La lucha de Salvador Allende por la unidad de las fuerzas de izquierda, esfuerzo que singulariza su fisonomía política y que fructificó en la formación del bloque que lo llevó al gobierno en 1970, la Unidad Popular, incorporando amplios sectores de izquierda y centroizquierda repone la vigencia del esfuerzo del PS con vistas a crear las mayorías sociales y políticas que permitan materializar el necesario proceso de cambios en Chile que se haga cargo de la desigualdad imperante y avance con crecientes grados de justicia social en democracia.

Al respecto, durante su permanencia en el exilio, el compañero Clodomiro Almeyda reflexionó sobre cómo este objetivo político central de la política socialista debía reflejarse en la teoría y la práctica del Partido.

El concepto de “vanguardia” tiende a crear la errónea idea que “una” organización de la izquierda es la que debe jugar un rol preponderante ante las otras fuerzas democráticas y populares que bregan por cambios estructurales y la perspectiva socialista. Es un término que niega o suprime, no puede haber dos, tres o más “vanguardias” que tengan igual misión. Ahí está la raíz del nocivo sectarismo que distorsiona la acción política de la izquierda en muchas latitudes. En el ejercicio del poder esa concepción derivó en un fatal burocratismo autoritario.

Por eso, Clodomiro Almeyda, en medio de la rearticulación de la izquierda, en los años 80, abogó por la idea del “pluralismo” en la formación de la fuerza dirigente del proceso de transformaciones democráticas y cambios estructurales en Chile. Era su convicción que solo la interacción y retroalimentación de fuerzas diversas podría remover los obstáculos que tendrá ante sí un proceso de mutaciones anchas y profundas en nuestras naciones.

Años después del derrocamiento del gobierno popular dada la prolongación de la dictadura, Almeyda observó que ante la virulencia, criminalidad y magnitud del plan de liquidar físicamente a la izquierda por parte del poder dictatorial, en medio de la adversidad y el aislamiento provocados por el terrorismo de Estado, incluidos el soplonaje y la delación, surgían en la lucha de la izquierda en la clandestinidad ciertos rasgos sectarios expresados en la idea que esa nefasta armazón de poder dictatorial, debía ser derrotada esencialmente con la “fuerza propia” del destacamento revolucionario, con el coraje y la decisión de los combatientes apoyados por “las masas” que seguirían su conducción hasta la toma del poder.

En consecuencia, le preocupaba que surgiera una deformación “vanguardista” en lo referente al rol de la fuerza política en la lucha por el restablecimiento de la democracia. Una visión mesiánica y voluntarista de la misión de los Partidos de la izquierda, creer que pueden hacer todo aquello que su sola voluntad les indica. Eso niega el sentido democrático de la idea socialista.

En realidad, ante circunstancias tan adversas como la existencia de una estructura represiva dispuesta a ejecutar a las fuerzas opositoras apenas estas fueran detectadas, se forma la idea que no hay otra alternativa posible para salir a la calle, organizarse y resistir que no sea creer que el poder terrorista del Estado cederá ante la acción temeraria de sus víctimas cercadas y agobiadas, puestas en la encrucijada del todo o nada. El dilema se configura como el desafío de sobrevivir rompiendo el enclaustramiento y la exclusión o caer luchando aplastados por la represión.

En los momentos en que parecía que los caminos estaban cerrados, entonces se hacía más fuerte la idea que no había más que dar el último aliento en un gesto que sería reconocido en un tiempo posterior, indeterminado, cuando ya la historia hubiere hecho posible el término del régimen y el retorno de la libertad a Chile.

Pero, la acción política es un reto mayor, incluye el coraje pero incorpora la razón, la sagacidad de unir fuerzas y la capacidad de organizar esas fuerzas en acciones eficaces que cambien la correlación de fuerzas y avancen al objetivo definido.

El cambio social

La lucha contra la dictadura era la brega del pueblo de Chile por su libertad y capacidad de autodeterminación. El significado de ello era inequívoco: la “fuerza propia” para la conquista de la democracia era condición necesaria pero no suficiente, las fuerzas políticas de izquierda forzadas a resistir en la clandestinidad debían impulsar y promover las demandas populares y la movilización social para generar condiciones que restablecieran la acción política como condición necesaria para la superación del poder dictatorial y los abusos que lo caracterizaban y definían a diario.

Se trataba, por tanto, de acumular y agrupar fuerzas de diverso carácter, tanto políticas como sociales y culturales en un complejo proceso de encuentro y articulación de las fuerzas democráticas y populares superando las barreras de la clandestinidad.

El proceso de reconocerse parte de una lucha común es primordial para que los diferentes actores reúnan sus voluntades, concreten la unidad en la diversidad y pasen a la acción práctica la que necesariamente significará esfuerzos y sacrificios de los y las luchadoras sociales comprometidas en el objetivo a conseguir.

Durante esa ardua brega que se torna interminable, superior a las fuerzas individuales de los militantes y sus organizaciones, surge el “organicismo”, refugiarse y recluirse en los límites de la propia organización, aislarse y caer en el sectarismo, por eso, Almeyda, para fijar la vista en el objetivo a conseguir argumentó sobre el reconocimiento del “pluralismo” como idea fundacional de la izquierda chilena.

Al respecto reflexionó sobre las diversas vertientes, políticas, sociales y culturales que constituían esa lucha y podrían ejercer esa conducción “pluralista”, así, señaló a los partidos obreros y populares, el Partido Socialista y el Partido Comunista como las fuerzas organizadas autónomamente con mayor raigambre y gravitación en el proyecto histórico de la izquierda chilena, pero subrayó que ello no podía significar menoscabo hacia las nuevas formaciones surgidas en el curso del devenir social, como el MIR, a mediados de los años 60, reivindicando el camino del Che en Bolivia, también el MAPU y luego la IC, desde el cristianismo popular. Sin olvidar la reinserción del PR en el movimiento democrático de la izquierda, a través de su incorporación a la Unidad Popular, la alianza pluralista que llevó a Salvador Allende a la Presidencia de la República.

Más tarde, impulsado por la última etapa de la lucha contra la dictadura surgió el PPD y, en los últimos años, nuevas promociones de luchadores sociales se han agrupado en el Frente Amplio, así como, en el proceso hacia la Convención Constitucional se reúnen un conjunto de independientes en la Lista del Pueblo, los que decidirán si toman o no el camino de la organización de un nuevo Partido político en Chile.

En nuestra historia, las fuerzas transformadoras han rebasado las fronteras tradicionales de la izquierda, a lo menos, desde mediados del siglo XIX, a través de la Sociedad de la Igualdad creada por Francisco Bilbao y Santiago Arcos, luchando contra el conservadurismo clerical, el autoritarismo presidencial y la centralización administrativa. Esas demandas fueron canalizadas en la formación del Partido Radical y luego se unieron a la gran demanda que Chile fuese realmente el beneficiario de las riquezas mineras del país.

Por ese esfuerzo de reivindicación del patrimonio nacional el Presidente José Manuel Balmaceda debió enfrentar la sublevación armada de una fuerza militar financiada por la intervención imperialista británica, la que desató la terrible guerra civil de 1891. El Presidente, luego que el Ejército constitucional fue aniquilado en las cruentas batallas de Con-Con y Placilla, se quitó la vida en una decisión histórica imborrable.

De modo que las fuerzas de izquierda y centroizquierda en su conjunto han aportado a un proyecto-país de transformación social. El PR desde su fundación procuró el término de la tutela clerical conservadora reclamando la separación del Estado y la Iglesia, como impulsando el fortalecimiento de la Educación Pública. Asimismo, desde la Democracia Cristiana se apoyó la sindicalización campesina, se impulsó y materializó la reforma agraria, profundizada en el gobierno de Salvador Allende, en un proceso que golpeó duramente las arcaicas estructuras del latifundio en Chile.

En más de 8 décadas de existencia, el socialismo chileno crítico la idea mesiánica que solo existe “una” fuerza depositaria de la verdad y, en consecuencia, un Partido portador de la línea política correcta ante aliados subordinados que tienen uno u otro tipo de carencias o “desviaciones” que el Partido rector del proceso deberá corregir.

La lucha por la transformación social y la reestructuración del Estado con una perspectiva socialista es de larga data y siguió muy diversos caminos. La izquierda logró cambios significativos luchando en el seno de la clase trabajadora y las fuerzas sociales progresistas, asimismo desde el Parlamento, las universidades y múltiples expresiones culturales, como también lo consiguió participando en determinados gobiernos, en especial, en el gobierno popular liderado por Salvador Allende.

Desde 1990 en adelante, el socialismo chileno y las fuerzas democráticas de izquierda ingresaron a los gobiernos civiles posteriores a la dictadura en un esfuerzo necesario para sostener el proceso de transición, aún frágil y cercado por los enclaves autoritarios dejados en la institucionalidad de la dictadura. Esa decisión, en su momento, tuvo un respaldo social ampliamente mayoritario.

Hoy toda esa etapa se quiere desconocer y descalificar bajo el término de “neoliberal”, en una simplificación que divide y dispersa, cuyo único sentido es validar una única opción presidencial. Hay una intolerancia con sesgo totalitario en esa visión, exaltar a una fuerza y excluir a las demás. Bajo una supuesta condena política se encubre y despliega un crudo sectarismo que podrá hacer crecer a sus portadores durante algún tiempo, pero conlleva el aislamiento y la autodestrucción en su ADN.

No habrá ni gobierno progresista ni transformación social en Chile si no existe una base de sustentación y respaldo mayoritario capaz de materializarla. El cambio social no se sostiene en consignas sino que en fuerzas sociales y políticas de carácter objetivo. Esto significa que no hay fuerza política, como tampoco un caudillo por popular que parezca, que esté en condiciones de arrogarse el mérito del avance social que pertenece a la movilización social del pueblo de Chile durante todo un período histórico. El que así lo pretenda será puesto en su lugar en el momento que corresponda.