Creo que todo comportamiento humano esta cruzado, en algún momento, por el dolor. Si no es hoy, fue ayer o será mañana. Al dolor, lo acompaña felizmente la alegría. Y la ira. Y la tristeza y la sorpresa, y el asco o el miedo. Más allá de dolor, hay seis emociones básicas en el ser humano. Son aquellas que sentimos cuando percibimos algo o a alguien y son universales y comunes a todas las culturas. Sus manifestaciones también tienen patrones de comportamiento semejantes a todos los individuos. El dolor es más elaborado, más propio de la evolución de la especie. Sufrimos porque lo básico está claro y porque algo nos falta. El dolor viene después de la tristeza. Se nos muere alguien y la emoción es la tristeza. El sentimiento más prolongado es el dolor, el sufrimiento. Por la pérdida. Por lo que no alcanzamos a vivir, por lo que no pudimos concretar, por lo que tantas veces soñamos. Ese es el dolor. Más complejo que la tristeza.

Este último año y medio ha sido de dolor. Más allá del repentino e inesperado miedo a morir, de la sorpresa del virus portador del Covid, hemos experimentado el dolor en toda su dimensión. El dolor de la pérdida de los seres queridos, el dolor de la constatación que somos muy mortales, el dolor de lo sorprendentemente corto que puede ser el presente, el dolor de la incertidumbre cotidiana, el dolor de vivir con una espada de Damocles sobre nuestras cabezas, el dolor de lo efímero de la felicidad, el dolor de la costumbre, de olvidar los tiempos felices, el dolor de la resignación a la sinrazón, el dolor a conformarse con lo que hay y aspirar a solo seguir vivos. En fin, el dolor de la vida en su siempre sorprendente devenir. Porque la pandemia del Covid y sus consecuencias solo nos han confirmado muchas certezas de lo que significa vivir.

Cuando creíamos que todo estaba bajo nuestro control, que todo era eterno, que diseñábamos nuestro destino, se nos apareció este virus que nos hizo un parelé. Las cosas eran de otra forma. Y llevamos casi un año y medio viviendo al ritmo de este nuevo amo y señor del universo. Donde todo es precario, fortuito y sorpresivo. Porque toparse con el virus no responde a ninguna lógica. Te pones 3 mascarillas y no sabes que ocurrirá. Te cuidas e igual te enfermas. Sales sin tomar precauciones y nada te ocurre. El azar gobierna. El destino nos rige. La ciencia se queda corta y sin respuestas. El virus muta y reaparece con más fuerza y ganas de víctimas. Y todos petrificados de pandemia y encierro.

Ha sido un año de dolor y de terror. Un año de dolor y de miedo. Un año de dolor y también de alegría. Porque uno nunca deja de vivir y confiar. De creer en los dioses y en la suerte. En el azar y en la bondad del universo. Y entonces compruebas que tienes al lado a un contagiado y no te has contagiado… Y eso te da alegría. Y te quita un poco el miedo, ese miedo pegado a la piel en más de un año de pandemia.

Y la vida continúa. Con amores clandestinos. Con peluquerías clandestinas. Con proveedores clandestinos. Con cumpleaños sin aforo. Con despedidas con aforo largamente superado. Con terminales de buses repletos y aeropuertos burlados.

Es la vida que sigue sin tregua. Con miedo pero arrancando para adelante. Con asco pero buscando el buen sabor. Con tristeza con tintes de alegría. Con sorpresa llena de ganas, con ira llena de voluntarismo y desparpajo. La vida, que se impone a raudales, como la lluvia invernal que finalmente llegó. Como este país, que se mezquina un poco pero que siempre aparece con sus cuatro estaciones bien señaladas.

El último año ha sido de espanto, dolor, sorpresa, ira, alegría, asco, miedo, tristeza y tantas emociones más complejas. Ha sido un aprendizaje y un olvidar lo aprendido, como decía el Che Guevara. Ha sido de desgarros y triunfos. De muerte y resurrección. De Covid a borbotones y ganancias gloriosas. De un pueblo marcando pautas y de gente –versión aguachenta del pueblo- en ebullición. De amores y desamores. De luchas y derrotas. De victorias y sinsabores.

No ha sido un año más, como la cumbia de Tommy Rey. Ha sido entre un año de menos y un año de aprender a golpes. De asir la vida como viene, de empuñar la esperanza como arma vital, de matricularse en la fe del carbonero o morir en la desazón y la desesperanza.

El dolor es una de las mayores fuerzas que moldean el comportamiento humano. Como tal, en Chile nos ha venido a moldear la vida desde marzo de 2020. Sin embargo, a pesar que ha permanecido ligado a la existencia humana y que sanarlo ha sido una de las principales funciones de los equipos de salud, el dolor psíquico no ha estado presente en la formación médica ni en la investigación. El dolor, que lleva aparejado el sufrimiento, es solo propio del ser humano. En el sufrimiento la conciencia es fundamental; sin conciencia no existe sufrimiento. Los animales, carentes de conciencia, son incapaces de sufrir y solo perciben dolor físico.

Como señala el psiquiatra Patricio Olivos, “es en la interpretación del dolor donde aparece el sufrimiento, definido como una expresión emocional negativa frente a una condición dolorosa. Dicha expresión puede concretarse mediante tristeza, inquietud, impaciencia, desvelo, falta de interés en la vida, etc”. Según el profesional, “el sufrimiento es una percepción subjetiva e individual, y por lo tanto influenciable por la cultura, los vínculos efectivos, las necesidades, la vida secreta, el futuro, etc. La cultura, la vida espiritual y los factores sociales pueden determinar que el dolor y sufrimiento sean interpretados de diferentes maneras por parte del paciente”.

Es por ello, que el dolor y el sufrimiento de este último año y medio ha sido vivido de tan distintas formas por los chilenos, y por la humanidad entera, más allá de las condiciones objetivas que cada cual ha tenido en suerte experimentar. Puede haber ocurrido que personas sin problemas económicos serios hayan vivenciado este año y medio como devastador y otros, llenos de carencias y problemas, lo hayan vivido como una oportunidad, aplicando aquello que las amenazas dan pie a oportunidades.

Pero de lo que no cabe duda es que nuestros últimos 15 meses han sido una prueba para la vida. Una aprueba para conocernos mejor, para mirarnos más, para desafiarnos, para valorarnos, para creernos, para corregirnos. Pero en ningún caso para pasar en banda. No es posible hacerle el quite a un ciclón de esta magnitud. Pero tampoco es posible no tener claro que la vida nos zarandea pero siempre nos devuelve la calma. Ayer, hoy y mañana.