jueves, junio 4, 2026
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Una sociedad saturada, una escuela violenta: lo que vemos desde dentro

Imagen: Jorge Urosa (Pexels)

 

He pasado toda mi vida laboral haciendo clases en diversos colegios y liceos del país, comencé en el año 1998, aún trabajo en un liceo municipal de una populosa comuna de Santiago. Lo digo porque no son pocas las cosas que me han tocado vivir desde “dentro”

El tema de la violencia es delicado y tiene muchas aristas, la mirada unilateral es miope. Al abordarlo desde dentro voy a empeñarme en no caer en el lenguaje habitual: normas, control, protocolos. Todo eso es –quizá- necesario… pero no toca la raíz.

 Sostengo que la violencia escolar no es solo un problema conductual. Es un síntoma de saturación, desconexión y pérdida de interioridad.

Y mientras sigamos nombrándola como indisciplina, seguiremos administrando sus efectos sin comprender su origen. Seguiremos escuchando a los expertos –que nunca han estado en una sala de clases- con sus recetas

La ficción de la “calidad educativa”

En Chile —y en gran parte del mundo— la discusión sobre educación ha sido capturada por una palabra aparentemente incuestionable: calidad.

Pero ¿qué significa realmente calidad? En la práctica, se ha reducido a: resultados medibles, cobertura curricular y desempeño en pruebas estandarizadas. Ahí es donde se coloca la mayor energía, esfuerzo y trabajo en nuestros liceos y colegios.

Una educación “de calidad” es aquella que logra buenos puntajes. Sin embargo, esta definición omite algo fundamental: Puede haber alto rendimiento y, al mismo tiempo, una profunda desestructuración del estudiante, sin ética ni valores. Es como si de verdad a nadie le interesara el tipo de sujeto que estamos formando. Aunque lo políticamente correcto afirme lo contrario. Un estudiante puede cumplir con todos los indicadores del sistema y, sin embargo, no saber habitarse, no poder sostener lo que siente, no encontrar un lugar en sí mismo.

Desde esta perspectiva, la violencia escolar no es una falla del sistema. Es uno de sus productos.

El currículum como dispositivo de saturación

El currículum centrado en contenidos y pruebas no solo organiza lo que se enseña.

Organiza una forma de estar en el mundo.

  • tiempos fragmentados
  • presión constante por cumplir
  • evaluación permanente
  • ausencia de pausa real

De esta manera el estudiante no habita la experiencia educativa: la atraviesa. Hay acción carente de presencia. No hay espacio para que algo decante. No hay tiempo para percibir. No hay silencio. Y donde no hay silencio, el sujeto no se encuentra consigo mismo. 

La presión sobre los profesores no es menor: “Hay días en que sé que debería detenerme, pero no puedo: el contenido se ‘tiene que pasar’.” “A veces la pregunta no es si aprendieron, sino si alcanzamos a ver todo lo planificado.” “El tiempo no está hecho para comprender, sino para cumplir.”

 Donde no hay interioridad, aparece la reacción. La violencia, en este contexto, no es un exceso. Es una descarga.

Una lectura desde la pedagogía crítica (y más allá)

Desde la pedagogía crítica —en la línea de Paulo Freire— sabemos que la escuela puede reproducir formas de opresión: homogeneización, domesticación del pensamiento, subordinación a lógicas externas.

Toso eso está presente. Pero hoy el problema es aún más profundo.  No se trata solo de dominación ideológica. Se trata de una forma de vida que ha perdido contacto con la experiencia.

Aquí resuenan también las intuiciones de David Abram, quien advierte que la crisis contemporánea es una pérdida de sensibilidad, y de Bruno Latour, quien muestra que hemos roto nuestras formas de relación con el mundo. La escuela no está fuera de esa crisis. La intensifica.

La violencia como síntoma de una vida saturada

El estudiante actual vive en un estado de hiperestimulación permanente: pantallas, redes sociales exigencia de rendimiento, sobrecarga de información

Pero lo más grave –quizá- no es el exceso de estímulos. Es la ausencia total de espacios donde ese estímulo pueda ser procesado. No hay interioridad. No hay recogimiento. No existe pausa. La clase termina y los estudiantes ya están pensando en la prueba siguiente, sin haber entendido siquiera lo que sintieron o aprendieron en la anterior. 

Entonces no resulta extraño que, la violencia aparezca como una forma primaria de descarga: un cuerpo que no puede sostener tensión, una mente que no puede detenerse, una subjetividad que no encuentra lugar

Indudablemente todo esto es un fenómeno social, no solo de la educación.

El error del sistema: intervenir sin transformar la experiencia

Frente a esto, el sistema responde con dos posturas:  

Conservadora

  • Revisión de mochilas
  • Instalación de pórticos para detectar metales
  • Guardias privados que vigilen a los estudiantes

 Progresista: 

  • programas socioemocionales
  • protocolos de convivencia
  • regulación conductual

Ambas son más de lo mismo, Tanto conservadores como progresistas discuten las soluciones, pero no el problema. Unos endurecen el control. Otros sofistican la contención.
Ambos operan dentro de la misma matriz: una escuela que produce saturación y luego intenta gestionar sus efectos. Se intenta producir una sana convivencia dentro de un sistema que genera agitación (estrés, ansiedad, etc). Esta es la contradicción central de la educación contemporánea.

Una política de la interioridad

Abordar la violencia no implica abandonar la política. Implica radicalizarla. Porque introducir la interioridad en la escuela es un acto político. Significa interrumpir la lógica dominante de: productividad, aceleración y medición constante.

La carencia de interioridad la veo todos los días: “El pie que no deja de moverse bajo la mesa.” “La mirada perdida mientras alguien habla.” “El cuaderno abierto, pero sin una sola palabra escrita.” “El estudiante que dice ‘profe, ¿esto entra en la prueba?’ antes de preguntar si lo entendió.”

Se necesita abrir un espacio donde el niño o joven no esté permanentemente reaccionando. Se necesita un cambio de paradigma, lo que ocurre nos muestra el agotamiento ya evidente de un modelo educativo que ha reducido la formación a rendimiento medible, a la obsesión por los puntajes y a la lógica de la competencia, dejando en la sombra —casi como un resto incómodo— todo aquello que no se puede cuantificar: aprender a convivir, a valorar la democracia, a pensar críticamente, a sentir y a sostener, en común, algo parecido al bien. Hoy se pueden dar enormes pasos que no requiere grandes reformas estructurales inmediatas.

Requiere algo más simple y más radical: espacios reales de silencio (sin evaluación), prácticas de atención que permitan percibir el impulso antes de actuar, experiencias de relación no mediadas por la competencia ni el rendimiento. No como técnicas… Como condiciones de posibilidad.

La experiencia me ha enseñado a no vivir dando recetas, quizá habría que invitar a las comunidades educativas a pequeños desplazamientos radicales esto es, acciones que puedan ser apropiables por el profesor, sin burocracia, sin lenguaje técnico, casi como gestos que devuelven humanidad a la sala. Pequeños gestos que agrietan el sistema. Por lo tanto esta es una invitación a:

 “Doce gestos mínimos para interrumpir la violencia sin violencia”

  1. Un gesto político mínimo es interrumpir la aceleración: “Antes de empezar, guardemos un minuto de silencio.”
  2. Desplazar el eje: del rendimiento a la experiencia, esto es, Instalar la pregunta que no entra en la prueba: ¿Qué de esto te hizo sentido? ¿Qué no entendiste de verdad? ¿Qué te pasó con esto?
  3. Detenerse cuando algo pasa (aunque “no toque”). Si hay tensión, ruido, desconexión: En vez de seguir pasando contenidos: Paremos un momento. Algo está pasando aquí.” Esto devuelve presencia. Evita que todo se vuelva reacción.
  4. Reducir intencionalmente la cobertura (aunque incomode) Elegir menos contenido, pero más trabajado. Decirlo explícitamente: “Prefiero que entendamos esto bien, aunque no alcancemos todo.”  Esto atenta contra la lógica del “pasar materia” como fin en sí mismo.
  5. Tratar de cerrar las clases con una pausa, no con prisa.
  6. Suspender por momentos la lógica de la evaluación. Esto rompe la asociación total entre aprender y rendir.
  7. Dar lugar al cuerpo inquieto. En vez de reprimir automáticamente:  Permitir pequeños movimientos. La violencia muchas veces es cuerpo sin espacio.
  8. Hablar desde la experiencia, no solo desde el contenido. Esto humaniza la relación. Saca al profesor del rol puramente instrumental.
  9. Construir momentos sin competencia. Lecturas compartidas sin calificación. Conversaciones sin “respuesta correcta”. Nos ayuda e introduce otra forma de relación: no competitiva.
  10. Nombrar el sistema que nos satura al interior de la sala. Sin miedo, sin panfleto, pero con honestidad. Esto hace consciente la estructura, transforma la experiencia y forma conciencia. 
  11. Habilitar micro-espacios de interioridad. Como condición de posibilidad.
  12. Validar la saturación sistémica (sin psicologizarla).

Conclusión

Históricamente hemos intentado muchas formas de abordar la violencia escolar. Más control, más regulación, más programas, hoy pórticos, vigilancia, revisión de mochilas. Sin embargo, seguimos evitando una pregunta incómoda: ¿qué tipo de experiencia educativa estamos produciendo?

Una experiencia sin pausa, sin silencio, sin presencia, sin posibilidad de apropiación, difícilmente puede sostener sujetos capaces de algo distinto a la reacción.

Por eso, introducir espacios de interioridad en la escuela no es un lujo ni un complemento. Es una forma de interrumpir una lógica que ha reducido la educación a rendimiento y ha dejado fuera al estudiante.

No resolverá todo, pero abre una grieta. Y hoy, quizá, lo más urgente no es cerrar la violencia con más control, sino abrir esas grietas donde otra forma de convivir –y de aprender- todavía sean posibles.