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Escalona y Ramírez: dos formas de entender y vivir el socialismo

No ha sido un año fácil para el socialismo chileno. En muy poco tiempo perdimos a dos grandes compañeros de lucha: Damián Ramírez y Camilo Escalona.

Gentileza VLN Archivo

 

Quizá esta sea mi última publicación en mi calidad de Vicepresidencia de Educación de la gloriosa Juventud Socialista de Chile.

Muchas veces me dijeron que mis publicaciones las hacía con inteligencia artificial, que alguien escribía por mí o que mi compañero de vida (mi pareja) me ayudaba. Creo que ahí también opera ese machismo que tantas veces impera en la política: la dificultad de aceptar que una mujer joven pueda tener una voz propia, escribir, pensar y elaborar sus propias ideas sin que necesariamente haya un hombre detrás de ellas.

La realidad era bastante distinta. Quien me llevó a retomar la escritura fue Camilo Escalona. Dentro de toda mi torpeza, mis dudas y mis inseguridades como joven militante, Camilo me motivaba a seguir escribiendo, a estudiar más, a revisar conceptos y a atreverme a expresar lo que pensaba. No escribía por mí ni me decía qué tenía que pensar; hacía algo mucho más importante: me empujaba a encontrar y fortalecer mi propia voz.

Durante mucho tiempo escribí cosas que nunca me atreví a publicar. A veces se las enviaba a Camilo, le preguntaba qué pensaba y él me hacía observaciones. Me decía que actualizara ciertos conceptos, que revisara una idea, que profundizara otra. Nunca escribió por mí. Hizo algo mucho más importante: me incentivó a pensar, a estudiar y a volver a confiar en mi propia voz.

Y quizás por eso hoy escribir esto cuesta tanto.

No ha sido un año fácil para el socialismo chileno. En muy poco tiempo perdimos a dos grandes compañeros de lucha: Damián Ramírez y Camilo Escalona.

Damián representaba para mí y para muchos la convicción de seguir permaneciendo en un espacio incluso cuando muchas veces nos hacían sentir incómodos, sobrantes o simplemente “problemáticos”. Éramos problemáticos, quizás, para quienes habían olvidado que el socialismo también significa incomodar cuando las cosas no están bien. Damián podía discutir, podía enojarse, podía cuestionar, pero había algo que nunca estuvo en duda: su lealtad y su entusiasmo por la causa socialista, profundamente marcada por esa idea tan nuestra de construir transformaciones a través de la vía chilena.

Camilo representaba otra parte de la formación política.

Era quien me aconsejaba y también quien me retaba cuando sabía perfectamente que estaba haciendo algo mal. Era quien se reía de mis ocurrencias, quien tenía paciencia para escuchar mis preguntas y quien, pese a haber ocupado algunos de los espacios más importantes de la política chilena, jamás necesitó recordarte todo lo que había hecho para que supieras quién era.

Muchos tildaron a Camilo de hombre duro, de ogro e incluso de cosas mucho peores.

Yo conocí también al compañero que se sentaba en su oficina a tomar un café o un té con jóvenes que recién comenzaban en política; al que escuchaba ideas aunque probablemente hubiera escuchado la misma discusión cien veces antes; al que explicaba episodios de la historia del socialismo chileno como quien entendía que la memoria no sirve de nada si no se transmite.

Conocí al compañero que ayudó a muchas y muchos jóvenes a sacar adelante proyectos sin pedir nada a cambio. Al político que no tenía miedo de poner los pies en la calle. Al hombre que, detrás de esa imagen de dureza que tantos construyeron sobre él, podía ser tremendamente cercano, divertido y generoso.

No necesito idealizarlo para quererlo ni para reconocer lo que significó en mi vida. Camilo tenía carácter, podía ser duro y seguramente cometió errores, como cualquier dirigente que atravesó décadas de nuestra historia política. Pero reducir una vida completa a una caricatura también es una forma de injusticia.

Yo prefiero hablar del Camilo que conocí.

Del compañero que me enseñó.

Del que me corrigió.

Del que me hizo reír.

Del que confió en generaciones mucho más jóvenes que la suya.

Del que me hizo sentir que todavía valía la pena escribir sobre política cuando yo misma había empezado a dudarlo.

Hoy me queda una sensación extraña.

Porque Damián representaba a una generación que todavía quería cambiar las cosas, mientras Camilo representaba una generación que cargaba sobre sus hombros buena parte de la historia del socialismo chileno.

Y ahora ambos faltan.

Entre quienes se fueron jóvenes, con demasiadas cosas todavía por hacer, y quienes se van después de haber protagonizado décadas de nuestra historia, quedamos nosotros.

Quizás esa sea finalmente la tarea.

Demostrar que todo aquello que discutimos durante tantos años no eran solamente consignas. Que aprendimos algo de quienes estuvieron antes. Que podemos construir un socialismo donde las diferencias no signifiquen destruir al compañero que tenemos al lado; donde formar nuevas generaciones vuelva a ser más importante que disputar pequeños espacios de poder; donde la memoria, la solidaridad y la fraternidad no aparezcan solamente en los discursos.

Estoy profundamente agradecida de haber podido caminar una parte de mi vida junto a Damián y de haber tenido a Camilo como compañero, consejero y maestro.

También estoy agradecida de haber podido acompañar, desde el lugar que me correspondió, a distintas generaciones de jóvenes socialistas.

Ahora espero que demos el ancho.

Porque después de tantas pérdidas, ya no basta con decir que somos herederos.

Tenemos que demostrar que somos capaces de estar a su altura.

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