Después de una derrota y un repliegue continuo en cuatro elecciones distintas, la mejor opción de la derecha es, por supuesto, el reagrupamiento. Ordenar lo que se tiene es el primer paso para volver a salir a competir. De momento, la tendencia a la dispersión sigue predominando.

La explicación de por qué se llegó a esta desmejorada capacidad de recuperación tiene que ver con la importación de la crisis a los partidos. Esto tiene un grado de injusticia manifiesta, porque la gran fuente de problemas ha sido el gobierno y, sin embargo, una vez que ha hecho todo el daño posible, se puede replegar a sus funciones propias dejando a otros sufrir la agonía.

Sin embargo, desde los partidos no se puede escapar a ningún lado. El desplome es orgánico. Ellos están muy presentes en los municipios y la derecha ha retrocedido como nunca en una sola elección. En la Constituyente el resultado fue un desastre y en gobernadores se estuvo a punto de llegar al cero absoluto. El panorama no es malo, es pésimo.

Cuando se buscan culpables siempre se los encuentra en las directivas de los partidos. Para peor, vienen las primarias presidenciales y una temporada de malas noticias puede aún superar las marcas descendentes. El país necesita una derecha de pie, así como una centroizquierda gobernando.

Un mal escenario para la derecha sería un debilitamiento simultáneo de sus partidos principales porque, entonces, quedaría expuesta a las presiones externas. La derecha tiene múltiples caras, aparte de las propiamente políticas, como el empresariado y la dirección de los medios de comunicación afines.

Un mal papel de los dos partidos los mostraría débiles y desorientados ante los ojos de los otros observadores cercanos y la tentación de subordinar los partidos a sus directrices sería demasiado fuerte.

RN cometió un error al presentar a Desbordes. Un buen político no es por necesidad un buen candidato presidencial, el papel desempeñado en la salida institucional lo convenció de ser una especie de faro de occidente.

Pero los cupones de negociador no se cobran en la ventanilla presidencial. Era su partido el que lo catapultaba y, perdida su base, perdió su influencia. Sigue siendo un político con perfil partidario, por lo que su discurso es extemporáneo al puesto al que expira. El contraste lo debilita de continuo.

Desde que asumió el ministerio de Defensa (un error de principio a fin) no ha tenido ningún acierto importante, porque la suya es una opinión que ha dejado de incidir en el curso de los acontecimientos. No hay nada menos interesante que un dirigente político hablando de la contingencia interna de su colectividad.

El reordenamiento de la derecha vendrá de los partidos y no de figuras solitarias. Con RN jugando a algo que no se entiende, es la UDI la que tiene que asumir el liderazgo. Hay ocasiones en que en una primaria presidencial se escoge un líder y otras en la que se escoge un rumbo. Este es el segundo caso.

Es un arte llegar al poder, hay más dignidad en saber abandonarlo. Hasta para perder hay que hacerlo bien. En cualquier circunstancia, la derecha es hoy minoría y así no puede gobernar Chile. Hay más capítulos en el futuro.