jueves, junio 18, 2026
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Cambio climático, Ley indígena, educación intercultural

Foto de Diego Marín en Unsplash

Foto de Diego Marín en Unsplash

Durante muchos años, desde 1993 cuando se dicta la Ley 19.253 (Ley Indígena) se genera en los grupos empresariales agroindustriales y financieros, en la derecha política conservadora, un deseo de profundizar la modernización capitalista hacia la pequeña agricultura, campesina tradicional e indígena. Hay también una segunda razón, la Ley Indígena es una de las dos leyes anticapitalistas generadas durante los gobiernos de la concertación de partidos por la democracia u hasta la fecha. La otra fue la del Estatuto de los Profesionales de la Educación, Ley no. 19.070 (1996) que rigidiza y protege el mercado de trabajo docente público, pero es otra discusión.

La Ley indígena es profundamente anticapitalista pues extrae del mercado de tierras y de la libre competencia un gran capital productivo expresado en miles de hectáreas de enorme potencial económico. En la sociedad chilena los grandes capitalistas forestales, agroindustriales, inmobiliarios, financieros, no han aceptado jamás esta situación, que no es estatista, es social, una forma de propiedad privada protegida por el estado, pero de fundamento original pre o anticapitalista. Hasta el principio sagrado de la propiedad privada tiene un límite: el interés del trabajo y sistemas productivos de los pueblos indígenas y del mapuche. Eso despierta, en una parte de la burguesía, deseos fetichistas de reserva de capitales para la especulación futura escondida en formato de ocio actual, y, de modo más brutal, la necesidad de expandir las industrias y sistemas financieros para cumplir la orden suprema del sistema: producir, crecer, acumular, reproducir los capitales y luego repetir el ciclo.

La cuestión de fondo

En Chile, las tierras agrícolas representan aproximadamente el 21% del territorio nacional según los registros del Banco Mundial. Pero, al considerar todo el suelo potencialmente útil para actividades silvoagropecuarias (incluyendo pastos), esta cifra asciende a cerca del 35% del territorio continental (ODEPA). Los suelos con mayor aptitud agrícola se localizan principalmente en el centro y centro-sur del país (desde la Región de Valparaíso hasta la Región de Los Lagos). Es decir, la tierra en propiedad privada campesina e indígena se encuentra justamente donde están los mejores suelos del país y, además con agua… y no se puede expropiar, no se puede “acogotar” a los productores, la tierra no se puede empobrecer para comprar barato, ni enriquecer tecnológicamente para comprar caro, ni la tierra ni sus productos: la tierra indígena no se puede hipotecar a los bancos, ni vender a quien no es indígena. Es un circuito económico cerrado que sigue sus propias leyes y procesos de compra y venta, de intercambio y de mercado, donde la distinción entre valor de uso y valor de cambio pierde su definición objetiva y pasa a ser fluida y dependiente de los intercambios: es un sistema cerrado que permea el sistema capitalista de libre mercado, el que, por su vez, no consigue penetrar ni la producción ni la propiedad. La derecha ha planteado que los pueblos indígenas y sobretodo el mapuche, es pobre pues no tiene acceso al crédito ya que no puede hipotecar sus propiedades. Por eso hay que “liberar esa inhabilidad de hipotecar para eliminar la pobreza e incluir a los indígenas al sistema capitalista neoliberal dominante”. Es el discurso que esconde el interés oculto de generar condiciones para que se cumpla la ley del capitalismo, que en los sesenta del siglo XX la Reforma Agraria trizó: liberalizar los mercados para facilitar la acumulación capitalista concentrada en sectores burgueses transnacionales y sus súbditos nacionales dominantes. Para proteger la tierra se dictó la Ley, para liberarla y someterla al mercado es el interés actual de modificarla.

El Cambio Climático

El calentamiento global y su consecuencia de cambio climático, está generando una condición nueva en el mundo y en el centro sur del país. El aumento de las temperaturas, los cambios sustantivos de grados de calor/frio entre las madrugadas y los días, la moderación de las lluvias, la progresiva desaparición de los glaciares, genera en los movimientos sociales, organizaciones no gubernamentales y sociales e indígenas, pequeños y medianos empresarios, académicos, dirigentes sociales, políticos e indígenas responsables por el presente y el futuro, una sensación de desazón, de incertidumbre, de dolor que agota a unos y hace luchar y resistir a otros. Se vienen tiempos complejos. Producir ovejas ya no tendrá sentido: importan los frutales asociados a la agroindustria exportadora. Ya se experimenta o produce vino, paltas, olivos, viñedos, cerezas, frutas de zonas más secas. Miles de hectáreas entran a los procesos productivos de las regiones sureñas dando trabajo precario, innovaciones creativas, abriendo nuevos mercados exportadores. Se empieza, desde la materialidad de la innovación productiva a afectar la subjetividad indígena y campesina deseosa de inclusión a la modernización. Y ante la incapacidad de entender las leyes del capitalismo, excluida de los curriculums escolares y universitarios, empieza a preguntarse si no será buena esta propuesta del actual gobierno. La venta y pérdida de la tierra se asoma como cantinela de nueva garrafa llena de licor de madera, ahora aromatizada de perfume frutal.

La educación intercultural.

¿Será la moneda de cambio? ¿Educación y lengua por tierra y libertad? Voy a ser claro: un pueblo vive libre, con sentido y se reproduce autogestionado por el control de la tierra y del agua, por su capacidad de decidir que y como producir, como distribuir los resultados de su trabajo. La educación intercultural e incluso la indígena son importantes, pero menos que ser dueños de la tierra y la libertad. Los educadores, indígenas y no, debemos tener esto claro y colocar esta prioridad: aprender a leer la letra y el texto escolar, como decía Paulo Freire, pero desde la lectura del mundo, desde la tierra propia, desde el agua comunitaria, desde la libertad del trabajo y la producción, desde la lucha por la conciencia para la gestión propia y libre de las propiedades, de la tierra, del agua, del trabajo humano. Educación sin tierra y libertad es ilusión, es chocolate que se derrite deliciosamente en la boca, hasta que nuevamente el sabor del hambre emerge desde el cuerpo, desde el estómago, desde ver su tierra brillando a la distancia en manos de otros.