Entre la denuncia y el anuncio: Signos de tiempos esperanzadores

Foto de Alexander Grey en Unsplash

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Recorro establecimientos educacionales del sur de Chile y desarrollamos cursos de formación continua para directivos y docentes de todo el país. Observo, registro, sistematizo, converso y me doy cuenta de las enormes dificultades que enfrentan día a día los directivos y docentes, desde el enorme peso burocrático que deben enfrentar, los de convivencia, los curriculares y pedagógicos. Deben responder a criterios con los que, muchas veces, no están de acuerdo pero los asumen pues son políticas públicas. Por ejemplo, trabajar con competencias que en la práctica son cognitivas y desestructuran la integridad de la persona y su formación, siguiendo indicadores objetivos lejanos a los estudiantes y procesos educativos, sólo trabajar con evidencia como si las subjetividades no tuvieran valor, con un territorio que los demanda y un curriculum oficial que responde a intereses centralistas, de una clase media ilustrada occidentalmente, con una mirada de la educación proletarizante y no cooperativa. Con un repertorio conceptual ambiguo, a veces vacío, sin fundamento teórico ni ideológico, que suena “liviano” y poco comprensible para quienes trabajan día a día en la educación. Pero también veo sus trabajos, escucho sus risas, acompaño sus presentaciones de fin de año, como buscan y rebuscan caminos para que los (“sus”) estudiantes aprendan, salgan adelante, sean mejores personas y aporten a la sociedad y sus familias. No todo es desastroso, en la confusión que hay hoy podemos decir que hay muchas experiencia buena y creativa.

Denuncia y Anuncio: señales de los tiempos.

Paulo Freire señala -en un momento de su producción intelectual- que la concientización es producto de la dialéctica entre la denuncia de la injusticia y el anuncio de la posibilidad de una nueva sociedad y educación, que se expresa en la Utopía como inédito viable: como lo que no es pero puede ser si luchamos y trabajamos por ella.

La denuncia es clara y diaria, el anuncio también: tenemos un horizonte de sociedad y educación que soñamos. Es la esperanza la que nos mantiene en la caminada. Pero ¿y cómo se sostiene la esperanza? ¿Basta con creer en ella como acto de fe? En el marco de la cosmovisión cristiana, San Pablo decía que entre la fe, la esperanza y la caridad (el amor concreto al más débil, no el retórico ni el paternal) lo que importa es la caridad, es decir, la solidaridad, la fraternidad concreta, el tender la mano, la praxis liberadora, el despojarse de sí para dar al excluido, perseguido, explotado. Lo otro queda para la otra vida. Entonces, ¿cómo se sostiene la praxis transformadora si la fe en un mundo nuevo hacia el que avanzamos y la esperanza en que llegaremos a él, son insuficientes? No queda otra opción que sustentarla en la praxis liberadora: la conciencia social y política de la ayuda mutua, la cooperación, fraternidad en el caminar, el trabajo de los desesperanzados, de los pobres, de los trabajadores, de la infancia, los jóvenes y las mujeres, de los que requieren de la educación universal y de su educación propia, de sus educadores profesionales, populares y ancestrales.

Eso implica ser capaces de observar, reconocer, sistematizar y fundamentar las señales de los tiempos futuros hoy día, para aprender de ellas y multiplicarlas: de la utopía como la confianza en que otro mundo posible ya está presente entre nosotros. Pienso que la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín en 1968, que acuñó esta idea, fue muy certera: la utopía, el mundo futuro ideal, que soñamos, la sociedad por la que luchamos, ya se encuentra, en forma embrionaria, como semilla viva bajo la tierra madurando, como acto de ayuda mutua y solidaridad visible en muchos ámbitos de la vida, entre ellos, en la educación. Es cierto, cuando sostengo esta idea siempre me preguntan ¿Dónde encontrar esas señales o signos de los tiempos hoy? No es fácil en el sistema capitalista hegemónico, en sus valores, su cultura, su ideología neoconservadora, sus relaciones económicas y sociales de explotación racista, sexista, lingüística, ideológica, política, social, económica y cultural. Cuesta mucho. Pero cuando nos colocamos en posición de educadores sub-versivos no se nos hace tan difícil: basta escuchar las palabras alegres del descubrimiento, del aprendizaje, de la participación, la amistad, del conocimiento al que llegan educadores y estudiantes. Palabras que emergen desde el grito de las escuelas, Liceos, Centros de educación de jóvenes y adultos, de la educación popular y tradicional, descubrir, con sensibilidad, visión amplia de mundo y desprejuiciada de conceptos excluyentes, vacíos y lejanos a las prácticas sociales concientizadoras la fuerza crítica, amorosa y transformadora que se expresa en la prelación “denuncia-señales de los tiempos-anuncio”.

La educación justa, democrática y liberadora ya está entre nosotros.

No es idealismo ni negación de la realidad, de la condición de explotación, menoscabo, agotamiento de los docentes: es que en la realidad educacional hay miles de experiencias cotidianas, pequeñas, a veces personales o de pequeños grupos, que viven un mundo y educación libre, de alegría, de compañerismo, de aprendizaje para una buena vida. Profesores/as y educadores/as  que no se burocratizan, que no sólo resisten, sino se reconstruyen y construyen, que cooperan y no compiten, que se ayudan y no enfrentan, que comparten recursos y distribuyen de modo justo los beneficios, que autogestionan sus proyectos, que se fundamentan en teorías coherentes y principios éticos de liberación personal y colectiva de las hegemonías atávicas, no a los ancestros, sino a las oscuridades de las grandes corporaciones mundiales, que constituyen experiencias cooperativas de co-protagonismo entre docentes y estudiantes, donde las comunidades educacionales y territoriales tienen palabra, donde todos son incluidos y acogidos amorosamente, donde se trabaja la tierra, la madera, el fierro, el cobre, el papel, con el cuerpo entero y se difunde la belleza de la creatividad de los estudiantes y docentes, donde el juego y la destreza física de lo que puede cada uno, orienta el soporte personal en el mundo, donde nadie queda fuera o se hace invisible.

No caigamos en el juego de que el mundo se deshace y desploma, que todo se desintegra. Seamos sub-versivos: descubramos los conceptos, las fuerzas y praxis transformadoras que nos permiten descubrir en el mundo de hoy el mundo al que aspiramos y soñamos. No aceptemos que nos digan: ¡no se puede! ¡sueñan imposibles! La nueva sociedad ya está entre nosotros, en cada práctica pedagógica, escolar, popular, intercultural, tradicional que tiene como propósito práctico y activo un mundo que entendemos como posible, y que, les guste o no a las hegemonías del poder, existe y lo seguimos construyendo, siempre, de generación en generación.