Asesor del Presidente Tabaré Vázquez (2005/2009), Embajador de Uruguay (2009/2014 y 2015/2017) y ex Vice Canciller de la República (2017/2020)
El reciente 26 de febrero, con pocas horas de diferencia y en ambos casos por amplia mayoría, los parlamentos de Uruguay y Argentina ratificaron el Acuerdo Interino de Comercio (ITA, por sus siglas en inglés) entre el Mercosur y la Unión Europea que tras 25 años de complejas negociaciones y no pocos contratiempos, había sido firmado el pasado 17 de enero. Lo propio harán los parlamentos de Brasil y Paraguay en el transcurso de las próximas semanas.
Cabe señalar que el ITA es uno de los tres pilares en que se organiza el Acuerdo de Asociación Estratégica entre ambos bloques. Los otros dos son, respectivamente, diálogo político y cooperación sectorial (derechos humanos, transformación digital, movilidad, medio ambiente, gestión de crisis, lucha antiterrorista, entre otros ítems) que se agruparon en un documento diferente también suscrito el 17.01 pero que a diferencia del ITA, que sólo requiere ratificación de las instituciones de la UE (Consejo y Parlamento), por su contenido necesita la aprobación de los parlamentos nacionales de todos los Estados miembros de la UE.
También ha de tenerse en cuenta que tras haber sido suscrito en Asunción, por decisión del Parlamento Europeo el ITA pasó a revisión del Tribunal de Justicia de la Unión para evaluar sus bases jurídicas y verificar que las mismas n contravienen las del bloque. Tal revisión puede tardar varios meses, pero el 27 de febrero la Presidenta del Consejo Europeo anunció la aplicación provisional del Acuerdo de forma tal que el mismo comience a regir para cada socio que lo haya ratificado, sin tener que esperar a los demás (aunque aclarando que “la aplicación provisional es, por su propia naturaleza, provisional y que el acuerdo sólo podrá concluirse plenamente una vez que el Parlamento Europeo haya dado su consentimiento”).
No es intención de esta nota analizar detalladamente el contenido y alcance del ITA. Basta con mencionar que la asociación de ambos bloques representa la mayor zona de libre comercio del mundo, con una población estimada de 700 millones de personas y un PIB equivalente al 20% del PIB global, y que el acuerdo cuyo texto contempla capítulos referidos a comercio de mercancías, normas de origen, medidas sanitarias y fitosanitarias, aduanas, propiedad intelectual, defensa comercial, salvaguardias bilaterales, competencia, subvenciones, excepciones, empresas, desarrollo sostenible, transparencia y mecanismos para la solución de diferencias- se concibe como un marco regulatorio transparente, previsible y eficiente en lo que refiere a comercio de mercancías (agrícolas y no agrícolas) y servicios, reducción o eliminación de obstáculos arancelarios o no arancelarios, libre circulación de capital relacionado con inversiones directas, apertura de mercados de contratación pública, promover la innovación así como observar proteger los derechos de propiedad intelectual con el objetivo de desarrollar el comercio internacional y el comercio entre las Partes de una manera que contribuya al desarrollo sostenible en su dimensión económica, social y medioambiental. Aunque su negociación requirió 20 años, según los expertos en la materia se trata de un Acuerdo de última generación, aunque desde que la misma fue cerrada en 2019 e incluso desde que el Acuerdo fue suscrito hace apenas dos meses el escenario global ha cambiado y cabe preguntarse sobre la suerte de lo que hace apenas seis años era considerado lo más avanzado en la materia.
Nadie tiene los planos del futuro, pero el ITA es parte del presente y a propósito de su ratificación por los Estados Parte del Mercosur es pertinente señalar que la misma no por diligente es precipitada. Por el contrario, da cuenta de su compromiso con el multilateralismo, el comercio basado en reglas claras y estables, el derecho internacional como base de las relaciones entre países y regiones, y con las personas como razón de ser de los objetivos planteados así como de los instrumentos para alcanzarlos. No es un dato menor en el contexto internacional actual, tan desenfrenado como imprevisible.
También corresponde señalar que esa celeridad tampoco es casual. No sólo porque no es cierto que nuestra región oscile entre la fiesta y la siesta como sostienen algunas visiones externas a la misma -bastante estereotipadas y poco inocentes por cierto-, sino además porque aún con sus limitaciones y deficiencias, en lo que refiere a la construcción del acuerdo entre ambos bloques, el Mercosur ha demostrado mayor disposición y perseverancia que su contraparte. Tal vez porque no tiene tantos Estados parte como la UE, ni una arquitectura institucional tan sofisticada, ni tanta diversidad, ni una tantos dilemas existenciales respecto a sí mismo, a su trascendencia histórica, a su lugar en el mundo actual y a su relación con otros bloques regionales.
Asimismo, la ratificación del ITA es un mensaje para el Mercosur como tal: asociarse con otro bloque regional es una responsabilidad y un desafío que no se resuelven con reuniones, discursos y comunicados solamente. Por el contrario, requieren sentido estratégico en términos de construcción histórica multidimensional, identificación de prioridades, coordinación de políticas públicas (macroeconómicas, comerciales, productivas, laborales, protección social, movilidad y conectividad, educación, salud, medioambiente, etc) e institucionalidad adecuada que además de contemplar la construcción y sostenibilidad de acuerdos abarque también la gestión de asimetrías y diferencias. Y como clave de lo anterior, son imprescindibles también mayor confianza así como más y mejor diálogo político entre los Estados parte y al interior de estos. En ninguno de esos aspectos en Mercosur parte de cero, pero en todos aún puede y debe mejorar.
Finalmente, y dado que el Mercosur es también -y acaso fundamentalmente- los países que lo integran, la ratificación del acuerdo por parte de cada uno de ellos es también un doble mensaje para sí mismos: el de la responsabilidad de estar a la altura de los compromisos y las posibilidades el acuerdo supone, y la expectativa cierta y razonable de estarlo.
En lo inmediato, entre otras tareas, ello supone el diseño e instrumentación de políticas públicas con el fin de gestionar en forma equitativa la transición derivada de la implementación de un acuerdo que, como todo resultado de una negociación, no es perfecto, ni absolutamente beneficioso en todo para todos ni tendrá efectos milagrosos, sino que procura ser lo mejor dentro de lo posible. Ello también requiere revalorizar, profundizar y fortalecer la política como gestión y articulación de la sociedad según valores y principios, la democracia como sistema político y estado de la sociedad y la ciudadanía como sistema de derechos y responsabilidades porque aunque los profetas del fin de la historia, la postverdad, el conservadurismo cultural y la ultraderecha política sostengan e intenten demostrar lo contrario, lo cierto es que sin ellas o con ellas debilitadas podrá haber futuro pero difícilmente habrá porvenir. En ese contexto también los acuerdos y la asociación entre bloques regionales que hoy se califican como históricos corren el riesgo de ser condenados al pasado.
