierno de Emergencia (Notstandsregierung). El drama de fondo es que todas las reglas que sostenían el antiguo orden mundial, incluyendo la democracia, eran ya inoperantes.
En la reciente elección presidencial chilena, el candidato ganador tuvo la astucia de alinear impecablemente su ideario de lucha de que todas las reglas que sostenían el viejo orden estaban superadas, con las frustraciones que corroían la vida de los chilenos.
Educado en el más puro anticomunismo, heredero de la cultura supremacista alemana, encontró inteligentemente en la crisis chilena actual una gran oportunidad política para proyectarse. El nicho post versallesco, de crisis ampliada y que no había alternativa dentro de lo tradicional ya estaba instalado.
Al igual, qué en la Alemania de los 30, la minoritaria izquierda extrema, estaba más preocupada de ajustar la realidad del país a la ya antigua teoría revolucionaria, y la otra, la socialdemócrata, en cómo continuar viva pese al vendaval. En este devenir, sorprende que solo después de la enorme derrota electoral sufrida, recién están dándose cuenta de los profundos cambios que han ocurrido entre los chilenos, en sus conciencias, cultura y valoración de la historia política del país.
La izquierda, en general, pareciera haberse quedado congelada en su antigua forma de lucha, darle con todo al de la vereda del frente, parte de su iconografía, la que en 50 años que han transcurrido desde el Golpe de Estado que asesinó a Allende, ya no es deseo ni imagen de las nuevas generaciones.
En este cuadro, pareciera ser que la otrora muy valiosa izquierda chilena ya no pasa por un simple reflujo, sino que está inmersa en una extinción política final. Su nonagenaria dirigencia y forma de hacer política pareciera ser incapaz de comprender el cambio de época que ocurre, y por ende de recrear su proyecto político.
En general, durante las últimas décadas, su quehacer se transformó en una actividad funcional al sistema, quizás con la sola excepción del periodo del retorno a la democracia en los años 90. Sus militantes y estructuras partidarias, ya no están inmersas en la sociedad y en sus posibles procesos de cambio, sino solo son pertinaces clientelas burocráticas que han transformado la función pública y el Estado, en su razón principal de ser.
Pero, otra cosa es ver la crisis actual desde más lejos, desde la distancia ciudadana. La ya decadal baja producción económica del país, el serio encarecimiento de los bienes públicos que produce el Estado, el gran entramado burocrático estatal de permisos que todo lo deprime, la ausencia de castigo a la corrupción de los poderes del Estado, el gasto en políticas y acciones superfluas y la falta de ética y control, que ampara una profunda corrupción hormiga, terminaron por hastiar a los chilenos, esta vez, alcanzando a estratos sociales muy extensos antes no involucrados. Entonces, la suerte del ancien régimen chileno estaba echada.
En este contexto el drama de la centroizquierda fue ¿qué ofrecer entonces a un electorado que ya no responde a la iconografía política clásica de “pueblo”, cansado del desorden migratorio, hambriento de mayor ascenso económico y políticamente anodino?
Con un gobierno de inexpertos millennials, muy instruidos en la alta academia, pero con una brutal falta de sentido común y experiencia práctica en gobernar, era muy difícil apostar. Además, estos noveles gobernantes nunca supieron del hambre ni de apremios pues los diferentes gobiernos democráticos que les antecedieron les dejaron el refrigerador lleno y muchas becas para estudiar gratis y acomodados en los centros mundiales de la cultura capitalista occidental. Estos, premunidos de una fútil ideología de modernidad, despreciaron todo lo que habían hecho los “viejos gobernantes”, inferiores moralmente según sus bisoños líderes.
Pareciera ser que esta Nueva Izquierda, conformada principalmente por personajes asépticamente ahistóricos nunca supieron que el desarrollo democrático de un país es siempre producto de largos procesos de consenso y de sabias experiencias en crear valor, en trabajar estoicamente y gobernar para muchos, con distintos valores. Al ver el derrumbe, los viejos gobernantes salieron a sostener al gobierno aportando su experiencia y capacidad de gestión.
En estas circunstancias era muy difícil que los chilenos eligieran a la candidata presidencial de las izquierdas; que ganó en una pequeña primaria y que, en general, ofrecía más de lo mismo. Ante la incertidumbre, los chilenos votaron mayoritaria y pragmáticamente y no ideológicamente como lo habían hecho antes, buscando con ello al menos: lograr una perspectiva llamando al orden y al progreso en el país. La promesa post versallesca de la ultraderecha calzaba entonces perfectamente y el candidato fue elegido por amplia enorme mayoría nacional compitiendo y ganándole también a la envejecida Derecha tradicional, que aún no entiende que ha pasado.
Pero, nada asegura que el futuro gobierno de Chile vaya a cumplir lo prometido y anhelado por esa mayoría pragmática que lo eligió. El presidente entrante pareciera ser una personalidad modesta en ideas, pero con una enorme astucia para conectar discursiva y anímicamente con el sentimiento ciudadano chileno de estos tiempos. Su gracia y oportunidad histórica es precisamente esa. En él, también parece encarnarse profundamente el viejo lema decimonónico de Augusto Comte de «Orden y Progreso». Para lograrlo, se requiere ser un conductor, ordenar las cuentas recortando el abultado gasto público, disolver el poder de los antagonistas y construir una nueva visión del mundo en el imaginario social chileno, una nueva Weltanschauung que reencante nuevamente a la ciudadanía.
Pero lo que el futuro conductor del país pareciera ignorar, es que los malestares de estos tiempos, con base a los cuales fue elegido, no son solo producto de malas decisiones de gobiernos de la política tradicional sino principalmente el resultado de un doloroso y profundo ajuste en el sistema económico mundial. El liderazgo capitalista, ante el agotamiento de la riqueza tradicional apropiable, pues ya está toda apropiada, ha abandonado las viejas formas de producción sustituyéndolas por la extracción de renta desde nuevos materiales, procesos y lugares. Es la época de las tierras raras y de las start-ups.
En este nuevo orden, es claro que hay gentes y cosas que no caben, imposibles de ayudar tampoco desde un mayor gasto público en Estados extenuados. Ignora también que la cesantía actual ya no es el resultado de malas políticas pro empleo de uno u otro gobierno sino de la sustitución acelerada de la mano de obra en los procesos productivos actuales, por la Inteligencia Artificial y la robotización. Los comerciantes ambulantes que inundan todo Chile (y el mundo) son el fiel reflejo de este ajuste en el sistema, el cual busca refinar el lucro de sus empresas, su rentabilidad, desplazando miles de personas del empleo. Estos, mediante las políticas de desregulación del mercado laboral, han sido transformados en Emprendedores y no trabajadores con empleos dignos.
Asimismo, el futuro conductor desconoce que la odiada migración, no es sólo un flujo indecente de extranjeros pobres o de delincuentes foráneos que intentan evadir la justicia de sus países, o de algunos “emprendedores” deseosos de lograr un rápido enriquecimiento. Se la odia, pues es todo lo contrario al Lebensraun (el espacio vital de un pueblo). No es la expansión externa nacionalista chilena sino una diáspora ajena que, a través del creciente mestizaje, recarga al país de problemas, quita empleos y oportunidades a los chilenos. No parece comprender, que la migración que inunda al mundo rico y desarrollado del norte global, es el resultado del colapso del modelo de desarrollo actual, exitoso extractor de recursos y riqueza desde los países del sur global pero incapaz de generar desarrollo en ellos mismos.
Ante ello los ciudadanos del sur global se preguntan: ¿para qué esperar toda la vida por el desarrollo en mi país si se puede alcanzarlo rápidamente migrando hacia los países del rico norte global? Esta nueva y brutal tendencia originada por el norte global, además ha potenciado la delincuencia y el narcotráfico en grandes proporciones debido a que son grandes consumidores de drogas. Son nuevos oficios y empleos en grandes mercados de consumo cautivos principalmente en el norte global, que proporcionan infinitas rentas sin mayor esfuerzo. En Chile, un ladrón o una narcotraficante de barrio “trabaja” cuatro días al mes y gana sobre 2 millones de pesos, cifra que jamás ganaría en un empleo legal. Además, no necesitan estudiar.
Debido a la dureza y magnitud de estos problemas, para mitigarlos y que ello sea evidente en el mass media chileno, sólo cabe expandir el uso de la fuerza, esto es aumentar astronómicamente la represión, es decir: las policías, cárceles, sistemas de espionaje de las personas y engordar a un poder judicial corrupto y garantista ineficaz como el actual. Sin duda, qué en el control migratorio, especialmente de los brutales delincuentes colombianos y venezolanos, es posible obtener éxito, pero a base de un nuevo sistema judicial, no garantista, que no permita que un delincuente no sea castigado a pesar de decenas de detenciones.
Supresión total de la migración extranjera, abatimiento de la delincuencia, término del narcotráfico, expansión económica sin control medioambiental, desregulación del mercado del trabajo, son los temas centrales del Gobierno de Emergencia del candidato, que en 90 días deben estar notoriamente avanzados, muy por encima de las cifras de logro del gobierno saliente. Pero más allá de los 90 días: ¿es posible lograr estas promesas de establecimiento de un nuevo orden en Chile en 4 años de gobierno? O es simplemente iniciar un camino a un abismo, esta vez más profundo pues las pocas herramientas objetivas y subjetivas de cambio disponibles ya estarán gravemente comprometidas.
Para el centro político y la izquierda chilena, el desafío de sobrevivencia que le plantean estos 4 años de gobierno ultraderechista, tampoco es menor. Deberá analizar y aprender en profundidad de su derrota, finiquitar su actual alianza de partidos que ya no tiene sentido y los partidos, con base a un paquete de ideas sólidas e inodoras en este nuevo contexto, luchar por conquistar la hegemonía entre sus aliados más cercanos. Este proceso puede ser un acierto, pero si se hace mal, solo apresurará la marcha hacia el abismo, esta vez de profundidad inimaginable.





