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Hacia una filosofía del socialismo chileno: Sobre el contexto histórico de la puesta entre paréntesis (1932-1970) Tercera Parte

Los múltiples estudios historiográficos han sido capaces de situar adecuadamente la emergencia del socialismo en Chile. Es cierto que el socialismo chileno encontrara sus raíces en cierto modo en la sociedad de la igualdad de Bilbao y Arcos, en las mutuales obreras del siglo XIX y en las rebeliones obreras del norte, como atestiguan Julio César Jobet y Alejandro Chelén. Pero también es cierto que, sin la Revolución Rusa, que de cierta forma materializó la filosofía marxista y que introdujo la llamada política de clases, ni el Partido Socialista de Chile ni ningún otro partido político de izquierda, propiamente tal, pudiera haber surgido de la forma en que lo hizo.

Si bien es posible afirmar que es algo así como una necesidad histórica de la chilenidad, no es posible hacerlo sin asumir que la propia chilenidad también se forjó por impactos o influjos externos. No es exclusivamente endogámica. Por eso la Revolución Rusa tuvo tal impacto, porque dio cuenta de dos dimensiones que en Chile existían en la clandestinidad: que la clase trabajadora vivía en la miseria y que era posible tomar conciencia de esa realidad a través de la teoría de la lucha de clases.

La pátina que cubría esta realidad abyecta era el clivaje que ponía de manifiesto una ruptura en la superficie de la sociedad, que la había dividido desde la medianía del siglo XIX hasta la década del veinte del siglo XX: la confrontación entre liberales y conservadores, y luego la afrenta de los radicales en contra de todos ellos.  La izquierda no existió hasta la emergencia de la conciencia de la miseria de la clase trabajadora provocada, en una buena parte, por la Revolución Rusa. Pero la política aún se producía en diferentes lugares salvo en la calle: en los salones de la aristocracia donde se codeaban conservadores y liberales, o en las asambleas, clubes electorales o logias masónicas, para el caso de los radicales, principalmente.

Este combate por la forma del Estado y la organización de la sociedad tuvo su primer punto de quiebre con la Constitución de 1925, que separa oficialmente la Iglesia del Estado. Es coincidente con la creciente conciencia de la miseria de la clase trabajadora que, eufemísticamente, se denominaba en aquellos años la cuestión social, como si fuera un adyacente agregado, por obligación, a la política. Las fuerzas políticas con el fin de la era del clivaje clerical – anticlerical, comienzan a ubicarse en torno a una nueva fractura social: quienes estaban del lado de la clase trabajadora y quienes estaban del lado de la burguesía.

En ese contexto emerge la república socialista encabezada por Marmaduque Grove y Eugenio Matte Hurtado, como líderes públicos y carismáticos, que fueran la antesala de la creación institucional del PS. Oscar Schnake, extraordinario organizador, asumió como Secretario General del nuevo partido, y llevó al PS al triunfo del Frente Popular encabezado por Pedro Aguirre Cerda. Con sagacidad, astucia y pragmatismo, Schnake comprendió que la vía electoral de esa década, para llegar al poder, era la única posible para acumular fuerza e inclinar la balanza, desde el Gobierno, hacia la izquierda y comenzar este largo camino al socialismo.

Su férreo anticomunismo tuvo dos caras. En sus primeros años de existencia institucional, mezclado con pragmatismo, afirmó y ancló la autonomía del socialismo chileno frente a los impactos externos, como la conducción de Moscú y los lineamientos de la Tercera Internacional. Este rasgo autónomo del socialismo parece ser indisoluble de su esencia y seguramente se le debe, en buena parte, al rol de Schnake. Sin embargo, esta misma condición lo llevó, tristemente, en la década siguiente, a apoyar la Ley Maldita y atizar un quiebre en el socialismo que duraría cerca de diez años. Al frente tuvo a Salvador Allende que comprendió los desafíos de las décadas del cuarenta y cincuenta, con la misma claridad que Schnake había comprendido los del treinta. En el ejercicio fenomenológico que realizaremos al final de esta serie, no será difícil comprender -por lo pronto- que Schnake fundó la autonomía y Allende la democracia, ambas condiciones propias de la chilenidad del socialismo.

Aunque la chilenidad es una condición que toma factores internos y externos, y el impacto de la Revolución Rusa es significativo entrada la década del veinte, aquí surge la primera diferencia entre comunistas y socialistas. Mientras los comunistas se aferraron a la hegemonía de Moscú, los socialistas fueron más heterogéneos y menos dogmáticos, como se refleja en el primer Schnake. De esto da cuenta, en cierto modo, el propio Eugenio González Rojas, cuando defiende la idea de una especie de marxismo crítico en la Fundamentación del ´47: “El marxismo, que no puede liberarse de una tradición verbal que se complace en el manejo de un aparato invariable de esquemas y de fórmulas, corre el peligro de agotar pronto toda su fuerza y perder su eficacia”. Esta expresión, hace un claro contraste con los comunistas, y con el peligro de transformar el materialismo histórico, como una herramienta viva de interpretación, en una especie de religión secular moribunda.

González da cuenta de un hecho de la realidad en torno a la formación de ambas fuerzas políticas. Si para él el socialismo chileno es una respuesta que se da en todo el mundo frente a los principales flagelos de la clase trabajadora, también el propio Partido Socialista es un producto que emerge como reacción a la política estricta de los comunistas en torno de la Tercera Internacional: una salida propiamente chilena que reafirmaba la autonomía nacional, proclamaba un tipo de marxismo elástico “enriquecido y rectificado por todos los aportes científicos y revolucionarios del constante devenir social”, y que promovía una alianza de clases -donde tenían cabida las clases medias empobrecidas, los técnicos, los empleados públicos y los estudiantes-, frente al obrerismo estricto de los comunistas que se concentraban casi exclusivamente en el proletariado industrial y minero.

La ortodoxia de los comunistas se explica no solamente por un tipo de táctica que lleva a la acción política, sino también por razones teóricas. Y es que el marxismo, en su máxima pureza, solo asigna potencial revolucionario, únicamente al proletariado, que es la clase trabajadora, porque es la clase que tiene -o puede tener, en rigor- conciencia de clase. Vale la pena recordar que para Marx debían confluir dos condiciones para que se produjera la revolución social que sería el enfrentamiento entre el proletariado y la burguesía: la condición subjetiva -la conciencia de clase del proletariado- y la condición objetiva -la crisis inevitable del sistema de producción capitalista-. En este cuadro, la única clase en condiciones de portar esta condición subjetiva es la clase trabajadora, porque es la única capaz de tener conciencia de la distancia entre la fuerza de su trabajo y el producto de su trabajo, que es lo que Marx llama la “enajenación” de la clase trabajadora.

Si entonces hay clases o grupos que no tienen la opción de tomar conciencia de esta distancia, como los estudiantes, o el lumpen -concepto que dio origen a la vieja pugna entre marxistas y anarquistas-, significa entonces que quedan “excluidos” de la revolución, por esta razón teórica, pero también por razones económicas, dado que la clase trabajadora era la única que se encontraba en el corazón del engranaje productivo. La razón económica, o el reduccionismo económico -que un tanto exageradamente se le asigna a Marx- también genera un tipo de concepción antropológica diferenciada entre comunistas y socialistas.

Mientras los comunistas quedaron anclados en la idea de que el hombre es un producto de las condiciones materiales económicas, y sólo a través del triunfo de la revolución sería posible salir de ese miserable destino que el sistema de producción capitalista les tenía previsto, los socialistas utilizaron una idea -conscientes o no- que Sartre desarrolló en toda su obra, pero que expresa literalmente en la entrevista que diera en 1969, en New Left Review donde señala que lo relevante es “lo que hacemos nosotros mismos con lo que han hecho de nosotros”.

Es por eso que, aunque con algunos notables desvaríos, los socialistas comprendieron rápidamente que podían hacer política, y mejorar las condiciones de la clase trabajadora, sin necesariamente asumir por completo la pesada carga que significa el advenimiento del triunfo definitivo de la clase trabajadora en la revolución social, para lograr sus objetivos. Hay, entonces, una especie de antropología filosófica del ser socialista que subyace en esta flexibilidad. Si se comprende que hay más salidas a la revolución para que el ser humano sea libre, y/o digno, y/o igual, entonces el mundo se abre de forma más plena. La opción única en la realidad genera más esclavitud que el propio sistema de desarrollo capitalista.

Todo este andamiaje teórico, político y cultural, no impidió que los socialistas cayeran con desenfreno en la fantasía de que podían tomar el poder por las armas, como fuera proclamado en el congreso de Chillán, en 1967. Pudo más el influjo de la Revolución Cubana y lo que algunos consideraban el “fracaso” de la vía reformista que representaba el Gobierno de Eduardo Frei Montalva, que su flexibilidad original en torno al marxismo. Porque teóricamente, apartarse de la ortodoxia del marxismo, implicaba a su vez apartarse de la idea tradicional de revolución, y aceptar, aunque a regañadientes, la propia democracia.

Aun cuando González advierte en la Fundamentación que la democracia del momento era una pseudo democracia porque operaba bajo un concepto “individualista y abstracto”, si considera que el socialismo no debe sacrificar los “fines libertarios y humanos” -en línea con la afirmación de que el socialismo es esencialmente un humanismo- indicando que los regímenes colectivistas que sacrifican las libertades terminan convirtiéndose en formas  políticas represivas del pueblo, o abiertamente antidemocráticas, en una evidente, aunque cuidada, referencia al sistema soviético promovido por los comunistas.

La inicial tendencia de los socialistas en la comprensión y valoración de la democracia es en sí misma un acto de vanguardia política y teórica, porque representa una ruptura con el marxismo clásico, que entiende la democracia como una democracia burguesa al servicio de esa clase social. Los socialistas, tempranamente entendieron que, aunque esto fuera así, ni la acción política ni el anhelo de sus resultados -como la emancipación de la clase trabajadora-, podían depender de una circunstancia tan excepcional en la historia humana, y tan compleja, como el advenimiento de una revolución social de tipo clásicamente marxista.

La revolución cubana generó un impacto extraordinario en la izquierda en el continente y particularmente en Chile, donde se vio como posible la lucha armada como método para acceder al poder, en el propio continente. El PS no fue capaz de resistir ese influjo foráneo como sí lo hizo respecto del bloque soviético, y por eso en la década del sesenta se generó una radicalización ideológica que terminó declarando, en el XXII Congreso General en Chillán, que la violencia revolucionaria era inevitable y legítima para la toma del poder. Sin embargo, esto tenía una doble cara, porque, aunque la democracia fuera olvidada, o desdeñada sobre todo en la década del sesenta, fue el marco de la emergencia del principal líder público del socialismo chileno, y que terminaría convirtiéndose en una figura histórica universal, como es el caso de Salvador Allende, sobre quién, de la mano de Hegel, volveremos más adelante.

Allende representó las ideas de Eugenio González hasta el punto de mayor nitidez. A pesar del revés que significó el Congreso de Chillán, Allende logró ser el intérprete más pleno de esa mezcla atrevida de democracia y socialismo, y la llamada vía chilena al socialismo se transformó en un símbolo mundial de vanguardia política al servicio de la clase trabajadora. En su cuarto intento, y cargando en sus espaldas el pesado fardo del congreso de Chillán, se convierte en el primer presidente de la República venido y originado en el seno del Partido Socialista de Chile.

Cabe señalar, eso sí, que los acuerdos de Chillán, como indica Ricardo Núñez, no mataron a nadie, y que la violencia política ya había estado presente muchos años antes en Chile a través de las milicias republicanas, los grupos nacional socialistas -que cobraron la vida de Héctor Barreto, joven poeta y socialista- y al final de este largo periodo, de Patria y Libertad. La represión estatal también estuvo presente de la mano de varios gobiernos conservadores o incluso de aquellos que contaron con el apoyo inicial de la izquierda.

La masacre de Ranquil, bajo la segunda administración de Arturo Alessandri, en 1934, donde las fuerzas del Estado asolaron un campamento campesino dejando decenas de muertos, la represión de las huelgas mineras en el norte que fueran duramente reprimidas en la primera mitad de la década del cuarenta, bajo el gobierno de Juan Antonio Ríos, y terminada esa década, la ilegalización del Partido Comunista, bajo el mandato de Gabriel González Videla, y que tuviera como corolario el encarcelamiento de una serie de dirigentes sindicales y de las fuerzas de izquierda, en el campo de concentración de Pisagua. Asimismo, durante el segundo mandato de Carlos Ibáñez del Campo, se reprimió con fuerza la llamada “revolución de la chaucha” donde la intervención policial dejó varios muertos y heridos, que agrupaban a sindicalistas y militantes de los partidos de izquierda.

Incluso el Gobierno de Eduardo Frei Montalva, no estuvo exento de este tipo de conductas que la derecha le achaca con majadería a la izquierda. En la clausura del pleno del comité central de junio de 1969, como lo atestigua Julio César Jobet, el senador Aniceto Rodríguez, Secretario General del Partido Socialista, con proverbial elocuencia, así lo señaló:  «La mayor parte de los caídos, por desgracia, pertenecen a la matrícula combatiente del partido. Ellos son los héroes anónimos de la clase obrera y del Partido Socialista. Vaya para ellos el homenaje emocionado de nuestro Partido, para los mártires caídos en el gobierno de la «revolución en libertad». Socialista es el primer campesino asesinado por este gobierno en el fundo «Los Cristales», de Curicó. Socialistas fueron no pocos mineros y pobladores masacrados en El Salvador y en La Pampa de la Muerte, de Puerto Montt. Los presos y procesados por la Ley de Seguridad Interior del Estado han sido y son militantes del Partido Socialista. El líder estudiantil y vicepresidente de la Federación de Estudiantes de Concepción, hasta hoy injustamente preso, camarada Manuel Rodríguez, digno exponente de la juventud rebelde, es militante de la heroica Juventud Socialista… Los únicos parlamentarios despojados del limpio fuero que les entregó el pueblo, son mandatarios socialistas: Carlos Altamirano, Joel Marambio y Luis Espinoza, fueron o han sido procesados por la justicia de clase de este país, integrada en su inmensa mayoría por jueces reaccionarios y democratacristianos… Para cada uno de los perseguidos, procesados o encarcelados, la palabra de aliento y de solidaridad del Pleno Nacional del Socialismo. Para cada uno de los muertos caídos en la lucha social, el homenaje emocionado de sus camaradas socialistas que recogen hoy su ejemplo para hacerse cada vez más resueltos en la guerra sin cuartel contra toda forma de dominación reaccionaria e imperialista… Se ha equivocado el Gobierno sí cree que con los socialistas podría jugar la carta del temor para derrotarnos o paralizar nuestra actividad política. Hemos resistido y seguiremos resistiendo. Tenemos el legítimo derecho a resistir la opresión cuando se violan claras garantías constitucionales, cuando nuestros militantes son perseguidos, cuando la policía allana, detiene y tortura sin límite alguno, montando sainetes político-policiales para justificar la escalada represiva. La historia universal está llena de ejemplos de cómo los pueblos han resistido con legítimos títulos la opresión dominante. Los socialistas de Chile no seremos una excepción. Camaradas: puedo responder al señor Frei y a su Gobierno que la campaña de intimidación no nos ha hecho ni nos hará mella. No nos van a amedrentar con presos más o presos menos. Esta mañana el Partido reclama su derecho a resistir la represión legalizada por todas las formas, por todos los medios y con todas sus energías posibles…»

Este es el cuadro, las circunstancias y el contexto en el cual Salvador Allende gana, por un estrecho margen, la elección del 4 de septiembre de 1970. Contra viento y marea, Allende con su excepcional capacidad y flexibilidad, logró insertarse en los intersticios del debate ideológico, resistir la presión y el verbalismo revolucionario, y anteponer a los acuerdos de Chillán, en los hechos, el realismo político indispensable junto con una adscripción sin vacilaciones a la democracia nacional. Esa extraordinaria capacidad, esa impronta, esa flexibilidad, y esa habilidad de viejo ducho, hacen que -sin desmerecer a los otros notables y preclaros dirigentes del socialismo- Allende se empine muy por sobre todos ellos, y que termine siendo, como veremos más adelante -una vez concluido este breve contexto histórico- la figura histórica universal del socialismo chileno que hace que, sin él, el Partido Socialista de Chile, pueda dejar de ser lo que es.

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