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Mortalmente parecidos

Imagen: Cottonbro Studio (Pexels)

 

Todos tenemos un doble en el mundo. Esa premisa odiosa y exasperante nos advierte que, en algún lugar —más cercano de lo que uno cree— aparecerá alguien que comparte nuestra misma cara, facciones o gestos; casi como esos gemelos resentidos de las películas que, por cierto, vendrán a atacarnos cuando menos lo pensemos con un machete de cocina. Es una verdad imperativa que nos atosiga y acorrala desde que somos apenas una exigua expectativa genética, fruto de un ADN que no elegimos, pero que nos marca y cataloga en esta realidad que nos tocó vivir.

Para mí, por ejemplo, todas las guaguas —incluida mi última hija, con sus caras gordas e hinchadas— nacen igualitas al gran Winston Churchill, histórico ex primer ministro de Inglaterra, llegando al delirio de no saber si ponerles un chupete o un puro para que dejen de llorar.

“¡Es igual a su papá!”, “¡Se parece a la tía Lucy!”, “¡Mira la Rafaelita chica!”. Un suma y sigue de expresiones y frases que transforman a este pequeño ser que retoza en una cuna en la prolongación de otro, en un vampirismo de ternura que quiere extender su existencia a costa de la desgracia o la fortuna —dependiendo de la belleza— del que acaba de nacer. Ese ninguneo de la identidad propia nos obliga a enfundarnos la camiseta del equipo de los amores de quienes somos émulos del rostro, a ponernos los vestidos apolillados de la vieja tía que jura y rejura —con foto en sepia en mano— que la niña es una reencarnación suya y, lo más grave y categórico: a rotularnos para siempre con el nombre de aquel que clava la banderita del parecido en el monte ingenuo del que no se quiso parecer, como mi hermano mayor Roberto, que se jacta del cuestionable honor de que yo haya salido igualito a él. 

De esto nadie se salva. En la casa, en el barrio y, con mayor frecuencia, en el colegio. Siempre nos encuentran parecidos a alguien o incluso a algo: el cabeza de martillo, Dumbo, Kike Morandé, el Pasita, Sergio Dalma. Todos crueles —aunque a veces ingeniosos— motes con los que unimos a una persona de manera inexorable con aquel que, por un bendito designio de la vida, comparte sus características. Vean los anuarios —a la usanza gringa— que están haciendo los colegios aspiracionales y se darán cuenta de cómo, bajo la foto púber, espinilluda y pecosa, siempre, siempre hay un comité creativo que hurgó en el subconsciente hasta encontrar, con mayor o menor dificultad, un parecido.

Apelando a los recuerdos de infancia, aún puedo evocar los tiempos en que miraba con resentimiento a un niño de mi edad en Constitución. Alto, rubio y de ojos azules, era igualito a Luis Miguel con el look de esa época, concentrando en él todas las miradas y suspiros femeninos. Cuando saltaba en su bicicross plateada, muchos pujaban para que se cayera y perdiera algo de su perfección o, por lo menos, hiciera el ridículo. Pero no: volvía más orondo que nunca, con el cabello al viento y portando una bufanda blanca, sospechosamente parecida a la que usaba el “Sol de México” cuando cantaba “Palabra de honor”. Lo vi todo un verano usándola y sudando a mares, pero lo justifico: la pinta era la pinta. Mi morbosidad y la tecnología se confabularon para buscar su estado actual en Facebook. Sigue siendo rubio, pero ahora se parece a Alfredo Lamadrid.

Yo, sin mucha vergüenza, debo reconocer que tengo ojo de lince para encontrar parecidos. No se me escapa ninguno. En medio de tediosas horas de clase y trabajo, descubrí profesores Jirafales, magos Olis, Epidemias de Cachureos, Garfield, entre otros. Notable fue cuando acerté que un amigo y compañero de universidad largo y flaco, cuando lo vi salir de un arbusto donde buscaba una pelota, vestido entero de plomo, descubrí que era igualito a Bugs Bunny saliendo de su madriguera. 

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