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¿Cuándo la izquierda se volvió conservadora?

Foto de Mohamed Afthab P P en Unsplash

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Las fuerzas de la izquierda chilena y latinoamericana en general atraviesan un momento difícil, que hace necesario mirar su trayectoria en retrospectiva de manera crítica y constructiva, pero no complaciente si ha de tener futuro.

Preguntar cuándo la izquierda se volvió conservadora parece una provocación, pero contiene una inquietud legítima. La respuesta, sin embargo, exige precisión. Defender derechos laborales, seguridad social, libertades civiles o democracia frente a fuerzas regresivas no es conservadurismo: es proteger las condiciones de la emancipación. El problema comienza cuando conservar lo conquistado sustituye toda idea de futuro; cuando la prudencia deja de ser táctica y se vuelve doctrina; cuando administrar los daños del capitalismo reemplaza la voluntad de transformar sus estructuras.

No hubo un día exacto, sino una secuencia. En Europa occidental, 1983 fue un símbolo: el gobierno socialista de François Mitterrand retrocedió ante la fuga de capitales y las restricciones financieras. La lección pudo ser construir controles democráticos sobre las finanzas, banca pública y nuevas formas de coordinación internacional. Pero prevaleció otra: si los mercados limitaban la política, la política debía ganarse la confianza de los mercados. La caída del socialismo real en 1989 profundizó esa retirada y, hacia 1997, la Tercera Vía de Blair, Clinton y Schröder la convirtió en identidad. La centroizquierda aceptó privatización, desregulación y desigualdad productiva, prometiendo administrar el mismo orden con más educación, oportunidades y diversidad.

Allí ocurrió el giro decisivo: la restricción externa fue incorporada como convicción interna. La izquierda dejó de organizar capacidades para construir otro orden y pasó a ofrecer una versión más inclusiva del existente. La transformación económica cedió su lugar a la regulación; la democratización del poder, a la compensación; el partido de masas, al partido profesional de expertos, asesores y comunicadores.

Esto no convierte las luchas feministas, antirracistas, indígenas, sexuales o ambientales en responsables del retroceso. Esas luchas ampliaron una izquierda que había confundido demasiadas veces al ser humano universal con un trabajador masculino, industrial y urbano. El problema apareció cuando reconocimiento y redistribución se separaron. El neoliberalismo aprendió a diversificar las élites sin democratizar la propiedad, el crédito o el trabajo. Una mujer podía llegar al directorio de una empresa mientras miles de trabajadoras seguían subcontratadas; una empresa podía celebrar la diversidad mientras bloqueaba la organización sindical. La inclusión simbólica se volvió compatible con la conservación material.

En América Latina, el progresismo tomó dos caminos. Las centroizquierdas posdictatoriales consolidaron democracias frágiles y redujeron pobreza, pero con frecuencia naturalizaron las instituciones económicas heredadas. Luego, la marea rosa recuperó capacidad estatal y redistribuyó renta, pero mantuvo la especialización extractiva. Una variante administró el mercado; la otra, la renta. Ninguna logró superar de manera estable la dependencia de materias primas, la baja inversión y la productividad estancada. En sus expresiones más graves, la defensa del gobierno terminó justificando caudillismo, silenciamiento de movimientos sociales y autoritarismos considerados aliados.

Chile resume la paradoja. En 1990, negociar bajo senadores designados, quórums contra mayoritarios y Fuerzas Armadas aún poderosas era prudencia democrática. El giro conservador fue gradual: apareció cuando lo aceptado como límite comenzó a presentarse como virtud. Entre 1990 y 2005, parte de la dirigencia concertacionista pasó de resignarse ante la capitalización individual, la segmentación sanitaria y la debilidad sindical a considerarlas piezas permanentes de una modernización exitosa. Hubo crecimiento, reducción de pobreza y expansión social, pero la desigualdad social y política quedó casi intacta.

La nueva izquierda surgida de 2011 recuperó voluntad de ruptura, aunque confundió a veces presencia cultural con hegemonía social. El ciclo constituyente demostró que una mayoría contra el orden heredado no equivale a una mayoría a favor de cualquier alternativa. Sin organización territorial, estrategia productiva ni lenguaje nacional compartido, la radicalidad puede abrir el camino a la reacción tanto como la moderación prolongada puede terminar conservando lo que prometía cambiar.

Una izquierda se vuelve reaccionaria cuando, además, abandona sus propios principios: universalismo, pluralismo, ciencia, libertad e igualdad ciudadana. Ocurre cuando la biografía reemplaza al argumento, la denuncia a la organización, la excomunión al debate o el antiimperialismo a la solidaridad con toda persona oprimida. El lenguaje emancipador no garantiza una práctica emancipadora.

La alternativa no es volver a una edad de oro obrera ni elegir entre clase e identidad. Es reconstruir una izquierda que democratice inversión, conocimiento, propiedad, tiempo y poder; que articule feminismo, trabajo, territorios, ciencia y ecología en una idea compartida de país; y que defienda las conquistas del pasado mientras crea instituciones que todavía no existen.

La izquierda dejará de ser conservadora no cuando grite más fuerte, sino cuando vuelva a producir futuro.

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