Licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Doctorado en Filosofía Política. Posdoctorado FAPESP en la Universidad Autónoma de México. Profesor Titular en «Seguridad Internacional y Resolución de Conflictos» Coordinador del área de «Paz, Defensa y Seguridad Internacional» en la Posgrado San Tiago Dantas. Representante de Ciencias Sociales en el Consejo de Relaciones Internacionales de la UNESP. Investigador en Ciencia Política y RR. II., con énfasis en Integración Internacional, Conflicto, Guerra y Paz. Líder del Grupo de Estudios de Defensa y Seguridad Internacional (GEDES) de la UNESP. Miembro del Directorio de la Red de Seguridad y Defensa de América Latina (RESDAL). Director Institucional de la Asociación Brasileña de Estudios de Defensa (ABED).
Este es un momento histórico de profunda transformación en el sistema internacional, marcado por el declive de la superpotencia que prácticamente monopolizaba las relaciones de poder internacionales y por el surgimiento de nuevas potencias regionales que compiten por el espacio político, estratégico, comercial, diplomático y tecnocientífico.
La región de Oriente Medio, rica en energías no renovables, constituye un vínculo logístico, una puerta de entrada, un puente o un obstáculo entre Europa Occidental y Eurasia. Es la cuna de religiones monoteístas que confrontan a las sociedades por excluyentes futuros místicamente imaginados. Todo ello sitúa a la región en un punto de inflexión estratégico entre el unilateralismo, anclado en un imperio decadente y declinante, y el multilateralismo, sustentado por un mosaico de potencias regionales emergentes que compiten por definir el futuro del sistema internacional.
En este momento histórico y en este espacio históricamente estratégico, se desarrolla el drama sistémico-existencial de nuestro tiempo. Algunos afirman que la convergencia de factores críticos y polémicos define el Armagedón que pondría fin a la historia humana. Pero quizás sea más plausible pensar que se trata de la configuración del escenario para el enfrentamiento entre lo viejo, que aún no ha muerto, y lo nuevo, que está por nacer, como diría Gramsci, en las tinieblas donde aparecen los monstruos. Y aparecieron.
Los líderes mundiales que actualmente deciden el destino de sus sociedades no son los mejores que se podrían esperar en un momento tan crucial de la historia de la humanidad. En Estados Unidos, un presidente enigmático con decisiones contradictorias y narrativas fantasiosas; en Israel, un genocida condenado por la Corte Penal Internacional (CPI), ambos enfrentando elecciones en 2026 con una popularidad en declive. En estas condiciones, y con las elecciones acercándose, tanto Trump como Netanyahu necesitaban de un evento significativo que les permitiera aspirar a la victoria electoral. El exitoso secuestro ilegal de Nicolás Maduro en Venezuela y el supuesto debilitamiento de las defensas iraníes por la batalla de 12 días de junio de 2025 parecían abrir una ventana de oportunidades para una victoria fácil en Irán. Para aumentar la probabilidad de éxito, se orquestaron operaciones de la CIA, financiando, movilizando y armando a grupos iraníes para generar un levantamiento popular que explotaría el descontento de parte de la población contra el régimen teocrático de los ayatolás.
Entusiasmados por la fácil operación en Venezuela y la desgaste que la batalla de 12 días de junio de 2025 habría infligido a las defensas iraníes, pensaron que la facilidad para tomar el control de Irán podría satisfacer, por un lado, sus problemas políticos internos y, por otro, sus objetivos estratégicos máximos. Para Israel, esto significaba llevar a cabo el proyecto místico-político del Gran Israel, y para Trump, controlar este importante centro de distribución para gran parte del consumo energético mundial y un puente para proyectar poder entre Occidente y Oriente. Desde un punto de vista estratégico, ambos calcularon la posibilidad de sorprender a los iraníes con una ofensiva orquestada mediante una traición, aprovechando un momento crucial en las negociaciones de paz. Sorprender a los iraníes (como en la traición previa que precedió a la batalla de 12 días) permitiría, según las especulaciones de los agresores, una ofensiva rápida que decapitaría y demolería el régimen, con el objetivo estratégico de lograr una victoria fulminante en la guerra. Para Irán, en una posición defensiva ante esa agresión ilegal e injustificada, el único objetivo estratégico era no perder, es decir, resistir.
El 28 de febrero, pocos días antes de la firma del acuerdo de paz, Israel y Estados Unidos cometieron un acto criminal de agresión contra la soberanía de Irán y un magnicidio, asesinando al Líder Supremo de Irán, el ayatolá Ali Khamenei, a parte de su familia y a parte del comando militar central de la Guardia Revolucionaria Iraní (GRI).
La estrategia de los agresores se basaba en la creencia de que la mayoría de la población estaría tan descontenta con el régimen que se alzaría en armas contra él, que la eliminación del líder supremo desestabilizaría la estructura político-religiosa y que la forma de la fuerza de la CGI se fundamentaba en una estructura de mando jerárquicamente piramidal, con la toma de decisiones concentrada en su vértice. La alianza agresora imaginó el inevitable desmantelamiento de la defensa iraní y la pérdida de la capacidad operacional de sus fuerzas armadas. Por lo tanto, contaban con eliminar a los líderes político-religiosos y militares de Irán para desmantelar su capacidad de respuesta y obtener una capitulación fácil, es decir, la rendición incondicional de Irán. Sin embargo, la celebración del aparente y rápido éxito de la operación fue efímera.
El bombardeo de la alianza agresora duró desde las 9:00 hasta las 9:45 de la mañana y, 15 minutos después, se desató el infierno sobre las bases militares estadounidenses en el Golfo Pérsico, transformando la victoria fácil que los agresores habían soñado en una pesadilla pantanosa. A las 10:00 de la mañana de ese mismo día, desde diversos puntos del territorio iraní, misiles y drones de distintos tipos redujeron a escombros las bases militares estadounidenses en varios países del Golfo, inutilizando recursos logísticos y de inteligencia de vital importancia, como radares insustituibles y la joya de la corona: la base del Comando Central de la Quinta Flota, sitiada en Bahréin.
Tras de estudiar cómo Estados Unidos e Israel traicionaron al Irán durante las negociaciones previas a la batalla de 12 días, la concepción estratégica del país persa cambió, transfiriendo toda la toma de decisiones en la guerra del Líder Supremo para la GRI. A su vez, Irán modificó su estructura de la fuerza, pasando de un eje vertical y piramidal a una arquitectura de Comando y Control (C2) en red. Dividieron el nivel de toma de decisiones estratégico-operacionales en 31 C2s operando en lo que denominaron Defensa en Mosaico Dispersa. La cabeza que la alianza agresora cortó fue la de una hidra, y su decapitación fue seguida por la reacción inmediata de 31 cabezas independientes que, sincronizadas por inteligencia artificial (IA), guiaron sus cargas letales, también informadas y calibradas por IA, de manera precisa y devastadora contra las instalaciones militares estadounidenses.
Catorce días después del ataque inicial, la alianza agresora no logró la rápida victoria que esperaba e Irán continúa con una frecuencia enloquecedora de bombardeo de misiles y drones contra un Israel que impíde que salgan de su territorio noticias o imágenes que muestren el grado de destrucción y muerte. Estados Unidos retiró su flota de la zona bajo intenso fuego iraní, extendiendo así el teatro de operaciones desde Chipre hasta el mar Arábigo. Irán continúa siendo castigado, pero resiste, y en esta resistencia reside su victoria. Europa, estratégicamente desamparada, se aterra al percibir que no puede confiar en quien garantizaba su seguridad. Zelensky contempla desolado que los sistemas defensivos que necesita son retirados de Corea del Sur, dejándola desprotegida, para trasladarlos al frente iraní. Trump demostró claramente su capacidad y eficacia para desestabilizar el mundo y exponer a la otrora superpotencia atascada en la batalla y políticamente aturdida.
Mucho se habla de las nuevas tecnologías desplegadas en el campo de batalla y también sobre la comparación de los diseños de los complejos militar-industriales, lo que puede ser una experiencia de aprendizaje para las potencias medias. Pero el aspecto más importante a destacar en una guerra suele quedar eclipsado por el falso brillo de los relucientes dispositivos tecnológicos. En efecto, el objetivo central de la guerra es imponer la propia lógica estratégica al enemigo. Esto no es resultado solamente de la calidad del armamento, sino del genio político-estratégico capaz de integrar y sopesar una cantidad de variables intervinientes que ninguna computadora podría gestionar. Irán impuso la lógica de su estrategia en esta guerra. Atacó bases militares y centros de datos estadounidenses, reemplazó el GPS por el sistema de georreferenciación chino, mucho más preciso y menos vulnerable, calculó meticulosamente la reacción de sus vecinos y europeos —fruto de un entrenamiento minucioso, análisis exhaustivo y cuidadosa formulación estratégica—, ocultó armas y radares, y desplegó señuelos para atraer armamento hostil costoso. En resumen, Irán sopesó los costos políticos y actuó sin titubeos.
Como fue hartamente probado en todas las guerras que la superpotencia perdió en varias regiones del mundo, la tecnología, si no va acompañada de sensibilidad política y astucia estratégica, no gana guerras. La clave es simple: para Irán, la guerra es existencial; para Trump, es simplemente un argumento político-electoral que resultó fatal. Ojalá los estadistas y los líderes militares sepan aprender esa lección.
*El análisis original fue publicado con fecha 14 de marzo de 2026 en OperaMundi de Brasil: https://operamundi.uol.com.br/opiniao/guerra-no-ira-a-tecnologia-a-politica-e-a-sensibilidade-existencial/
