A propósito del mes mundial de la salud mental, resulta fundamental no solo visibilizar el malestar psicológico que atraviesa a la juventud chilena, sino también cuestionar radicalmente la matriz desde la cual solemos interpretarlo. Las cifras de la 11.ª Encuesta Nacional de Juventudes del INJUV revelan un escenario crítico: un 10 % de las personas jóvenes presenta sintomatología depresiva o ansiosa grave, un 18 %declara haber recibido un diagnóstico formal y los indicadores muestran un alza sostenida tras la pandemia.
Frente a este diagnóstico, persiste la errada práctica de encasillar el sufrimiento psíquico como un problema estrictamente individual: una supuesta incapacidad personal para gestionar las emociones, adaptarse o desarrollar resiliencia. Si bien la atención psicológica, psiquiátrica y farmacológica es indispensable cuando se necesita, esta mirada resulta profundamente insuficiente si invisibiliza las condiciones sociales, económicas y culturales en las que laspersonas viven, estudian, trabajan y cuidan, como ocurrecuando se privilegia una perspectiva exclusivamente biomédica. El peligro no radica en reconocer la dimensión individual del sufrimiento, sino en permitir que esta termine eclipsando sus determinantes estructurales.
En este punto, el concepto de alienación adquiere unaimportancia fundamental: expresa la experiencia amarga de perder progresivamente el control sobre la propia existencia, mientras las decisiones y expectativas quedan supeditadas afuerzas externas que parecen inalterables e incontrolables. La alienación dista de ser un mero cansancio rutinario; supone la distancia dolorosa entre la vida que efectivamente se tiene y lacapacidad real de decidir sobre ella.
Al examinar la realidad juvenil, se observa cómo la vida cotidiana ha quedado subordinada a la lógica del rendimiento. Aunque la educación superior alcanza un máximo histórico del 36 %, un 26 % de quienes han estudiado señala que «da lo mismo lo que se estudie, porque después hay que trabajar en lo que sea». La precarización laboral profundiza este desencanto: el trabajo por cuenta propia abarca al 26,5 % delos jóvenes ocupados y cerca de un tercio de las personas asalariadas trabaja sin contrato formal. A esta fragilidad se suma que un 16 % asume labores de cuidado, una carga que recae sobre las mujeres en dos de cada tres casos.
El problema no proviene de una exigencia aislada, sino de la acumulación asfixiante de demandas en la rutina diaria: la presión académica, la incertidumbre laboral, la responsabilidad de cuidar y la disputa constante por el tiempo en el entorno digital. Bajo estas exigencias, la promesa del mérito individual encubre condiciones de partida profundamente desiguales. Como plantea Byung-Chul Han al analizar la «sociedad del rendimiento», el poder contemporáneo opera interiorizando la autoexigencia: elindividuo se transforma en «empresario de sí mismo» y termina explotándose bajo la ilusión de la realización personal. Bajo el eslogan del «tú puedes», el agotamiento se resignifica perversamente como culpa o fracaso individual.
No obstante, la juventud chilena no es una generación pasivani aislada. La misma encuesta evidencia que un 70 % participó en organizaciones o grupos durante el último año, lo que constituye el nivel más alto desde 2006. En esta aparente paradoja reside una verdad fundamental: incluso dentro de una estructura que incentiva la competencia, persisten la solidaridad y la construcción colectiva.
Desde una perspectiva socialista, la salud mental comunitaria ofrece un punto de partida para articular una respuesta a esta problemática. El propio modelo chileno reconoce conceptualmente los determinantes sociales de la salud y la importancia de la articulación comunitaria. Sin embargo, eldesafío de fondo consiste en trascender una atención centrada exclusivamente en el individuo y asumir que el bienestar psicológico depende también de las condiciones materiales en las que transcurre la vida.
Desprivatizar el dolor no significa negar la responsabilidad individual ni descartar el tratamiento profesional. Significa comprender que ninguna política será eficaz si no enfrenta la precarización laboral, redistribuye las tareas de cuidado,defiende el derecho al descanso y recupera espacios de vinculación social al margen de la productividad.
La salud mental no puede convertirse en una exigencia más de adaptación a una vida que enferma. Una política transformadora debe garantizar mayor autonomía sobre el tiempo, más solidaridad y menos precariedad, para devolverles a las juventudes la posibilidad efectiva de que sus vidas les pertenezcan.
