
Periodista y Comunicador Social
Si mis estimados lectores creen que voy a hacer una reseña de la famosa película —hoy nuevamente en cartelera con una secuela que lleva el mismo título de esta columna—, tempranamente quiero echar por tierra sus expectativas. Sin embargo, esta historia sí tiene tintes de moda y ropajes que, lejos de ser elegantes, desentonan con la estética que debe tener una democracia aún frágil y perfectible, pese a las más de tres décadas avanzadas tras la Dictadura.
Ver al periodista y ex animador juvenil Javier Olivares, hoy flamante diputado de la República, cubierto con mantas de estilo castrense —las mismas que utilizaba Pinochet en sus apariciones mediáticas—, apelando a una mezcla entre cultura prusiana y legiones romanas, recibe al menos de parte mía un cuestionamiento al gusto y al escenario político-social del país.
Comparto que el estilo, la variedad y la calidad de la ropa dependen muchas veces de factores económicos heredados del capitalismo popular, curiosamente impulsado en los “años verde oliva” que nos rigieron desde 1973 a 1990. Sin embargo, es innegable que la vestimenta es también un reflejo de lo que somos o queremos representar en la vida, sobre todo en épocas donde las redes sociales amplifican el ego y transforman cualquier gesto en una puesta en escena, fenómeno del cual ni el autor de estas líneas está inmune.
Por eso es peligroso lo ocurrido con Olivares. Con desparpajo y una alarmante falta de memoria, utiliza uno de los principales templos de la democracia, como es el Congreso Nacional, para humillar a los caídos, a los derrotados, a quienes piensan distinto y, lo que es aún más grave, a quienes la Dictadura les arrebató un ser querido, cuestión que trasciende cualquier diferencia ideológica.
Olivares, en su necesidad de llamar permanentemente la atención, transforma a quien supongo considera su “ídolo” y pretende enaltecer, paradójicamente, en una caricatura, en un ícono pop, en una trascendencia casi comparable a los villanos de ficción que hoy abundan en películas y cómics. Pero, a diferencia de esos personajes, la crueldad, la ansiedad de sangre y la ambición del dictador al que parece homenajear fueron reales. La impunidad biológica y nuestra cobardía institucional impidieron que purgara sus responsabilidades penales, salvo aquel episodio que tuvo lugar en Londres y no en nuestros propios tribunales.
Pese a la climatización de los pasillos legislativos, hemos visto nuevamente a Olivares vestido con su capa, ofendiendo a la parlamentaria Lorena Pizarro, quien perdió a su padre a manos del régimen. Para establecer los parámetros morales entre uno y otro actor, quiero rememorar una conversación que tuve hace algunos años con la legisladora comunista. Alguien comentó la longevidad de Lucía Hiriart, esposa de Pinochet, quien aún seguía viva pese a su avanzada edad. Lorena Pizarro, con absoluta serenidad, respondió que ella no le deseaba la muerte, pues llegar al invierno de la vida sometida a cuestionamientos permanentes y lejos de los homenajes que creyó merecer era ya un castigo suficiente. Esa es la diferencia entre la banalización del horror reflejado en un capote y el respeto mínimo por la condición humana.
Finalmente, es importante recordarle al diputado Olivares que aquel a quien pretende homenajear con esa capa fue el mismo que cerró el Congreso Nacional, institución que hoy el ex animador juvenil disfruta como fuente laboral y sustento económico. El mismo que, bajo esos mismos ropajes, cegó —por mano propia o ajena— miles de vidas, incluyendo niños y mujeres embarazadas. El mismo que nos hundió en una institucionalidad férrea cuyos efectos aún nos agobian, promoviendo un individualismo que debilitó el tejido social y consolidó un Estado reducido, muchas veces incapaz de responder plenamente a las necesidades de su pueblo.
La misma población que hoy sufre literalmente los rigores del frío, mientras el legislador del PDG parece intentar esquivarlo envuelto en una capa que, sin embargo, no alcanza a cubrir la vergüenza política y moral de relativizar uno de los períodos más dolorosos de nuestra historia reciente.





