Magister en Historia – USACH, Licenciado en Historia – Universidad de Chile
Estamos viviendo momentos históricos y dramáticos sin precedentes, en que nuestro desarrollo tecnológico alcanza, para beneficios y peligros, niveles homologables a parte de lo que hace algunas décadas llamábamos “ciencia ficción”. A su vez, nuestra percepción del mundo que habitamos y más allá, junto con lanzarnos a la aventura de la exploración universal, nos ha hecho darnos cuenta del daño que hemos hecho a nuestro planeta, y del riesgo ambiental en que hemos puesto a distintas formas de vida, incluida la humana.
Estos marcos contemporáneos se dinamizan dentro de una sociedad humana que, tendemos a considerar, avanza siempre en un sentido de progreso, lo que, por lo general, tiende a disociar a una comunidad de los errores pasados, en tanto estos se estiman colectivamente como “superados y aprendidos”. En la actualidad, los grupos socio políticos y económicos que nos conducen dentro de estos marcos de época, pese a múltiples evidencias de su intencionalidad en llevarnos a los peligros de este desarrollo en función de su beneficio inmediato, logran persistir en nuestras distintas estructuras de dominación.
Pese a la severa evolución tecnológica y el surgimiento de industrias digitales de las comunicaciones, redes sociales, inteligencia artificial, entre otras, estos cambios radicales en la historia humana no han alterado la milenaria estructura de dominadores y dominados, en que una minoría cada vez más estrecha acapara cantidades obscenas de riquezas producidas por el trabajo de miles de millones de personas en todo el mundo, a través de mercados y redes comerciales globales. La lógica de la explotación persiste pese a que puedan haber cambios en la morfología de la elite (emergencia de nuevos poderes a través del dominio tecnológico), y se expresa no sólo a través del dominio de la propiedad privada y de una posición de dominio en la lógica productiva, incluye el control del consumo y la deuda que adquieren las personas para consumir, así como actualmente, una fuerte influencia en las tendencias individuales y colectivas en distintos ámbitos, incluido el político, a través de algoritmos de contenidos en el espacio digital masivo de las redes sociales.
En distintos momentos de la historia, pese al progreso en múltiples aspectos, se tiende a recaer en conflictos entre dominadores y dominados, en tanto estos últimos se logran reconocer como mayoría y viviendo una situación de injusticia, producto de que los dominadores controlan el mundo material y viven en el lujo a costa del sufrimiento y esfuerzo de la mayoría. Desde la era del descubrimiento de la agricultura a esta era digital de inteligencia artificial y exploración espacial, pese a las grandes transformaciones experimentadas por la humanidad, este conflicto central sigue estando en la base del desarrollo humano, sin poder, aparentemente, ser superado.
Los milenios de desenvolvimiento de estas contradicciones, así como el desarrollo material y económico de la humanidad -muchas veces entrecortado y con retrocesos-, permitieron llegar a un nivel de desarrollo en que el conocimiento científico y la razón empezaron a orientar fuertemente nuestro horizonte. Estos procesos, que se manifiestan ya de manera paradigmática a través de la Ilustración en el siglo XVIII, son más bien recientes, de poco más de los últimos 300 años, lo que en perspectiva puede parecer poco, pero es un suspiro que corresponde con el periodo más intenso de desarrollo de la civilización.
Es a inicios de este proceso que surgen en sus primeras versiones nuestras repúblicas modernas, nuestras democracias con los poderes del Estado separados y compuestos por ciudadanía, nuestros prototipos de partidos políticos, así como las bases de nuestras redes comerciales actuales y de nuestros mercados de consumo, así como interacciones financieras. Es un proceso en que el desarrollo constante de la ciencia permite la acumulación de conocimientos que se orientan a comprender y controlar la realidad, elaborando a través de maquinarias y tecnologías una evolución permanente de las posibilidades de comprensión y ejecución de la realidad, con un dominio humano sobre el mundo material. Inclusive las disciplinas humanistas y sociales se expanden y diversifican gracias al método científico aplicado en la investigación, y la academia se comienza, progresivamente en estos siglos, a volver más accesible, más democrática, más abarcadora del conocimiento y más integradora.
Pero como se dijo, este desarrollo ha sido sobre las contradicciones entre dominadores/explotadores y dominados/explotados. A las nociones de justicia e igualdad que arrastraba desde centurias la humanidad, a partir de la Ilustración se suma progresivamente una comprensión, cada vez más científica y basada en la realidad material, de los motivos de la injusticia y de la realidad del progreso como una construcción colectiva. Las ideas políticas que se organizan de maneras más modernas, permitieron el surgimiento de expresiones políticas populares, tanto a través de movimientos y de partidos orientados a la idea revolucionaria. Y es que la tensión, es una parte necesaria de la transformación, y la transformación civilizatoria ha sido la constante de estos últimos siglos.
Las transformaciones políticas que han permitido la democracia actual y la ciencia y la tecnología actual, han sido gracias a la irrupción del Pueblo en la historia, conciente gracias a la Ilustración de su protagonismo. La integración mayor de los pueblos a sus gobiernos y toma de decisiones a permitido abarcar y facilitar más aspectos de la vida humana y emprender rutas de progreso complejas. La ciencia y la tecnología han podido acelerarse, gracias al mayor acceso al conocimiento entre poblaciones antaño marginadas, ampliando las posibilidades de innovación y fabricación. El progreso implica transformación, la transformación implica tensión, y esta tensión se debe a la necesidad histórica de quebrar en determinado momento el paradigma que impide la transformación, y así acceder a un nuevo paradigma que permita el progreso, y que eventualmente también será tensionado. Este tipo de estructura, refiere básicamente, lo que es una revolución.
No hay que temer a la revolución, pese a que se le temerá natural y erróneamente, y tampoco hay que temer ser revolucionario, pese a que las fuerzas conservadoras del orden vigente se opondrán agresivamente al progreso. En estos últimos siglos, a cada expresión de las mayorías, los dominadores articulan una respuesta histórica para sofocar a los pueblos, y así permitir que la lógica más añeja de la humanidad subsista. El siglo pasado, el siglo XX, fue testigo de una de las mayores expresiones contrarias a esta civilización ilustrada, y que institucionalizo el terrorismo como metodología a usar de manera sistemática, compleja e industrial: el fascismo. Este movimiento, profundamente antirevolucionario y reaccionario, se caracterizó particularmente por tres elementos que, unidos, lo distinguen de otras expresiones totalitarias del siglo XX: un desprecio absoluto por la democracia como forma de gobierno y organización, un odio a la cultura ilustrada y los avances del conocimiento y que redunda en un tipo de cultura antiprogreso y en ciertos aspectos anticientífica, y un antimarxismo beligerante al punto de deshumanizar en el discurso a la izquierda y focalizarla como una otredad que debería ser acabada.
Estos elementos de ayer, hoy vuelven a manifestarse nítidamente en los movimientos y partidos de “ultraderecha”, que se unen en un marco de época junto a nuevas élites socioeconómicas, para conformar un frente articulado y en pie de guerra contra las conquistas sociales, contra los derechos, contra la ampliación democrática y esta misma, el poder de los pueblos y los horizontes de mayor justicia e igualdad en un mundo más sustentable y lejos del desequilibrio del crecimiento de tipo rápido, destructivo y que rápidamente termina entrando en crisis.
Es la civilización revolucionaria y en constante progreso, es el mañana el que peligra, y ante esto solamente queda entregarse a la misión de hoy. La misión que tenemos como izquierda socialista es conformar la unidad más amplia de los sectores democráticos y que reconocen los avances ilustrados en cultura y ciencias como el marco que pueden permitir superar esta amenaza actual, y avanzar a un mundo que pueda ir superando la eterna contradicción en favor de las mayorías.
Y por esto mismo es que esta amplia unidad debe ser conducida por las clases trabajadoras, por las personas que conforman el tejido mayoritario del trabajo que permite la existencia del mundo actual, y que hoy en día son personas diversas y en distintas áreas de desarrollo, pero que experimentan la realidad de base del momento. Estos grupos y sus expresiones políticas deben conducir cualquier gran alianza antifascista que se proponga defender la civilización, puesto que el sentido de progreso de esta misma requiere desembocar en el protagonismo histórico de los pueblos en los mayores logros de la humanidad. Esto implica que sean las mayorías las protagonistas de la conducción, ejecución y goce de las transformaciones revolucionarias. Una conducción minoritaria, por el contrario, puede implicar el riesgo de estancar el progreso en pro de conservar las condiciones actuales, y de esa forma posibilitar la reemergencia de las amenazas civilizatorias.
Corresponde al socialismo, y particularmente a la vertiente histórica desarrollada en Chile, protagonizar así algunos de los mejores momentos de la historia de la humanidad, ayudando a salvar y a salvarse a los pueblos del mundo de la negra noche que una vez más se intenta instalar.
