jueves, junio 11, 2026
Inicio Destacado A falta de pan, ¿buenos son los “pitos”?

A falta de pan, ¿buenos son los “pitos”?

Foto: Adriana Oliveira Correia (Pexels)

 

Sube un vendedor de dulces chilenos al bus interprovincial en el que viajo. Hace su recorrido y vende poco. Me bajo con él porque fumaré mientras el bus hace una parada. El me comenta que ya se fumó su cigarro de marihuana antes de partir a trabajar. “Tomo mi desayuno y me fumo un ‘pito’; lo hago todos los días y en tarde me fumo otro”, me cuenta. Le pregunto cuanto le cuestan. “$3.000 cada pito, si es de buena calidad”. Le digo que le sale más caro que una cajetilla. Pero me replica que gasta feliz las lucas porque así trabaja más contento y relajado. “Las ventas están malas…”

Al volver a Santiago es tarde en una noche de domingo y me siento junto a una mujer de unos 45 años a fumar otro cigarro. Le pregunto si le molesta que fume. Me dice que no y que ella se está fumando un “pito”. Me dice que tendrá un viaje largo, que trabaja en un sushi y que fuma todos los días desde hace 6 años porque la relaja, pero que no fuma en la pega y no toma alcohol. “Los ‘marihuanos’ somos super tranquilos…¿Cuándo ha escuchado que alguien con marihuana haya cometido un asalto violento?”

Cuando subo al Metro camino a mi casa, concluyo que pareciera que en Chile se está aguantando a punta de “pitos” la durísima vida cotidiana que vive la mayoría de los chilenos de a pie. Había llegado a una conclusión semejante cuando trabajé en el Costanera Center, donde el olor de marihuana era pan de cada día en la entrada del mall y sus alrededores.

La maldita incertidumbre

La salud mental está mal hoy en Chile. Lo dicen las cifras.  Según el Termómetro de Salud Mental de la Asociación Chilena de Seguridad y la Universidad Católica (ACHS-UC) aproximadamente el 13% de los chilenos presenta síntomas moderados o severos de depresión. Cerca del 26% presenta síntomas significativos de ansiedad.  Las mujeres presentan niveles bastante más altos que los hombres: la depresión alcanza cerca del 19,5% en mujeres frente a 6% en hombres.  

Diversos estudios epidemiológicos han encontrado que alrededor del 16,5% de la población chilena ha presentado algún trastorno psiquiátrico en un período de 12 meses. La sensación de soledad es percibida por cerca del 19% de la población, un factor muy relacionado con depresión y ansiedad. 

Estamos peor que el promedio de America Latina, donde la prevalencia de trastornos de ansiedad es cercana al 7,3% (cifra muy inferior a los datos de Chile pero igualmente superior al promedio mundial y al de muchos países desarrollados) y la depresión regional ronda el 4,4%, un tercio de la prevalencia en Chile.  

De acuerdo a estas cifras, es claro que estamos viviendo una situación compleja en términos de salud mental, aunque no estemos ante una crisis explosiva como durante la pandemia. Pero sí frente a un problema crónico y muy extendido que afecta especialmente a mujeres, jóvenes y personas mayores que viven solas.  

¿Por qué ocurre esto? La explicación, desde una mirada psicológica y social, apunta a que nuestro país parece haber pasado del miedo puntual al temor permanente. Es decir, a una sensación de vulnerabilidad asociada a la delincuencia, la economía, la salud, el trabajo y el futuro. Y, obviamente, la incertidumbre sostenida desgasta emocionalmente.

Entre los factores de riesgo se cuentan el endeudamiento y el estrés económico, las larguísimas jornadas laborales, la soledad y el debilitamiento de redes comunitarias así como también el consumo problemático de alcohol y drogas. Y, desde luego, el uso adictivo de redes sociales, especialmente entre adolescentes porque estas -màs los noticieros- aumentan la sensación de amenaza permanente. 

En este cuadro, los niños y los jóvenes son probablemente el grupo más vulnerable. Datos de diversos estudios vienen mostrando en forma persistente problemas de malestar emocional, siendo el suicidio una de las principales causas de muerte en jóvenes chilenos de entre 15 y 24 años. Hubo entre 5,2 a 5,4 suicidios de jóvenes de entre 10 y 19 años por cada 100.000 habitantes entre 2000 y 2017.  

Respecto de las personas mayores, ellas son quienes suelen recibir menos atención. Muchos adultos mayores enfrentan aislamiento social, duelos frecuentes, pensiones insuficientes, problemas físicos que limitan la autonomía. Todo ello aumenta el riesgo de depresión y deterioro emocional.  

¿Hay cómo enfrentar este problema? Si se observa al sistema público de salud, Chile tiene desde hace años un modelo comunitario de salud mental. Sin embargo, sigue existiendo una brecha importante entre la necesidad y el acceso efectivo a tratamientos. Muchos chilenos reconocen necesitar ayuda psicológica o psiquiátrica, pero no logran obtenerla oportunamente por costos, listas de espera o falta de especialistas.  

Hay otra arista problemática. En 2024, otra medición de la ACHS-UC mostró que muchas personas con síntomas de malestar psicológico no sentían necesidad de tratarse. Esto es dramático porque da cuenta de una mezcla de normalización del sufrimiento, además de desconocimiento y barreras de acceso.  

Chile enfrenta hoy una gran paradoja porque vivimos en una sociedad donde aumenta la expectativa de éxito individual, pero disminuyen los vínculos de confianza y pertenencia. El resultado es una combinación de ansiedad, soledad y sensación de gran fragilidad emocional.  

En razón de ello, los estudiosos del tema señalan que hoy, uno de los grandes problemas de Chile no es solo económico o político, sino emocional: una sociedad cansada, desconfiada y preocupada un futuro incierto. Se podría decir que Chile está agotado de incertidumbre.

La incertidumbre es una de las experiencias psicológicas más agotadoras. Para el cerebro humano, muchas veces es más fácil enfrentar una mala noticia cierta que una amenaza incierta. ¿Por qué? Porque nuestro cerebro evolucionó para detectar peligros y prepararse para ellos. Si sabes que perderás tu trabajo en un mes, es doloroso, pero puedes empezar a planificar. Si no sabes si perderás el trabajo, ni cuándo, ni cuánto afectará tu vida, el cerebro permanece en un estado de vigilancia constante. 

El cerebro odia los vacíos. La psicología ha observado que el cerebro prefiere una explicación imperfecta antes que ninguna explicación. Cuando faltan certezas, la mente empieza a fabricar escenarios: “¿Y si me despiden?”, “¿Y si me enfermo?”, “¿Y si no me alcanza la pensión?” La mayoría de esos escenarios pocas veces  ocurre, pero el organismo reacciona como si fueran amenazas reales.

Vivir una incertidumbre prolongada aumenta el cortisol -la hormona del estrés-, y la tensión muscular; el sueño se vuelve menos reparador; disminuye la capacidad de concentración, se agota la energía mental.

A nivel colectivo ocurre algo parecido. Una sociedad puede tolerar dificultades importantes si siente que sabe hacia dónde va. Lo que desgasta es la sensación de que nadie sabe qué viene después. Eso es lo que tiene agotados a los chilenos hoy en día. Está comprobado que períodos de crisis económica, cambios políticos drásticos, fuertes transformaciones tecnológicas, suelen generar más ansiedad que algunas dificultades materiales concretas.

Muchos analistas han observado que, desde hace años, Chile vive una acumulación de incertidumbres. No significa que todos estén deprimidos, pero sí que muchas personas viven con una sensación permanente de “estar esperando algo”. Y esa espera consume enormes recursos psicológicos.

El psiquiatra y neurólogo austríaco Viktor Frankl -quien vivió la experiencia del holocausto- observó que los seres humanos soportan sufrimientos muy grandes cuando logran encontrarles sentido. En definitiva, lo que resulta más destructivo no es necesariamente el dolor, sino la combinación de dolor e incertidumbre. La incertidumbre no mata por intensidad, desgasta por duración. 

Lo que estamos viviendo con el nuevo gobierno de Kast, donde se percibe que las reglas cambian constantemente o que el rumbo del país es poco claro, aumenta la ansiedad y el estrés. Los discursos de los lìderes políticos pueden transmitir  esperanza y cohesión o miedo, confrontación y polarización. Es claro lo que transmite el discurso de Kast y su banda, quien basó su campaña en dividir a la sociedad chilena en bandos irreconciliables para lograr su cometido. Ello aumenta el estrés social y disminuye la confianza interpersonal.

Las personas no reaccionan solo a lo que ocurre, sino a lo que creen que ocurrirá. Por eso, la variable psicológica más poderosa suele ser la expectativa de futuro. Una población que cree que las cosas mejorarán tiende a tolerar mejor las dificultades presentes. Aquella que siente que el futuro es incierto o puede empeorar, suele experimentar más ansiedad, irritabilidad y desgaste emocional.

El doble filo de la marihuana

Cabe preguntarse si fumar marihuana puede ayudar a sobrellevar los problemas si se piensa que, en Chile, su consumo es relativamente alto en comparación con muchos países de América Latina, especialmente entre jóvenes y adultos jóvenes. 

Pareciera que no ayuda. Diversos estudios han detectado que el uso del cannabis es una forma de manejar estrés, ansiedad, frustración, soledad o condiciones de vida difíciles. El problema es que eso no significa necesariamente que ese consumo “sostenga” de manera saludable en el largo plazo a los usuarios de esa sustancia.

La marihuana puede producir temporalmente disminución de la ansiedad, desconexión de preocupaciones cotidianas, sensación de bienestar o alivio emocional. De modo que, para alguien que enfrenta precariedad económica, trabajos exigentes, deudas, conflictos familiares o pocas oportunidades de recreación, ese alivio puede resultar muy atractivo. Desde la psicología, esto se conoce como automedicación emocional. Es decir, usar una sustancia para aliviar un malestar que tiene causas más profundas.

Pero en esta autoreceta hay riesgos porque el alivio inmediato no siempre resuelve el problema de fondo. Además, el consumo frecuente puede asociarse con menor motivación, dificultades de concentración y memoria, riesgo de dependencia psicológica, empeoramiento de la ansiedad o la depresión en ciertos consumidores. Incluso, mayor riesgo de crisis psicóticas en personas vulnerables, o problemas de rendimiento laboral o académico. Desde luego, no todos desarrollan estos problemas, pero el riesgo aumenta con el consumo frecuente, las dosis altas y el inicio a edades tempranas.

Asimismo, hay que hacerse una pregunta que sociólogos y psicólogos se han planteado por años: ¿Las drogas ayudan a las personas a soportar condiciones difíciles o terminan dificultando que cambien esas condiciones?

La respuesta estándar no existe. Para algunas personas, la marihuana funciona como una válvula de escape relativamente menos dañina que el alcohol u otras drogas. Pero, para otras, puede transformarse en una forma de adaptación pasiva que reduce la capacidad de enfrentar problemas, buscar ayuda o impulsar cambios.

Cuando observamos que la persona necesita consumir para sentirse “normal” o para poder enfrentar el día, suele ser una señal de alerta roja. 

Nadie sale solo

Las cosas se tornan más graves en Chile porque en nuestro país las redes comunitarias son más débiles que en otros países latinoamericanos. Si uno compara nuestro país con países más pobres de la región se observa que éstos tienen mayor incertidumbre económica, pero redes familiares y comunitarias más fuertes. En Chile hay más bienestar material, pero más individualismo y más sensación de tener que resolver los problemas solo. Chile bien podría ser uno de los países donde más personas sienten que cargan solas con su cruz.

Según plantean estudiosos del tema, para encontrar salidas se requiere fortalecer los consultorios, los colegios y los municipios con psicólogos, trabajadores sociales, terapeutas ocupacionales y médicos capacitados. La salud mental debe estar cerca de la gente, no solo en hospitales o consultas privadas. La primera puerta no debería ser siempre el psicólogo o el psiquiatra. Tampoco los medicamentos. 

La tarea debería ser reconstruir redes porque una sociedad sola se enferma más. Deberíamos dejar de estar como Toribio el naufrago enfrentando la tormenta que se desató el 11 de marzo pasado y recordar que nadie sale solo de esto…