jueves, junio 4, 2026
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La “desigualdad estructural” que explica la imposibilidad del “chorreo” en Chile

Foto de the blowup en Unsplash

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En Chile, el nuevo gobierno de Kast nos está tratando de convencer que la “política del chorreo”, que busca imponer a través de su “Proyecto de Reconstrucción”, nos salvará porque hará crecer la economía al bajarle los impuestos a los más ricos. Estos invertirán más, harán crecer el empleo, etc., etc., etc. El problema es que esta política de los Chicago Boys ya se aplicó -a punta de fusiles- durante la Dictadura de Pinochet y terminamos con un país brutalmente desigual, donde la pobreza, para el año 1990, alcanzaba al 40% del país.

La efectividad de la política del “chorreo” la han desmentido todos los economistas serios del mundo. No funciona. Punto. Solo hace crecer más a los más ricos. Parece que tampoco los chilenos le están “comprando” mucho a Kast esta teoría ya que la encuesta Cadem del domingo 3 de mayo mostró 57% de desaprobación…

Es innegable que el chorreo no resulta en un país como el nuestro, donde los ricos ganan más de 20 veces de lo que ganan los más pobres. Esta inmensa brecha se traduce en un sueldo mínimo de $500.000 y uno de $100.000.000 entre los más altos. Entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el promedio es de solo 8 veces más. Asimismmo, en Chile, la mitad del país se reparte menos del 50% de lo que gana solo el 10% y millones de personas viven en un equilibrio precario donde cualquier crisis los hace caer de nuevo.

Más impensable es la posibilidad de éxito del “chorreo” si se piensa que Chile vive una desigualdad estructural. Este fenómeno fue estudiado por el economista francés Thomas Piketty, quien cambió la conversación global sobre desigualdad porque hizo algo que pocos habían hecho: tomó datos históricos de más de 200 años y mostró que la desigualdad no era un accidente sino una tendencia del capitalismo cuando no se regula.

Su idea central le vertió en el libro “El capital en el siglo XXI” donde planteó que, cuando el rendimiento del capital es mayor que el crecimiento económico, la riqueza se concentra. Esto en simple significa que el capital, es decir las ganancias de quienes ya tienen riqueza a partir de inversiones, propiedades y/o herencias, es mayor que el crecimiento de la economía, es decir de los salarios y la producción. Por ello,  si el capital crece más rápido que la economía, los ricos se hacen más ricos y más rápido que el resto. Su tesis fue que la desigualdad más profunda no está en los sueldos sino en la propiedad del capital.

La desigualdad estructural tiene características claves: es persistente, es decir no cambia radicalmente con los años, se reduce poco incluso con crecimiento económico y está concentrada en la parte superior de la pirámide social. En Chile, el 1% concentra entre el 25% y el 35% de la riqueza del país.

Según Piketty, el punto clave no es el ingreso -lo que ganas trabajando-, sino la riqueza, o sea, lo que ya tienes acumulado. Es decir, no se trata simplemente que unos tengan más que otros, sino que es un sistema que produce y reproduce diferencias de poder, de oportunidades y de bienestar de forma persistente. Es, en el fondo, una arquitectura invisible.

Cuando hablamos de desigualdad estructural, estamos diciendo que la brecha está sostenida por instituciones, normas y prácticas históricas y se transmite de generación en generación. Es decir, no basta con “esforzarse más” porque el punto de partida ya está inclinado. Unos parten mas atrás y corren en subida mientras los otros tienen parte del camino ya hecho y corren cuesta abajo.

Esta lógica invisible y silenciosa se funda en variables como el origen, o sea la familia y la clase social en la que naces y, con ello, el acceso desigual a educación de calidad, a las redes de contacto (el llamado capital social) y la seguridad económica inicial. Una persona que nace en un hogar vulnerable no solo tiene menos recursos, tiene obviamente menos margen para equivocarse.

Otra variable son las instituciones, o sea el sistema que ordena la sociedad, como la educación segmentada, los sistemas de salud diferenciados, el mercado laboral desigual. El sistema no necesita discriminar explícitamente para generar desigualdad. Basta con que trate igual a quienes son profundamente desiguales.

La tercera variable es la cultura, es decir lo que creemos “normal”. Y parte fundamental de este relato es el de la meritocracia -“el que quiere, puede”- y los estigmas hacia la pobreza. Desde el punto de vista de la psicología, la desigualdad estructural se sostiene también porque logra volverse invisible y justificable. En su libro “Capital e ideología”, Piketty señaló que la desigualdad no es solo económica, es ideológica y cada sociedad construye relatos para justificarla (“los chilenos son flojos”).

Pruebas al canto

Organismos como OCDE, la CEPAL y el PNUD dan cuenta consistentemente que Chile está entre los países con mayor desigualdad de ingresos dentro de la OCDE. Ello obedece a que la movilidad social es baja porque el lugar donde naces pesa demasiado en dónde terminas. La educación y la herencia explican gran parte de esa reproducción.

Hay una trampa psicológica en este tema y eso es lo más peligroso ya que la desigualdad estructural no solo organiza la economía, organiza la mente generando no solo desesperanza aprendida en los sectores excluidos. También produce una sensación de mérito exagerado en sectores privilegiados y fragmenta la sociedad (“ellos vs nosotros”). Y genera algo mucho más complejo: hace que muchos defiendan el sistema que los perjudica, porque sienten que cuestionarlo es perder identidad o estabilidad.

En suma, la desigualdad estructural es un sistema que funciona exactamente como fue diseñado. Ello hace que en Chile no solo se distribuya mal la riqueza, sino que también se distribuyan mal las oportunidades, el tiempo, la salud mental y hasta la esperanza.

Una mezcla rara

Según señalan destacados economistas, la desigualdad de ingresos en Chile  es un caso muy interesante -y también incómodo- porque combina alto desarrollo económico con alta desigualdad, algo poco común dentro de países ricos.

América Latina es la región más desigual del mundo. En  ese contexto, Chile está mejor que países como Brasil o Colombia pero, en ciertos indicadores, igual o peor que varios de sus vecinos.

Uno de estos indicadores es el Índice de Gini, la medida más usada en el mundo para responder una pregunta simple pero poderosa: ¿qué tan desigual es la distribución de los ingresos (o la riqueza) en una sociedad? El Gini va de 0 a 1 donde 0 es la igualdad perfecta -todos ganan exactamente lo mismo- y 1 es la desigualdad total, una sola persona tiene todo. Si muchos tienen poco y pocos tienen mucho, el Gini es alto. Si la distribución es más pareja, el Gini es bajo. Un Gini bajo 0,30 habla de baja desigualdad; entre 0,30 y 0,40, de desigualdad media y sobre 0,40, una alta desigualdad

El Índice Gini de América Latina es de ~0,45 y el de Chile, entre 0,43 y 0,45, ubicándose en la zona de alta desigualdad. El Gini no es solo un número, es un espejo. Y en Chile, ese espejo muestra una sociedad donde la riqueza no circula, se concentra. Es por ello que Chile es un país donde la desigualdad no es marginal, es estructural.

Según datos recientes de la CASEN y el PNUD, Chile ha reducido pobreza, pero eso no implica que haya reducido la desigualdad estructural. El PNUD señala que hay fuertes brechas en ingresos, educación y salud entre distintas comunas, lo que habla de que Chile no es un país, sino muchos países dentro de uno. Según la CEPAL, 1 de cada 3 de los hogares más pobres no accede a protección social suficiente. Y esto es clave porque indica que la desigualdad no solo viene del mercado sino también de cómo el Estado compensa (o no compensa). Con la eliminación de más de 200 beneficios sociales que está planteando el nuevo gobierno, podemos imaginar la magnitud de la debacle que se nos viene…

Miremos un poco para atrás. En 1990, el Índice Gini era en Chile del terror: un 0,57 (el de Sudáfrica es entre 0,63-0,67). En 2022 había bajado al 0,43. Es decir, Chile logró reducir la inmensa desigualdad que había al finalizar la Dictadura, pero no dejó de ser un país desigual. Pasó de una desigualdad brutal a una desigualdad estructural lo que significa que los ingresos se distribuyeron un poco mejor pero la estructura de riqueza no cambió lo suficiente. En suma, Chile salió de la dictadura con una de las desigualdades más altas del mundo.

Si aplicamos la mirada que Piketty podría tener de Chile podríamos concluir que el problema no es solo que hay malos sueldos, sino que hay una diferencia extrema entre quienes viven de su trabajo y quienes viven de activos acumulados, como propiedades, empresas, rentas, herencias, inversiones.

La CEPAL habla de una “trampa” en América Latina, ya que existe alta desigualdad, baja movilidad social y débil cohesión social. Ese marco le calza perfecto a Chile: no basta con crecer ya que, si no cambia la estructura de oportunidades, el crecimiento solo reproduce jerarquías. 

Por su parte, un estudio de 2024 del PNUD agregó una clave política y psicológica: al país le cuesta conducir cambios porque no basta la voluntad de los liderazgos. Pesan más las relaciones entre élites, ciudadanía, emociones, discursos e instituciones.  La traducción brutal de esto es que, en Chile, el esfuerzo importa, pero la propiedad importa más. Piketty lo podría poner de esta forma: Chile no es desigual solo porque algunos ganan más. Es desigual porque algunos ya tienen tanto, que su patrimonio trabaja por ellos, mientras la mayoría trabaja para sobrevivir.

¿Qué propuso Piketty frente a este grave problema? Algo totalmente opuesto a lo que está planteando el gobierno de Kast. Postuló un impuesto progresivo a la riqueza, no solo al ingreso, y también al patrimonio acumulado. Igualmente, aconsejó una transparencia financiera global para para evitar la evasión; educación y acceso más igualitario al capital y democratización de la riqueza, no solo de los ingresos. En suma, planteó la ruptura de una idea fuertemente instalada -que la desigualdad era inevitable- señalando que no lo es y que combatirla depende de cómo se organice la economía. Justo lo contrario que están haciendo Quiroz y su escudero Kast…