La elite económica financiera y política siempre ha tenido algo de susto. Pese a que disfrutan de una vida holgada, de grandes privilegios, un futuro bastante consolidado y una existencia rodeada de gente hermosa, viajes, buena salud, mejor vivienda, variados disfrutes y entornos sociales acogedores.

Pese a eso, entonces, además de ser dueños de la sustentabilidad del país, es decir, los recursos económicos, las empresas, los capitales, han tenido siempre susto. Algo leve, una especie de preocupación persistente que se hacía más palpable en períodos de negociaciones colectivas, también al enfrentar huelgas y demandas sectoriales.

¿Cómo así? Dije en otras columnas que ellos saben lo que hacen, conocen perfectamente cuáles son los mecanismos que acrecientan sus riquezas y sus posiciones de poder, de control de las normativas y las leyes. Han sabido siempre que eso implica un riesgo, el que los afectados decidan escapar de este estatus y pelear por lo suyo.

El 18 de octubre del año pasado ocurrió aquello. Ellos transitaron del susto al miedo violentamente.

¿Cuál miedo? ¿Ser atacados, quemados sus bienes, secuestrados sus familiares, la instalación de una revolución donde manden los rotos, un giro hacia el comunismo?

No. Ese miedo es el que la extrema derecha quiere que los demás sintamos y que se nos pasará si votamos Rechazo en el plebiscito.

¿Cuál es el verdadero miedo? ¿El miedo de verdad?

Tener que discutir las normas que sustentan sus beneficios antes descritos, al interior de una formalidad legítima. Tener que debatir, argumentar en favor de aquello que los hace ricos para que se mantenga. Un debate del cual no podrán escapar y que será visto por todo el país. En ese escenario no hay lugar a las triquiñuelas, a las colusiones, a las mentiras, a la compra de voluntades.

Ese es el verdadero miedo. Defender frente al país y ante los abusados, los explotados, los engañados, una normativa que no cambie su forma de vivir, ni la manera de vivir entre nosotros. Tratar de que nada cambie en medio de un debate transparente y tener que mostrar a la luz del día sus verdaderas intenciones, quedar al descubierto y quizá presenciar los cambios constitucionales que los horrorizan.

Entonces, tienen que frenar este proceso antes ¿y cómo? Obstruyendo el derrotero que ya se ve lineal y claro hasta el final.

Si gana el rechazo, ellos suspirarán aliviados pues nada cambiará y seguiremos como estamos. Si gana el Apruebo tendrán que elegir sus constituyentes que los defenderán en el proceso, digo en la redacción de la nueva Carta Magna que debería instalar otro estatus, más justo, más igualitario, con menos posibilidades para el engaño, la triquiñuela y el abuso y que reflejará la voluntad del verdadero constituyente, la suma de todos los chilenos.

Entonces, se aferran a todas las truculencias que son posibles para desvirtuar voluntades, complejizar los procesos, cambiar el significado de las etapas, asustar, hacer partícipe a todo el país de sus miedos pero en un sentido distinto que nos aleje del Apruebo y, mejor aún, que se detenga el proceso.

Para que ello ocurra, Andrés Allamand, entre otros, inventa una pirueta curiosa: “Rechazar para reformar”. La memoria nos indica que jamás intentaron reformar la Constitución, también nos dice esa memoria, que jamás accedieron a las propuestas de reformas de los otros gobiernos. Se negaron rudamente siempre. Cuando el riesgo era inminente, acudieron al Tribunal Constitucional. Extraña voluntad de reformar que surge ahora repentinamente por efecto del miedo. Cuesta creer las promesas de los mal intencionados y menos de los miedosos.

Algunos pensarán que fue un error no haber negociado pequeños cambios, algunas reformas reales que favorecieran algo a la muchedumbre y descompresionaran. Muchas veces escuché a mis abuelos decir: “La codicia rompe el saco”. Ya es demasiado tarde.

Participar activamente, defender el derecho a ejercer nuestra condición de constituyentes, el derecho a dar nuestra opinión y que ésta sea considerada. Capaz que al final logremos construir una democracia de verdad, en donde ya no sean necesarios los dieciocho de octubre y los otros puedan vivir sin susto gozando de sus beneficios que ahora serán legítimos.