jueves, junio 4, 2026
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Desde el programa del ’47 al espacio territorial presente

PS-Chile

Conviene señalar que, al interior de las culturas partidarias, existen hitos programáticos e idearios que perduran en el tiempo, en la medida en que su vigencia logra renovarse. Tal es el caso del Programa de 1947 del Partido Socialista de Chile, el cual continúa siendo, hasta hoy, un referente político e identitario capaz de cohesionar una parte importante de su militancia y tradición doctrinaria, cuando se busca desarrollar un encuentro programático.

Ciertamente, existen otros momentos históricos e ideas fuerza que también cumplen dicha función; sin embargo, el Programa de 1947 alcanza una singular relevancia debido a la consistencia con que interpreta la realidad política, económica y social de su época y, a partir de ello, proyecta una orientación estratégica para el accionar partidario futuro.

Quizás una de las claves de su permanencia radica en la forma en que articula democracia y transformación social, utilizando el lenguaje político e intelectual característico de la primera mitad del siglo XX. En ese contexto, reivindica el análisis marxista como herramienta de diagnóstico y acción, planteando la superación revolucionaria del capitalismo reconociendo al Estado como instrumento fundamental para impulsar transformaciones estructurales, aun cuando dichas concepciones hayan sido posteriormente revisadas, reformuladas o incluso cuestionadas desde diversas corrientes políticas e ideológicas.

Otro aspecto relevante del programa es su posicionamiento frente al contexto internacional de la época. El texto desarrolla una mirada crítica tanto del capitalismo imperialista —representado entonces por Estados Unidos— como de las formas de dominación asociadas al comunismo soviético. Frente a ambos polos, propone la construcción de una alternativa latinoamericana sustentada en las propias realidades históricas, culturales y sociales de la región, junto con una vocación integracionista de carácter antiimperialista.

Un elemento transversal del documento es la centralidad otorgada al territorio. Este aparece como eje articulador del desarrollo, al reconocer el valor estratégico de los recursos naturales, su distribución espacial y su potencial para sustentar procesos de industrialización orientados a satisfacer las necesidades de las mayorías. Asimismo, el programa incorpora la dimensión marítima como factor de proyección internacional y desarrollo nacional. Esta mirada territorial —que hoy puede comprenderse no solo desde lo físico, sino también desde lo virtual y digital— refuerza la idea de un desarrollo situado, con identidad y arraigo social.

En esta misma línea, resulta especialmente vigente el énfasis del programa en la descentralización. El texto plantea la necesidad de una organización administrativa capaz de asegurar la participación efectiva de las regiones en la política económica del Estado, proponiendo mayores grados de autonomía territorial. Este debate continúa plenamente abierto en la actualidad, particularmente respecto de la autonomía fiscal, la distribución del poder político y el diseño institucional necesario para profundizar un proceso descentralizador que aún permanece inconcluso.

La vigencia del Programa de 1947 puede explicarse, en buena medida, por su capacidad de vincular las necesidades territoriales de su tiempo con aquellas que persisten en el presente. Su valor no reside únicamente en su contenido doctrinario, sino también en su profundo anclaje en la vida cotidiana de las personas: en sus comunidades, en sus espacios locales y en la experiencia concreta de búsqueda de dignidad humana en el diario vivir.

No obstante, este enfoque territorial debe dialogar hoy con una nueva dimensión: el espacio virtual. Las redes sociales, internet y la inteligencia artificial han configurado un entorno marcado por la sobreabundancia de información —la denominada “infocracia”— que influye decisivamente en la vida social, tanto positiva como negativamente. En este contexto, resulta fundamental reafirmar la centralidad del territorio concreto (el hogar, la cuadra, el barrio, la comuna en su dimensión urbana y rural, entre otros más), entendido como el espacio donde las necesidades reales se manifiestan y donde las transformaciones sociales adquieren materialidad.

En definitiva, el valor de esta perspectiva radica en reconocer que es en los territorios —en la vida cotidiana de las personas— donde se expresan las demandas por seguridad, trabajo, transporte, alimentación y bienestar (entre hartas más). Es allí donde la política adquiere sentido y donde los partidos deben representar y canalizar dichas necesidades, promoviendo soluciones que articulen desarrollo humano y crecimiento económico, sin subordinar el primero exclusivamente al segundo.

En términos contingentes, la actual reforma tributaria presentada por el gobierno bajo el nombre de “Plan de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico y Social” (mayo de 2026) incorpora una profunda reforma económica centrada en la reducción de impuestos a empresas, la eliminación de contribuciones —con impacto directo en el Fondo Común Municipal, mecanismo fundamental para el financiamiento territorial y local— y el incentivo a la inversión tras los recientes incendios. Sin embargo, aunque el crecimiento económico constituye un componente relevante del desarrollo, un país no  progresa únicamente mediante el aumento de sus recursos fiscales o financieros (no asegurados en los resultados de la reforma). Es el desarrollo humano en los territorios (que implica crecimiento económico también), el que permite mejorar efectivamente la calidad de vida de las familias, comunidades y sociedades, siempre emplazadas en espacios concretos.

Así, la vigencia del Programa de 1947 no se explica únicamente por su valor histórico, sino también por su capacidad de articular democracia, territorio y dignidad humana como bases de un proyecto de desarrollo orientado a mejorar, de manera concreta y equitativa, la calidad de vida de las personas, tanto en el presente como hacia el futuro, más allá de indicadores exclusivamente económicos.