
Economista, Instituto Igualdad
¿Qué explica que un gobernante de un país sea capaz de poner al mundo entero al borde del colapso sin que exista una reacción oportuna y efectiva que impida a ese país llevar a cabo horrorosos crímenes de lesa humanidad y activar un conflicto que amenace con utilizar bombas con capacidades nucleares destructivas de efectos impredecibles. Es acaso aceptable que el presidente de ese país agresor se permita amenazar a un país de hacerlo desaparecer en pocos segundos, supuestamente disparándole poderosos misiles con ojivas nucleares e incluso haciendo explotar una bomba nuclear para conseguirlo?. Intententaré en las siguientes líneas formular algunas posibles hipótesis para explicarlo.
Desde luego, un gobernante que pueda hacer semejante amenaza debe estar seguro de poseer una capacidad militar superior a la que pueda tener un potencial enemigo.
Debería existir o crear un motivo que justifique la iniciativa de actuar contra otro país o lo que ocurra en otros territorios que se considere una amenaza de alto riesgo.
El gobernante que se atreva a emprender una aventura de ese calibre debería contar con los apoyos políticos de su país como para actuar y solventar el gasto que implica.
Debe darse una total inoperancia de organismos internacionales para intervenir en estos casos, como sería la ONU, la OTAN u otras entidades de peso mundial.
Debe existir una sólida alianza político-militar con uno o más países de la región donde se establezca la zona de combate que facilite la logística y capacidad bélica.
Los gobernantes que dirijan esta guerra son personajes que de algún modo quieren pasar a la historia por su legado y quizá tengan una deuda con su país por su pasado. Aunque, sin el control de los medios de comunicación su tarea se haría imposible.
Parece que las esperanzas de paz y armonía, de protección de la vida en cualquiera de sus formas, el diálogo y los acuerdos, todo eso, ya no es posible en este mundo donde prevalece el instinto de conservación ante la dominación, sea por la fuerza o a través de una dictadura. La historia de la humanidad nos ha dejado lecciones solo para escribirlas y no para tenerlas en cuenta en su existencia para su propio bien. La democracia tal como la conocemos parece sucumbir ante este desesperanzado escenario.
La llamada geopolítica es en su esencia la implementación de un modelo de fuerza político-militar que permita obtener el máximo de recursos posibles para garantizar la continuidad de una nación, aún a expensas de una expansión territorial que anule o elimine la existencia de otros países.
El planeta va mostrando su limitada capacidad de proveer sin grandes conflictos lo necesario para la creciente población mundial, donde más de la mitad se considera pobre o vive bajo la línea de la pobreza. La defensa de los territorios y los recursos naturales se hace imperativo lo que lleva a un creciente gasto militar en desmedro de otras prioridades que demanda la población. La amenaza imperialista de los más fuertes cada vez más intensa obliga a muchos países a decidir a qué imperio servir ante la presión e incapacidad de elegir con plena libertad su autodeterminación.
Hoy la guerra entre las potencias económicas mundiales, EEUU y China, se libra en el comercio internacional. Trump inició esa guerra tras comprobar que la competencia en los mercados de sus respectivos productos y servicios está siendo liderada por China. Ello lo indujo a aplicar aranceles para intervenir el mercado mundial y tratar de morigerar el déficit comercial de EEUU al poner barreras a la entrada de productos importados e incluso aplicar aranceles adicionales a los países que continuaran teniendo intercambios comerciales con China.
Pero, la crisis sistémica de EEUU no es sólo el resultado de la pérdida competitividad con China e incluso con varios países emergentes, en su centro operativo está el funcionamiento del sistema capitalista. El nivel de concentración de la riqueza y la insuficiente capacidad del Estado para distribuirla e ir mejorando la situación de toda la población de manera más equitativa ha llevado a que en ese país sus gobiernos se endeuden para mejorar la distribución de los ingresos y bienes públicos, a fin de mantener simultáneamente los incentivos tributarios a los más ricos que supuestamente sostienen la inversión.
Los excedentes financieros obtenidos más allá de las rentabilidades normales han ido a parar a los mercados bursátiles más que a incrementar las inversiones en la producción de bienes y servicios competitivos. El extraordinario desarrollo de las industrias tecnológicas del mundo digital estrechamente vinculadas a la industria militar requiere fundamentalmente conocimiento de mucho nivel e instalaciones de alta complejidad con grandes volúmenes de consumo de energía y agua. Las empresas de este sector son las que han llevado sus acciones a los más altos valores y con ello las ganancias especulativas logradas por sus dueños han sido las mayores de este siglo. La riqueza se concentra hoy en unos pocos personajes dueños de las más grandes e importantes empresas tecnológicas que con sus App, además, controlan las comunicaciones y servicios digitales de manera oligopólica en todo el mundo.
En consecuencia, el poderío de los países se mide por la capacidad de desarrollar la industria electrónica, la AI, la robótica y el nuevo conocimiento derivado de los microdatos. La industria militar se nutre de esa industria y de los avances en la física cuántica. Si a lo anterior se añade la estrategia imperialista de los gobiernos más poderosos del mundo, se podría entender que la concentración del poder económico y militar se puede lograr y consolidar políticamente en el gobierno, a nivel de las jefaturas de estado. De esa manera se produce la simbiosis perfecta entre capital, conocimiento y política para construir la arquitectura del poder respaldada en las FFAA que tiende a privilegiar gobiernos autoritarios e ignorar la democracia.





